Franz Fischler, Comisario de Agricultura y Pesca de la UE: La impopularidad entra en el sueldo

La Política Agraria de la Unión Europea vuelve a la mesa de debate. Para unos, como una tragedia; para otros, como una reforma inevitable. Este hombre reparte las cartas

POR AMADEU ALTAFAJ CORRESPONSAL EN BRUSELAS
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El comisario europeo de Agricultura y Pesca, Franz Fischler, no es el eurócrata frío y obcecado, que no ha visto en su vida una vaca, que se empeñan en caricaturizar a sus adversarios, que son muchos, después de ocho años de lidiar con una de las carteras más difíciles de la Comisión.

A sus catorce años, compaginaba sus estudios con el duro trabajo en la explotación ganadera de sus abuelos en el Tirol austríaco. A esa experiencia práctica le sumó la teórica, porque realizó estudios de agronomía en Viena y se pasó seis años más investigando en este terreno. Y de la teoría, a la representación sindical, la misma que ahora le espera en Bruselas, Estrasburgo o Luxemburgo cada vez que intenta tocar una pieza del alambicado sistema de ayudas a la agricultura que la UE ha levantado en cuatro décadas.

Fue también ministro de Agricultura de su país y diputado, hasta que en 1995 dio el salto a la Comisión Europea. En los campos de España se le conoce bien por episodios tan sonados como «la batalla del aceite de oliva», que le enfrentó durante meses a la que, paradójicamente, hoy es su colega Loyola de Palacio, entonces ministra de Agricultura. Pese al fragor de las pugnas, Fischler siempre tuvo un trato atento con la dura política española y alguna que otra cena discreta en el ambiente más distendido de un restaurante de Bruselas permitió evitar que aquello no acabara en un fiasco.

Y es que Fischler «es un buen negociador», como reconocía el pasado jueves el actual ministro de Agricultura, Miguel Arias Cañete, en un receso de la batalla que ahora les ocupa, la reforma de la Política Agraria Común (PAC), aplazada hasta el próximo martes y en la que una alianza de intereses entre franceses, alemanes, españoles e italianos le obligará a rebajar el rigor de sus propuestas por una PAC más ecologista y orientada hacia el mercado. El fuego cruzado entre Arias y Fischler no les impide tomarse un vino entre risas, cuando coinciden en el Parlamento Europeo.

«No debe haber vencedores ni vencidos» en la discusión de esta reforma, declaró el pasado viernes, tras encajar el día antes las críticas más duras a sus postulados. A sus 56 años, ocho como comisario de Agricultura, son muchas negociaciones de «culo de madera», como solía denominarlas un antiguo embajador en la UE, en las que la noche sigue al día hablando de unas toneladas de bacalao o de vacuno.

A Fischler no le importa cargar con las críticas de los gobiernos y las organizaciones agrarias si sus propuestas sirven para que la agricultura siga siendo una actividad económica viable, incluso en una UE que se dispone a acoger a diez nuevos socios con un sector primario muy importante y en un contexto de liberalización comercial a escala planetaria, que son los dos desafíos principales a los que se enfrenta hoy la PAC y quienes viven de ella. Además, «no hay duda de que, tal y como existe hoy, la PAC es una de las políticas comunitarias más complejas y nuestros agricultores deben dedicar demasiado de su valioso tiempo a bregar con una burocracia innecesaria», reconoce el propio comisario. Y añade que «debemos ser justos con los agricultores, hay que decidir si les ofreceremos una perspectiva clara hasta 2013 o hacer otra reforma a medias».

Su temor principal es que los reparos de unos y otros provoquen el colapso de la PAC, que se vuelva a las «montañas de carne y de mantequilla» producidas sólo por el atractivo de un subsidio y pudriéndose en almacenes o que la falta de reformas «audaces» dé pie a la Organización Mundial del Comercio (OMC) a denunciar a la UE y exigir la abolición de las ayudas directas, que él desearía desvincular de una vez por todas de la producción y orientar una parte al desarrollo rural. La solución final será, probablemente, menos revolucionaria de lo que Fischler esperaba pero el concepto ya parece asumido incluso por aquéllos que, como Francia y España, lo rechazaban por completo. El viernes, de regreso de Luxemburgo, Fischler pareció haber encajado bien las críticas: «Está bien que nos hayamos dado tiempo, hemos de reflexionar», comentó prudente. Y en eso sonó el timbre de su móvil, con los compases iniciales del «Danubio azul»: el ogro no es tal, tiene su corazoncito, verde y tirolés.