De invitados a árbitros

ENRIQUE SERBETO | BRUSELAS
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En varios países, Holanda, Dinamarca o Finlandia, existen iniciativas para formar partidos musulmanes y en otros se han hecho con un hueco estratégico en la política local. En Bélgica, por ejemplo, en las municipales de la primavera pasada, uno de cada tres candidatos de las listas socialistas era de origen musulmán y en las listas de los «humanistas» (antiguos democristianos) fue elegida Mahinur Ozdemir, la primera mujer musulmana que entró en el Parlamento regional de la capital belga cubierta con el velo islámico, a pesar de que en su país de origen -Turquía- eso hubiera sido totalmente imposible. En Holanda hay hasta una universidad islámica y un perseguido político marroquí llamado Mohamed Rabbal fue el primero en proponer la creación de un partido político musulmán, «a la imagen de la democracia cristiana en versión islámica». En casi toda Europa Occidental se ha alentado la organización de los musulmanes en asociaciones religiosas o culturales, aunque con ello no se ha podido evitar que se reprodujesen en su seno las viejas divisiones de sus países de origen. La única organización con voluntad continental es la Liga Árabe Europea, fundada por un libanés llamada Abou Jahjah, combatiente de Hezbolá.

Como votantes, los musulmanes pueden lograr imponer sus condiciones sin necesidad de abanderar partidos políticos excluyentes. El caso de la ciudad francesa de Lille es un perfecto paradigma donde la comunidad islámica ha alcanzado un poder numérico tan relevante que son fundamentales para que la alcaldesa, la socialista Martine Aubry, tenga que hacer condiciones esenciales como modificar los horarios de las piscinas municipales para que haya periodos solo para mujeres tal como exigen los imanes.