Expediente Ñ La obsesión del señor Spoto

ROSA BELMONTEYa va por el tercero. Donald Spoto (de profesión, sus biografías) acaba de publicar «Spellbound by Beauty: Alfred Hitchcock and His Leading Ladies». O sea, algo así como «Cautivado por la

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ROSA BELMONTE

Ya va por el tercero. Donald Spoto (de profesión, sus biografías) acaba de publicar «Spellbound by Beauty: Alfred Hitchcock and His Leading Ladies». O sea, algo así como «Cautivado por la belleza: Alfred Hitchcock y sus protagonistas femeninas». Incluso si la traducción fuera buena y no de andar por casa en zapatillas de cuadros y agujeros en los pulgares, en el título se perdería la evocación a una de las películas del director británico, «Recuerda», cuyo título original es «Spellbound».

Ya va Spoto (que tu apellido se parezca tanto a esputo es inquietante), ya va, digo, por el tercer libro con el genio de protagonista. El primero estaba dedicado a su arte, el segundo a su vida y su cara oscura, y el de ahora a su obsesiva relación con las rubias que contrataba. También a su rarito matrimonio con Alma Reville y al distanciamiento de su hija, Patricia. Esa fantástica señora a la que debemos el rescate de las joyas (unas más que otras) que Hitchcock, por una ventolera, había retirado de la circulación a mediados de los 60. Hasta veinte años después, ya muerto Sir Alfred, no se pusieron en circulación otra vez películas como «La ventana indiscreta», «La soga», «Pero...¿Quién mató a Harry?» o «El hombre que sabía demasiado» (sólo por Doris Day cantado/gritando «Qué será, será» para que su hijo la oyera merecería la pena). Y, sobre todo, le debemos el rescate de la cumbre que supone «Vértigo», de la que este mes de mayo se han cumplido 50 años. Una efeméride que ni puesta a propósito para publicar libro sobre el director.

Para desmentir que odiara a los actores, una vez dijo Hitchcock: «Imagínese a alguien odiando a Jimmy Stewart». Vaya, el mismo Jimmy Stewart al que culpó del inicial fracaso comercial y de crítica de «Vértigo». Por parecer viejo. Vamos, hombre, James Stewart ya parecía viejo en «Qué bello es vivir» o en «Historias de Filadelfia». Y, claro, es que los 50 años de Stewart (los que tenía en «Vértigo») no son los de Cary Grant. Es que no son ni los 54 que Grant tenía en «Con la muerte en los talones». Mmmmm, ¿qué habría sido de «Vértigo» con Cary Grant?

En fin, volviendo a esas películas secuestradas, qué casualidad que casi todas (la excepción es «The trouble with Harry») estuvieran protagonizadas por el viejo Stewart. Parece que con esa retirada de material estuviera castigándolo. Al baúl. Como si se tratara de Monchito o Rockefeller. Pobre Jimmy. Ni a las rubias, a sus «leading ladies», las trató tan mal. Mención especial a Tippi Hedren, claro (aunque a Kim Novak en «Vertigo» la hizo tirarse al agua no sé cuántas veces, en esa escena con el Golden Gate al fondo, sólo por divertirse). A Tippi le prometieron pájaros falsos y casi se la comen los verdaderos. La metieron en una especie de jaula de malla, donde los técnicos le lanzaban gaviotas chillonas. «Una tras otra. Una vez y otra vez. Toma tras toma», como contaba Rod Taylor. Jessica Tandy (la suegra antipática) recordaba que al mediodía de uno de esos días de pájaros Hedren estaba cubierta de mierda. Hitchcock, que se pasaba por el forro el método del Actor´s Studio (y por tanto, toda esa angustia de Monty Clift en «Yo confieso»), tenía su propio método para que las chicas actuaran con el miedo en el cuerpo. Quizá se pasaba. A Tippi Hedren, picoteada, golpeada y casi en estado de shock, el médico la mandó diez días a su casa. Y la cara de susto mostrada por Joan Fontaine en «Rebeca» no es casual. Hitchcock se dedicaba a decirle que Laurence Olivier pensaba que su actuación (la de ella) era un desastre. Olivia de Havilland habrá disfrutado mucho con esta historia.

Pero la obsesión gorda del gordo fue la que tuvo con Tippi Hedren (ambos son los protagonistas en la portada del libro de Spoto). La fijación, el control, la crueldad y la pasión destructiva llegaron a lo alto en ese periodo que va de 1961 a 1964. Tippi tiene el dudoso honor de haber sido la última obsesión de Hitchcok. Con las inanes damas que vinieron después (excluyo a Julie Andrews pero destaco a la bizca Karen Black) es fácil deducir que Sir Alfred perdió el interés por las mujeres. Y por el cine. La obsesión de Donald Spoto por Hitchcock sigue viva. Spoto es James Boswell y Hitchcock su Samuel Johnson. n