Un soldado con flores bajo el tradicional gorro afgano monta guardia en su puesto de vigilancia cerca del aeropuerto de Jalalabad. Ap

La guerra de Absurdistán

Por Martín ORTEGA. Director del Instituto de Cuestiones Internacionales y Política Exterior
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Cuando la resistencia militar de los talibán cayó estrepitosamente, nos quedamos asombrados porque la Alianza del Norte no podía aprovechar su ventaja militar y ocupar Kabul, ya que antes había que buscar una solución política para el futuro Gobierno del país. Pakistán, que apoyó a los talibán, está ahora al lado de Estados Unidos, pero tampoco acepta un arreglo político sin predominancia pastún. Rusia e Irán respaldan a la Alianza del Norte tanto como los propios Estados Unidos y, sin embargo, los tres tienen visiones políticas muy diferentes del Asia central.

La guerra de Afganistán desafía todas las leyes establecidas de la lógica porque es un país absurdo. Es una tierra de todos y de nadie. Aunque siempre ha defendido su independencia con orgullo y es miembro de Naciones Unidas desde 1946, Afganistán ha sido un campo de lucha para las potencias vecinas al menos desde mediados del siglo XIX. País pobre rodeado de poderosos, Afganistán puede ser imaginado como una alfombra ajada de la que todos han tirado despiadadamente, aprovechando los diversos hilos con los que está tejida, hasta deshacerla.

Los talibán llegaron a apoderarse de Afganistán, y a hacer de él un feudo para el crimen global, porque el país se encontraba en tal estado de degradación que el infierno mismo podría haberse instalado allí. Según unas valiosas estadísticas de la CIA, que pueden consultarse cómodamente en Internet, en un país de 26 millones de habitantes, se calcula que hay unos cien mil aparatos de televisión y menos de tres mil kilómetros de carreteras asfaltadas. La mortalidad infantil es de 147 niños por cada mil nacidos vivos, la esperanza de vida de 46 años, y el presupuesto estatal de sanidad, algo así como el de un hospital medio en Europa.

Estados Unidos, en una acción de legítima defensa, y sus aliados, tienen la obligación moral de acabar con Al Qaida, con los talibán que los han refugiado, y de hacer imposible que puedan volver a atentar contra ciudadanos inocentes en otros países. En esta guerra, la lección que debe aprenderse una vez más es que la ideología del odio es incompatible con la democracia. Pero otra lección importante es que, en un mundo globalizado, los estercoleros morales como Afganistán son terreno abonado para la inseguridad en cualquier otra parte del mundo. Y, desgraciadamente, Afganistán no es el único ni el último.

Hoy en día se habla mucho del choque de civilizaciones, cuando mucho más útil para comprender el mundo actual es la construcción teórica elaborada en 1996 por Robert Cooper. Este brillante diplomático británico concibe el globo en tres zonas: una post-moderna, post-industrial, donde la guerra es difícilmente tolerada por los ciudadanos, una zona moderna, en la que los Estados luchan ferozmente por el poder, y otra pre-moderna donde reina la violencia, y la escasez no permite una vida humana digna.

La relación entre los diversos tiempos históricos, que conviven hoy en día en el mismo planeta, es azarosa. En realidad, no sabemos cómo orientar nuestra relación con esas regiones llenas de macabras escenas antihumanas. En los últimos cincuenta años, la creación de Estados iguales entre sí desde un punto de vista jurídico ha extendido la ficción de que el mundo está dividido en entidades responsables que se debían un respeto entre sí. Sin embargo, hoy se reconoce que el mapa político global es heterogéneo, y esto no es una visión anticuada o reaccionaria, sino realista.

Desde que el antiguo secretario general de Naciones Unidas Butros-Gali (africano, egipcio y árabe, y por lo tanto, no sospechoso de colonialista) habló de los «Estados fracasados», se ha extendido la conciencia de que hay que pensar seria y sinceramente sobre esos vastos espacios pre-modernos.

La primera tentación es dejarlos abandonados a su sino. El problema es que esto es inseguro, como se ha demostrado en Afganistán, y en última instancia difícilmente asimilable por un mundo desarrollado que se dice respetuoso de ciertos principios.

La segunda opción es una acción selectiva y restringida de los Estados, acompañada de la labor generosa y admirable de voluntarios, religiosos y organizaciones no gubernamentales, como viene sucediendo en la actualidad. La tercera posibilidad es una implicación más seria de toda la sociedad internacional, con el fin de buscar soluciones coherentes para el problema global más serio de nuestro tiempo.

Quizás ha llegado el momento de avanzar en esta última vía. Una cierta estabilidad puede imponerse en Afganistán, como antes se impuso en El Salvador, Camboya o la antigua Yugoslavia. Pero no es tan fácil acelerar la historia. El problema de un desorden peligroso persistirá en Afganistán y en muchas otras partes del mundo.

Quizás sea mejor mirar el problema de frente. Quizás sea mejor prevenir que curar, quizás hasta sea más barato. Aquí hay un gran campo de reflexión y de acción, y España está en una situación idónea para contribuir a la búsqueda de soluciones originales y realistas.