todo irá bien

El folclore de la impotencia

La sombra de la cárcel, más que alargada, es penetrante. Y todo el mundo ve cómo los fugados empiezan a pudrirse en el olvido

Salvador Sostres
BarcelonaActualizado:

Insultar a un rey es lo más fácil y es de cobardes atacar a quien sabes que no va a defenderse. Al independentismo sólo le queda el folclore y la mala educación: lo que sale gratis y no tiene consecuencias penales. Aunque las viudas de España clamen que la aplicación del artículo 155 fue blanda y no sirvió de nada, lo cierto es que desde el 27 de octubre nadie en Cataluña se atreve a saltarse la Ley. Fantasmadas, todas las que se quieran. Pero riesgos concretos, ni uno. La sombra de la cárcel, más que alargada, es penetrante. Y todo el mundo ve cómo los fugados empiezan a pudrirse en el olvido. El independentismo sigue como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, con sus añagazas de fin de fiesta para retener a la tropa en la ilusión de que «somos república», pero cada vez más dividido.

A la hora de cerrar la edición de este periódico, el presidente de la Generalitat, Quim Torra, todavía no había decidido de qué modo iba hacer el ridículo ante la visita real: si no acudiendo a Tarragona, o acudiendo con su lacito amarillo y pronunciando algún tipo de discurso reivindicativo. Esquerra en cambio ha optado por mantener un perfil bajo: el president del Parlament, Roger Torrent, no irá a la inauguración -no era imprescindible su presencia- y el vicepresidente Pere Aragonès, estará el día de la clausura. Los republicanos creen que es poco inteligente que el gobierno de Cataluña no tenga una representación institucional normal en los actos significativos de la vida pública catalana, y le reprochan a Torra que su única política sea la gesticulación.

Puigdemont desde el destierro sabe que su débil llama se apaga y aunque Torra hace lo que puede para que no parezca tan irrelevante como empieza a ser, lo cierto es que la normalidad vuelve poco a poco a la Generalitat: los que con tanta espuma en la boca defendieron el «Puigdemont o elecciones», se pelean hoy entre ellos por ver quién se queda con el cargo de mayor sueldo. Los que prometieron «los últimos presupuestos autonómicos» y «las últimas elecciones autonómicas» son los que más aplicadamente han vuelto al redil regionalista, ávidos de cargo y de salario. Si por cada una de las lecciones que nos dieron les exigiéramos una prenda, quedarían desnudos ante el espejo de su mediocridad.

No cesa el folclore de la impotencia. Pero el Rey sigue siendo su Rey y España su destino en lo universal.

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