Ana Julia Quezada - ABC / Vídeo: La asociación Clara Campoamor insiste en su presencia en la causa contra Ana Julia

Ana Julia, a la Guardia Civil: «Llevo un perro en el maletero»

Su desprecio por el niño, recogido en las grabaciones: «¿No quieren un pez? Le voy a hacer un pez (...) mis cojones»

MadridActualizado:

Son las 12.31 horas del pasado 11 de marzo. Ana Julia Quezada se baja de su Nissan Pixo. La acaba de interceptar la Guardia Civil en la calle Horacio de Vícar (Almería) cuando intenta acceder al garaje de la avenida Bulevar donde vive con su pareja Ángel Cruz, el padre del pequeño Gabriel desaparecido desde el 27 de febrero. Los agentes le piden que abra el maletero. Ella accede, pero antes de hacerlo les dice: «En el maletero llevo un perro». «Lo que realmente transportaba Ana Julia Quezada en el maletero de su vehículo era el cuerpo sin vida de un niño que, tras ser identificado resultó ser Gabriel Cruz (...)», consta en el atestado policial.

Los investigadores ya sabían que no era su perro, de nombre Tea, lo que transportaba la sospechosa. Desde las 10.22 horas de ese domingo no se habían despegado de su Nissan gris. A las 10.26 dejó Ángel Cruz, su pareja, en una casa de Las Negras y desde allí, sola, se dirigió al interior de la finca a la que la pareja se iba a trasladar, en Rodaquilar.

A las 10.42 estacionó en dicha finca, cerca de la vivienda que hay en su interior a la que se había dirigido varias veces desde que desapareció Gabriel, tanto sola como acompañada. Ana Julia se bajó con su perro, se entretuvo en llamar por teléfono mientras arrojaba piedras al animal y a continuación comenzó a mover tablones de un lugar a otro en las inmediaciones de la alberca. Los agentes no perdían detalle de todos esos movimientos y los grababan uno tras otro, aventurando lo peor.

Removió la arena

A las 11.07 la mujer sacó una toalla de colores del interior del coche y dejó el maletero abierto. Caminó con la toalla entre las manos hacia la zona de la piscina y se agachó, quedando a la vista de los agentes solo su cabeza y su espalda. No tardó ni dos minutos. A las 11.09 se encaminó con el cuerpecito de la criatura envuelto en la toalla hasta el Nissan y lo colocó en el maletero. Un minuto después volvió a la tumba y removió la arena con los pies, según detalla secuencia a secuencia con escalofriante precisión la diligencia policial.

La sospechosa desapareció de la visión completa de los guardias civiles que la seguían pero a cambio oyeron con la rabia contenida sus palabras, casi escupidas, con «desprecio» absoluto por la criatura. Los agentes, con autorización judicial, habían colocado un micrófono en el coche de Ana Julia que registró su odio y su bilis: «Dónde lo puedo llevar yo, a algún invernadero», musitó «deduciendo los investigadores que la intención de la misma era proceder a su depósito o enterramiento» en una de esas instalaciones.

Su monólogo

«¿No quieren un pez? Le voy a hacer un pez (...) mis cojones», continuó la asesina susurrando, burlándose del apelativo de «Pescaíto» con el que toda España conoció a Gabriel, de ocho años, tras su desaparición y la solidaridad que despertó su historia. Mientras hablaba, la oyeron sacudirse las manos mientras persistía en su monólogo -«no, no puedo»- para luego dirigirse a su perra y hablar solo con el animal durante el resto del trayecto.

Con el cadáver de Gabriel en el maletero y la perra Tea en el habitáculo del Nissan condujo de forma errática por la autovía del Mediterráneo, dirección Cádiz; se salió de la autovía a la altura del aeropuerto, siguió por Almería capital y luego continuó ese camino sin sentido por Aguadulce, El Parador, La Gangosa y Vícar con los agentes pegados a ella, esperando el momento propicio para detenerla. A las 12.31, la interceptaron antes de que llegara a su garaje; hallaron a la criatura muerta y la detuvieron.

En su primera declaración, dos días después, confesó los hechos si bien buscando una exculpación continua. Aseguró que no sabía la razón por la que desnudó al niño y lo enterró en un agujero «no muy profundo», superficialmente. Lo tapó con chinas y con la tierra de la propia finca mientras su familia, la Guardia Civil y cientos de voluntarios lo buscaban sin respiro. Ella mientras iba y volvía a Rodalquilar y repartía besos y mentiras.