España, Europa

Como la historia se está acelerando, conviene deshacerse de anteojeras ideológicas y de comodidades analíticas que ni siquiera han sido capaces de explicar los últimos veintitrés años

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Como la historia se está acelerando, conviene deshacerse de anteojeras ideológicas y de comodidades analíticas que ni siquiera han sido capaces de explicar los últimos veintitrés años. Iba a escribir que cada generación tiene derecho a inventar el mundo, pero no es cierto. En otro sentido, quizá eso corresponda a cada hombre. Como conjunto, como sociedad compleja sometida a la paradoja de globalización más aldeanización, de fuerzas universales y liliputienses, estamos necesitando un baño de sentido. Si quieren, un relato. Podríamos empezar, modestamente, renunciando a contribuir al ruido.

Ruido es prometer a millones de personas nuevas soberanías cuando la historia de España corre hacia la mayor cesión de soberanía, y esa cesión es hacia arriba. Ruido es la cíclica danza del palomo entre partidos pensados para gobernar el Estado y partidos concebidos para romperlo. Ocultar a los españoles periféricos en proceso de «desafección» que pronto no quedará aquí ni sombra de soberanía. Porfiar en ciertas sinécdoques: «los catalanes» por los nacionalistas catalanes, «Madrid» por el Estado, «el Estado» por España. Confundir la defensa de un sistema de financiación autonómico donde la responsabilidad del gasto vaya acompañada de la responsabilidad de los ingresos con un plan separatista (error que comparten muchos partidarios y detractores del «pacto fiscal»).

Ruido es la magnificación de «movimientos sociales» cuya único mérito es la juventud de sus seguidores y la senectud de sus impulsores. Conferir solemnidad a su sarta de disparates reciclados. Apreciar el vaso nuevo de un brebaje caducado. Jalear los ritos de iniciación a la antipolítica, el anticapitalismo o el antiamericanismo. Dedicar un minuto a su arbitrismo ramplón.

Ruido es mantener la ficción de una izquierda con «sensibilidad social» y una derecha deseosa de desbaratar el Estado del Bienestar. Seguir juzgando a los unos por las buenas intenciones con que rompieron las piernas a la economía y a los otros por la aparatosa exhibición de unas muletas. Alimentar la creencia de que existe una alternativa merecedora de tal nombre a la disciplina europea. Sugerir, y aun defender, la conveniencia de aumentar y reducir el gasto público a la vez. Mantener la ilusión de grandes soluciones a través de no sé qué consensos o gobiernos de concentración. Pretender que España puede consagrarse a algo diferente a un control de daños y una buena administración de su baza principal: el tamaño, el billón de euros de PIB. Disfrazar de cualquier forma el destrozo ocasionado por políticos cesantes metidos a banqueros, engrasadores de redes clientelares, camellos del poder, proveedores de líquido a caciques adictos a los aeropuertos y a los trenes de alta velocidad.

Con algo menos de ruido, cabría aspirar a un tratamiento más cabal del momento español y europeo, más propio de una sociedad adulta con una opinión pública consciente. Nuestro futuro no está escrito, y aunque el pesimismo goce de gran prestigio entre los intelectuales, no es menos cierto que los intelectuales se la vienen envainando desde hace décadas. Lo que llamamos Europa no es un continente; es un contenido y es un proyecto. Sus sociedades y gobiernos no tienen la menor intención de dejarla caer. Precisamente por lo agudo de su crisis, que ha aflorado múltiples disfunciones, Europa acelerará planes que parecían lejanos: avanzará en su integración, armonizará normas, centralizará controles, consolidará cuentas, acabará mutualizando deuda. Qué mejor relato que una Europa en marcha y en libertad. Abierta, consciente, en construcción.