José Manuel Maza, Fiscal General del Estado, ha fallecido por una insuficiencia renal aguda
José Manuel Maza, Fiscal General del Estado, ha fallecido por una insuficiencia renal aguda - Efe

Un hombre bueno, un juez bueno

Hablar con José Manuel Maza confería autenticidad a la conversación. Explicaba una y otra vez lo que desconocías hasta comprender el porqué de decisiones que parecían incongruentes

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«Cada acusado, cada condenado es una persona que merece una justicia justa, una atención personal para su caso, y una sentencia ajustada a los hechos y a nuestro Derecho». Conocí a José Manuel Maza a mediados de los años noventa siendo juez de lo Penal en los Juzgados de Plaza de Castilla. Juzgaba aquellos delitos leves que por su menor gravedad no recaían en la Audiencia Provincial de Madrid. Por aquel entonces, Maza empezaba una senda corporativa en defensa de aquellos jueces que reclamaban un asociacionismo que se alejase de los cánones clásicos de la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura y de la progresista Jueces para la Democracia, por entonces muy pujante. Así, se erigió en primer presidente y portavoz de la Unión Judicial Independiente con el objetivo de lograr cierta representación en las negociaciones con el Ministro de Justicia de turno y un alance mediático que les diera voz pública.

En aquella época, el trabajo del periodista de Tribunales en Plaza de Castilla no era fácil. Los jueces apenas recibían a los reporteros y la Justicia, como institución, se mostraba recelosa. Había desconfianza hacia la labor de periodista, pero Maza la supo comprender a la perfección. Nunca comunicó a la Prensa una sola sentencia antes que al acusado. Pero a menudo reunía en su pequeño despacho de Plaza de Castilla a un pequeño grupo de periodistas, y con él empezamos a conocer algunos de los recovecos del Derecho Penal. Siempre con buenas palabras, siempre con un tono impecable, siempre con una elegancia providencial, siempre con la mesura y la educación que demostró con todo el mundo durante toda su vida profesional.

Después recaló en la Audiencia madrileña como presidente de la Sección Primera. Su impronta en la presidencia de su Sala ofrecía sosiego. Como presidente de los Tribunales de jurados populares era un apoyo crucial. Los abogados elogiaron siempre su capacidad de hacer entender a los jurados legos en Derecho cuál era su misión a la hora de dictar un veredicto. Siempre con autenticidad, siempre con verdad, y siempre con la ley como resorte de todas sus convicciones democráticas.

Y después, como flamante magistrado del Tribunal Supremo, recaló en la Sala de lo Penal con un apoyo expreso y muy mayoritario del CGPJ porque su prestigio, su categoría personal y su especialización jurídico-técnica lo hicieron idóneo para formar parte de la élite judicial española. Nunca dejó de gozar del respeto profesional y el aprecio de todos sus compañeros, ni siquiera cuando la presión social y mediática le hizo firmar sentencias acorde con sus convicciones en los momentos políticos más críticos de nuestra democracia.

Hablar con José Manuel Maza confería autenticidad a la conversación. Explicaba una y otra vez lo que desconocías como periodista no experto en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, hasta comprender el porqué de decisiones que parecían incongruentes. Y bromeaba a menudo. Porque pese a su porte de seriedad le añadía a todo una sonrisa. Sobre todo, si mediaba una porra que midiese las opciones del Atlético de Madrid. Se fue un hombre bueno y justo. Se fue, antes de tiempo, antes de concluir la misión que ahora la democracia le tenía reservada como fiscal general del Estado, un buen juez. Y se fue, en el pleno ejercicio de sus funciones y habiendo asumido, sin tenerlo nunca previsto, sin haberlo esperado jamás, una labor en la que siempre estaría expuesto. No le importaba porque por encima del juego político, estaba su vocación de servicio al ciudadano. Su vocación de garante de la legalidad.