El independentismo «reniega» de su DUI por mero cálculo electoral

Sin mayoría social para la independencia, se retractan ante la fractura social creada

Barcelona Actualizado: Guardar
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En un político la capacidad de adaptación debe leerse como una cualidad, algo que en el caso de los dirigentes soberanistas va mucho más allá gracias a su asombrosa capacidad para leer la realidad según convenga. Es una cualidad no exclusiva de los políticos independentistas, cierto, pero que en el contexto del «procés» se ha hecho mucho más evidente en las últimas semanas, tanto por la rapidez del giro dado como por la profundidad del mismo. Apenas han hecho falta unos días para que el secesionismo haya pasado de proclamar la república en el Parlament (27 de octubre) a que los partidos hayan aceptado presentarse a los comicios que convocó ese mismo día el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Retrocediendo varias «pantallas» del proceso soberanista, el secesionismo ha pasado de la unilateralidad a la gradualidad, y del «nosotros solos» a admitir que les falta base social. Como en una montaña rusa, la parroquia «indepe» no sabe a qué atenerse, sorprendida por un súbito proceso de autocrítica que el constitucionalismo no atribuye a la sinceridad sino al cálculo electoral puro y duro. También, debe decirse, a la nueva línea de defensa de los políticos encausados, que tuvo en la declaración Carme Forcadell ante el Tribunal Supremo su primer episodio, cuando la ahora número cuatro del PDECat aseguró que la DUI del día 27 tuvo un mero carácter simbólico. Es cierto que todo el mundo lo interpretó así. La novedad es que ahora lo reconocen hasta sus promotores.

Cataluña, partida en dos

El expresidente Artur Mas es quien mejor ejemplifica esta realidad mutante. Corría 2007 cuando el entonces jefe de la oposición en el Parlament respondía de esta manera en TVE cuando fue preguntado sobre su postura ante un referéndum de independencia que entonces ni se imaginaba nadie: «El Estado de las autonomías es insuficiente, en el Estado federal nunca he creído mucho. Siempre defenderé el máximo de soberanía. Eso sí, si para modificar una ley electoral exigimos los dos tercios de los votos del Parlament, ¿cómo no vamos a pedir también los dos tercios de los votos, el 66%, para un referéndum de este tipo? Yo no quiero vencer, sino convencer». La postura de Mas era rotunda: «Jamás iniciaré un proceso de independencia dividiendo en dos mitades a Cataluña».

Los acontecimientos políticos desde entonces han sido de sobras explicados, hasta llegar a las fechas clave del proceso soberanista: consulta del 9 de noviembre de 2014, y elecciones «plebiscitarias» del 27 de septiembre de 2015. El resultado, y la lectura que se hizo de esta última convocatoria, fue determinante para llegar al punto actual. Pese a ganar de manera cómoda, la coalición Junts pel Sí no logró imponerse en el «plebisicito» implícito que habían solapado a esas elecciones.

Pasando por encima de las palabras de Mas, y de la que había sido hasta entonces la postura de consenso, el soberanismo decidió desdeñar a la oposición y a la mayoría de la sociedad catalana que no estaba por la ruptura. La quiebra de la sociedad catalana se consumaba. De manera paradójica, el entonces líder de la CUP Antonio Baños, fue el único que en la misma noche electoral admitió sin ambages que el «plebisicto» no se había ganado.

El resto de líderes, comenzando por un Artur Mas que los antisistema acabarían echando a las pocas semanas a la «papelera de la historia», volvieron a demostrar su asombrosa capacidad para la mutación y el requiebro político. Sin fuerza para imponer la secesión, como se sostenía en su programa, recuperaron la idea del referéndum. El resto de la historia es conocido, y Artur Mas, ya como expresidente, daba su bendición a lo que años antes condenaba: la fractura de la sociedad catalana y la ruptura con una mayoría que no valdría para reformar la ley Electoral.

Ese ha sido el discurso hasta hace pocos días, cuando, en un nuevo «twist», el PDECat y ERC vuelven ahora al discurso del gradualismo y de las mayorías amplias: aún no somos suficientes, la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) en esta legislatura es imposible.