A galopar

Por CARLOS DÁVILA
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A las cinco treinta, hora de la concentración, sólo faltaban en la plaza del Ayuntamiento de San Sebastián las banderas de la Casa Consistorial, huérfano el mástil, como siempre, porque el alcalde de la ciudad, Odón Elorza, al que un compromiso posterior le impidió sin duda estar a esa hora, no tiene las banderas como suyas. De entrada, muchas caras conocidas de víctimas terroristas: tres viudas, la de Ustaran, asesinado cruelmente por ETA en los ochenta, la de Casas, al que mató la banda al comienzo de la gobernación socialista, y la de Fernando Buesa, destrozado un día en que el PNV no se creyó en la necesidad siquiera de condolerse. La Policía de Elorza, el miedoso, dirá lo que quiera, pero ayer en San Sebastián, de cabeza a cola de la manifestación, había noventa minutos de gente. ¿Cuánto es eso en cantidad? Que nos lo cuenten los expertos, pero da lo mismo; era la protesta más grande jamás habida en una capital en la que, también como siempre, estaba clamorosamente ausente la Iglesia, la institución que se supone es de las víctimas. En la cabeza, tres ministros: la de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, y los de Justicia e Interior, Michavila y Acebes; el secretario de Libertades del Partido Socialista, López Aguilar; Jaime Mayor, Carlos Iturgáiz, y al lado, tirando de la cuerda que hacía de cinturón de seguridad, la valerosa Rosa Díez. Ni un problema, ni una voz más alta que otra, pero ningún silencio ya, porque las víctimas, los perseguidos, han decidido decir, para los restos: aquí estamos nosotros. La expresión de este grito moderado era la voz de un muchacho «a lo moderno» que, con un altavoz desvencijado, gritaba: «¡Vaya libertad, vaya libertad! Si discrepamos, nos vienen a matar».

En el grueso de la concentración, miles de caras conocidas: alcaldes, concejales, cargos públicos de los partidos, y el nacionalista Emilio Guevara arropado por la comprensión de los que ya le han hecho suyo. Todos miraban a las ventanas del largo recorrido, más cerradas que abiertas; era el único signo negativo de la fiesta. Alguien recordaba aquella frase tan oportuna de Alfonso XIII en Barcelona: «No me importan los aplausos de abajo; me preocupan las displicencias de arriba». Pero abajo San Sebastián era una fiesta. Al lado de Jon Juaristi y Mikel Azurmendi, a los acordes estruendosos del «A galopar» del contradictorio Paco Ibáñez, la hermana de otra víctima, el malogrado Gregorio Ordóñez, Consuelo, sonreía como nunca cuando un mozalbete vestido con casaca roja le entregaba un panfleto de una desconocida Unidad Comunista, un periodiquillo que proclamaba: «Ibarretxe y Arzalluz, más fascistas que Hitler». Dos periodistas, Gorka Landáburu y Edurne Uriarte, se convertían en protagonistas básicos de la ovación del público, y el gentío, más vasco que nunca, prorrumpía en el corto eslogan que es ya la obsesión de los ofendidos: «Libertad». Como fin, otro joven entregaba un cartelón con esta frase: «Al terrorismo le llaman konflikto». Después, la lectura del manifiesto, en tres idiomas: español, vascuence y francés. También había franceses; ellos ya saben cómo se las gastan ETA, Otegi y el PNV montaraz.

Por cierto, Otegi hoy, desvergonzadamente, viaja a Tudela.