Golf de altura, dieciocho hoyos al pie de los Alpes

Cuando se piensa en Innsbruck vienen a la memoria imágenes de nieve, el hielo y los deportes de invierno. Y sin dejar de ser lógico que así sea, (no en vano este enclave fue sede de los Juegos

MIGUEL ÁNGEL BARBERO
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Cuando se piensa en Innsbruck vienen a la memoria imágenes de nieve, el hielo y los deportes de invierno. Y sin dejar de ser lógico que así sea, (no en vano este enclave fue sede de los Juegos Olímpicos de 1964 y 1976) la capital tirolesa tiene una oferta cultural y deportiva que sobrepasa de largo esa fama.

De entrada, pasear por sus rincones medievales ya es un lujo para los sentidos. Con su centro histórico repleto de calles peatonales y sus centenarias edificaciones de ancha base (para evitar los daños de los terremotos de antaño), la pulcritud que se percibe y la variedad de los comercios invita a disfrutar. Además, el ambiente juvenil de sus 40.000 estudiantes hace de ella una ciudad alegre y divertida.

Otra cosa que se nota desde que se llega a este valle alpino (por vuelo interior o por autopista desde Alemania o Italia) es que el deporte es el rey absoluto en todas sus disciplinas. La gente va en chándal por la calle y abundan las tiendas especializadas, porque las posibilidades son amplias. Desde las consabidas actividades relacionadas con el frío, a las típicas del aire libre: paseo, carrera continua, natación o pesca.

Hasta que llegue la nieve

Sin embargo, la joya mejor guardada de sus propuestas la conforman sus campos de golf donde, hasta que la nieve mande, todavía es posible disfrutar de ellos en plenitud. Tiene dos recorridos que merecen la pena, el de Lans y el de Rinn, que forman parte de un sólo club, el Innsbruck-Igls. De esta forma ofrece la oportunidad a los jugadores de mostrar sus habilidades, ya sea en un campo de nueve hoyos o en uno de dieciocho.

El club tiene una curiosa historia a cuestas (literalmente, en el segundo recorrido, en el que hay desniveles de 300 metros entre unas zonas y otras). El de Igls fue el pionero (se fundó en 1935) y se encuentra, como suele decirse, a cinco minutos del centro. Se trata de un diseño de nueve agujeros bastante plano para estar en la montaña, lo que le hace agradable de pasear.

Pero la llegada de la Segunda Guerra Mundial hizo que tuviera que cambiar repentinamente su uso. Se entregaron las tierras a los campesinos de la zona para que pudieran trabajarlas y conseguir así recursos para el mantenimiento de sus familias. Hay que tener en cuenta que incluso hoy en día el Tirol es una región eminentemente agrícola y ganadera, y es muy llamativa la disposición de sus pueblos y granjas. Destacan sus casonas conjuntas, en las que las familias viven en el piso de arriba mientras que el de abajo se reserva a la cuadra y al pajar, todo en un ambiente exquisitamente limpio. Además, las imágenes de devoción mariana pintadas en las fachadas, con adornos de mazorcas y frutales son típicos de la zona.

El caso es que hasta once años después de la contienda no se pudo reabrir el club después de unos arduos trabajos, por lo que estamos hablando de unas instalaciones relativamente modernas. Aun así, en 1999 se inauguró una nueva casa-club, desde la que se divisa casi toda la finca, y en 2004 se rediseñaron de nuevo todos los hoyos, que hoy en día se muestran en su máximo esplendor. La mayoría discurren entre frutales y pinos centenarios; y las vistas, de la montaña a un lado y la ciudad al otro, son de lo más atractivas.

Para el jugador que busque emociones más fuertes o disponga de un nivel más competitivo, la propuesta de Rinn no le dejará indiferente. Inaugurado en 1977 y remozado en 2002, se encuentra a sólo ocho kilómetros del anterior y se respira en él todo el sabor del golf alpino. Pero, claro, sólo cuando no nieva. Sus calles sirven también de pistas de esquí y no deja de ser chocante jugar al golf al lado de los remontes. Lo positivo es que las instalaciones no tienen que cerrar en el largo invierno y que el cuarto de palos se puede reutilizar en almacén de esquíes.

Bosque milenario

El Patscherkofel, un monte legendario de Austria, acoge el bosque más antiguo de Europa lo que hace de este campo algo espectacular, se mire por donde se mire. Y que nadie se asuste por los desniveles (es conveniente jugar en «buggy» o motos de alquiler). Pero una vez metidos en faena, la experiencia es inolvidable. La naturaleza se muestra en todo su esplendor y la altura de las coníferas ya indica la pureza del aire que se respira.

Las vistas ayudan a relajarse, pero no así los retos que se va encontrando el jugador a cada momento. Se trata de un diseño exigente, con longitud, trampas de agua y «greenes» envenenados en los que hay que mantener el pulso firme. Es un campo de alta competición y eso se nota, desde en la calidad de las instalaciones al mantenimiento de las zonas de juego.

Deporte total

Como se trata de hacer deporte, y no a todo el mundo le da por lo mismo, las opciones populares se ven por doquier. Las rutas de senderismo están perfectamente indicadas y es habitual ver a la gente subir en autobús con los bastones de esquí al hombro. Y luego, una vez allí, descender de nuevo al centro tranquilamente a lo largo de un paseo todo lo extenso que se desee. Hay decenas de caminos marcados en los bosques, tanto para los caminantes como para los ciclistas pues la bici de montaña, huelga decirlo, es otro de los productos estrella de la zona. Como los hoteles con salas termales o los restaurantes de gastronomía alpina, con predominio de las carnes y las verduras.

Todo este panorama, como es lógico, variará en pocas semanas. Con la llegada de las nieves el manto blanco tomará protagonismo y las nueve estaciones de la región serán las reinas del invierno. Pero esa ya será otra historia...