La extraña pareja

MICK JAGGER Y KEITH RICHARDS. Líderes del grupo Rolling Stones. Con ellos no hay plan de prejubilación que valga. Cuarenta años dale que te pego al rock and roll y cuarenta años como pareja, de hecho y de derecho, como extraña, extrañísima pareja del pop

Por MANUEL DE LA FUENTE
Actualizado:

Son ya cuarenta larguísimos años de matrimonio, casi siempre de conveniencia, aunque esta extraña, extrañísima pareja no haya sido ajena al amor. Sobre todo, al propio. Pero el embarazo y el parto son cosa de dos. Y parir, lo que se dice parir, Jagger y Richards, Richards y Jagger, han parido de lo lindo, fueron tocados por la varita mágica de la fecundidad y, hoy por hoy, cuatro décadas después de pasar por el altar del pop, tienen una interminable familia numerosa: al menos dos docenas de canciones memorables y centenares de conciertos a lo largo y ancho de este mundo, una prole con la que se han ganado de hecho y de derecho todos los subsidios y pensiones del inserso del rock and roll. Cantando los cuarenta, contando las cuarenta, los Stones fueron siempre un monstruo bicéfalo, un animal de dos cabezas, blanco y negro, agua y vino, playa y montaña, sol y sombra. Entre Jagger y Richards se las han arreglado durante cuatro décadas para que nadie les usurpe el control de la nave, ellos firman las canciones y ellos firman, también, los cheques, sobre todo Mick, cuya fortuna ya saben que es una de las más contantes y más sonantes del Reino Unido.

Uno ha puesto la cara, mala cara, por cierto, Richards, al que los años le han tallado un perfil con más aristas que los cubos de Moneo. El otro ha puesto el rostro, Jagger, y le ha echado morro, mucho morro, tanto que el morro, el morrazo, es la imagen de marca, el logo de la banda, de Madrid a Pernambuco, de Cochabamba a Tokio. Richards hace de corazón y hace también de tripas corazón, y por sus venas corre -entre otras cosas, muchas de ellas innombrables aquí sin la presencia de un abogado- el espíritu del blues, del rhythm and blues, el verbo del rock and roll hecho carne, un poco magra eso sí. Su guitarra impide el amaneramiento, la copia, los aditivos y los edulcorantes. Jagger pone la pose, luce el palmito de sus sesenta años en una caricatura de sí mismo y de la banda, que es también el dibujo un tanto borroso, el trazo un poco grueso, de todo lo que ha sido el rock and roll desde los años cincuenta. A veces podrán parecer marionetas, pero no olviden una cosa: ellos manejan los hilos.

Desde luego, como dirían los cursis, hay química entre ellos. Vaya si la hay. Y no pueden imaginarse la que hubo. Es inevitable en una relación tan sustanciosa. Y de física tampoco andan mal, física cuántica, teoría de la relatividad aplicada al pop que ha permitido que la banda que consiguiera el sueño de cualquier joven de los sesenta, esto es, ser odiado por sus padres, se haya convertido en un grupo que en cualquier otro trabajo, con cualquier otro empleo, habría pasado a engrosar hace tiempo la categoría de los prejubilados.

Pero no estamos ante una pareja del montón, uno de esos matrimonios de profesión sus labores, ni ante una parejita de ancianitos angelicales y seráficos que se juegan la pensión al tute: estos tipos han danzado sobre nuestra tumba, le han cantado al azúcar moreno y nunca han disimulado su simpatía por el diablo. Durante cuarenta años, Jagger y Richards han formado parte del consejo de administración de una sociedad fructífera, próspera, que sigue cotizando en la bolsa del show business, y que en algunos momentos de su larga historia rompió todas las marcas del ibex de la popularidad. Poco importa que para dar con sus mejores canciones haya que tirar, y con fuerza, del hilo del pasado y haya que recurrir al memorión de los guionistas de «Cuéntame cómo pasó».

Los 60 fueron suyos y los sesenta son suyos, de Jagger en apenas un mes (los cumple el 26 de julio), y de Richards a final de año (los cumple el 18 de diciembre), lo que no impide que este dúo, probablemente el más dinámico de la historia del pop, con permiso de Lennon y McCartney, siga dando más vueltas que el baúl de la Piquer, tirando de repertorio sin prejuicios, con su legendaria lengua fuera, y asegurándose un retiro que parece no llegar nunca, ni falta que nos hace, que aunque esto es sólo rock and roll bien que nos gusta.