Expediente Ñ El fin de los tiempos

ROSA BELMONTELa Princesa Margarita de Inglaterra contaba que tuvieron que poner fin a la presentación de debutantes en la Corte porque estaban presentándose todas las fulanas de Londres. Ahora que

ROSA BELMONTE
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La Princesa Margarita de Inglaterra contaba que tuvieron que poner fin a la presentación de debutantes en la Corte porque estaban presentándose todas las fulanas de Londres. Ahora que acaba de empezar la Temporada, eso que tanto se nombra en las novelas de Jane Austen, vuelve el eterno tema de las clases. Que si Ascot es como los últimos días del Imperio Romano pero con minifaldas en lugar de con togas. Que si a Glyndebourne va un montón de gente que nunca había estado en la ópera y que anda más interesada en el pícnic, en el champán y en emperifollarse para ser visto que en la música.Que si el Cartier Polo está lleno de famosos de serie D rodeando al príncipe Harry. Qué tiempos incluso aquellos en los que Susan Barrantes decía que el príncipe Andrés y su hija Sarah se conocieron en el campo de polo y añadió: «¿No se conoce ahí todo el mundo?».

En fin, que los nuevos ricos quitan la silla a los aristócratas. Vale, podría ser peor: en otros tiempos les quitaban la cabeza. Aunque a veces, cuando te rodea la chusma, hasta la guillotina, el verdugo y el cesto resultan más atractivos. Siempre queda refugiarse en el campo, que es de las pocas cosas inglesas que siguen siendo finas. El único lugar al que pueden seguir yendo los personajes de P.G. Wodehouse.

No tengo muy claro que las clases altas sean necesariamente educadas. Lo de la educación es complicado. Ya no digo tenerla. Incluso es complicado saber qué es. Si la «politesse», si la instrucción, si la distinción... He llegado a un momento en que, si tengo que juntarme con otros seres humanos, me conformo con la «politesse». Mira, si no sabes dónde está Houston o que Churchill no era un personaje de ficción, casi me da igual. No hace falta frecuentar Ascot o la regata Henley para ver el antes y el después. Más modestamente, me asomo a «Operación Triunfo» y me asusto. Bueno, también me pasmo en persona al entrar en una sala de espera. Al decir buenos días y no obtener respuesta (más tarde han hablado por teléfono, luego no eran sordos). Para mí que de ahí a formar parte de la familia Manson van dos o tres grados.

El otro día se preguntaba Ana Rosa Quintana que por qué hay tantos ordinarios en OT. ¿Y por qué iba a ser una excepción? Es verdad que OT nunca ha sido el Trinity College (suponiendo que al Trinity College no le haya pasado como a Ascot) pero este año daña los oídos hasta cuando no cantan. Por un lado, el señor malencarado y con gafas de mosca que se sienta en la silla como si estuviera en un árbol. Por otro, los alumnos que han salido respondones. El caso es que la educación (la «politesse», con las otras me rindo) está más cara que una nota bien dada. Independientemente de que una niña superordinaria mande a tomar por ahí, gritando, a ese tipo del jurado, las maneras de los triunfitos siempre han sido discutibles. Desde el primer día de la primera edición. Clases de canto aparte, el desayuno siempre ha sido revelador. Lo de David Bustamante preguntando, en serio, si era correcto chupar las tapas de los yogures viene a ser folclórico-anecdótico. Cómo come esta gente. Con la etiqueta de los hombres de Neardental. No sé qué demonios hace el personal preocupándose y pleiteando por la Educación para la ciudadanía en lugar de por la vulgar educación de toda la vida.

Al final siempre tiene razón Homer Simpson: «La solución a los problemas no se encuentra en el fondo de una botella, está en la televisión». Descartadas las familias y los colegios, que alguien ponga en marcha un «reality» en el que se enseñen las mínimas reglas de cortesía, cómo se come, a dar un pésame, los códigos de vestir... No hace falta que te ayuden a comportarte como una princesa (sea eso lo que sea) como en aquel «My fair Kerry» de la televisión inglesa en el que transformaban a la ordinaria Kerry Katona en alguien refinado. Si hay doce personas que aprenden a coger los cubiertos o a dirigirse correctamente a sus semejantes, bienvenidas sean. Y si añadimos un puñado que aproveche lo visto en la tele, pues ya seremos un país más educado. Incluso podríamos mandar algún espécimen reformado que no desentone a la Temporada. De momento sólo podemos ir a la de la uva. n