Soldados del Ejército yugoslavo, en la frontera de Eslovenia y Croacia el 3 de julio de 1991
Soldados del Ejército yugoslavo, en la frontera de Eslovenia y Croacia el 3 de julio de 1991 - AFP

Vía eslovena en agonía yugoslava

Todo paralelismo con España de la declaración de independencia de Eslovenia es un delirio más de Torrá

Madrid Actualizado: Guardar
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La guerra en Yugoslavia no empezó aquel 26 de junio, un día después de sendas declaraciones de independencia en Croacia y Eslovenia, cuando las fuerzas eslovenas comenzaron a atacar a las columnas de blindados del Ejército yugoslavo que cruzaban aquella república hacia las fronteras del norte. La guerra comenzó a labrarse camino ya casi un lustro antes. Cuando los cuadros comunistas, huérfanos de su poderosa figura aglutinadora del mariscal Josip Broz Tito muerto en 1980, empezaron a tomar posiciones para conservar el poder ante las evidencias de la crisis general de los regímenes comunistas. Poco después de llegar Mijail Gorbachov al poder en la URSS y de comenzar Hungría y Polonia sus reformas de apertura, la federación yugoslava de seis repúblicas y dos provincias autónomas, empezó a mostrar cómo se le abrían las costuras históricas.

Solo las dos dictaduras, la monárquica tras la fundación del estado en 1918 y la comunista desde 1945, habían podido reprimir las contradicciones de este estado artificial inventado por los vencedores de la I Guerra Mundial con la unificación forzosa de retales de los dos imperios naufragados de la región, el austro-húngaro y el otomano. Era un estado creado a caballo en la falla histórica, religiosa y cultural entre Roma y Bizancio, con tales contradicciones que solo la brutalidad de la represión de las voluntades explica que lograra cumplir esos 70 años. El sur, ortodoxo y balcánico, con muchas zonas musulmanas, siempre había mirado a Constantinopla. El norte había sido siempre austriaca y católica, con la mirada y la obediencia en Viena. Los comunistas croatas y eslovenos tendían a las reformas de otros centroeuropeos como húngaros y polacos. En el sur surgía un hombre que tenía otros planes.

El caudillo Milosevic

En 1986 se nombró secretario de la Liga Comunista Serbia a Slobodan Milosevic, un caudillo convencido de que para mantener cohesión y poder una vez quebrado el comunismo, nada más idóneo como ideología sustitutoria que el nacionalismo serbio. Cuando en 1989, en el 600 aniversario de la batalla de Kosovo Polje, en el día nacional serbio de San Vito el 28 de junio, Milosevic reúne a un millón de serbios y proclama la supremacía nacional serbia en Kosovo y los territorios históricamente serbios, está reclamando la hegemonía serbia total en la federación.

Con las instituciones federales muertas o bloqueadas, el Estado queda consumido y federal solo queda el ejército. No por mucho tiempo. Milosevic implanta un rodillo represivo en Kosovo y en las repúblicas de Macedonia, Bosnia y Montenegro y pretende hacer lo mismo en las dos repúblicas católicas. Allí se disparan las alarmas y los respectivos nacionalismos que se identifican con Centroeuropa y el mundo germánico. Para entonces todos los regímenes comunistas de la órbita soviética habían dejado de existir. Croacia y Eslovenia declaran sus independencias el mismo día pero en situaciones muy distintas. Croacia tiene una gran minoría serbia en amplias zonas de la Krajina al oeste y de Eslavonia en el este. Armada por Belgrado se ha levantado contra de la independencia croata y con ayuda del ejército ha sustraído comarcas enteras al control de Zagreb y declarado parte de la gran Serbia. Aquí se perfilaba ese estado soñado por Milosevic que fracasó por las intervenciones militares de la OTAN años después.

Pero en 1991 Eslovenia tiene una posición ideal. Sin minoría serbia, étnicamente homogénea, había celebrado el 23 de diciembre de 1990 un referéndum que obtuvo un 95% por la independencia (93,2% de participación). Eran datos muy convincentes de cara al exterior, donde aumentaban las simpatías hacia las repúblicas centroeuropeas enfrentadas a un Milosevic con sus excesos de brutalidad y retórica bélica y racista. Cuando el Ejército yugoslavo entra el 26 de junio, lo hace sin fuerzas para aplastar una rebelión y con reclutas desmotivados, fácil presa de la defensa territorial eslovena. Tenía en la vecina Croacia fuerzas especiales suficientes para entrar en una larga y sangrienta guerra en Eslovenia durante mucho tiempo. Pero tras siete días y sin apenas buscar combate evacuan las bases y se retiran. Hoy se sabe que el aparato político serbio impuso esa retirada. A Milosevic y a sus generales, concentrados en arrancar a Croacia los territorios para la gran Serbia, no les interesaba aquella república de «austriacos eslavizados». Fue Eslovenia la que asaltó al Ejército yugoslavo en el cálculo de que debía matar a reclutas para escenificar la guerra que hiciera irreversible el proceso, pero ya con la certeza de que Belgrado renunciaría en pocos días porque su proyecto era la Gran Serbia. Quien intente ver en lo relatado paralelismos con la España actual, su historia y su presente, merece un psiquiatra. Si quiere forzar similitudes a base de muertos, merece prisión.