Pablo Casado, en un acto en Jerez de la Frontera
Pablo Casado, en un acto en Jerez de la Frontera - EFE

El entorno de Casado ve una oportunidad en la salida de Cospedal: «El fin de un contrapoder»

Los audios de Villarejo ponen a prueba la autoridad de Casado al frente del PPen una etapa «sin corrupción»

MadridActualizado:

La pesadilla de la corrupción ha vuelto al PP. No por un escándalo nuevo, sino porque los audios de Villarejo que afectan a Cospedal están siendo usados como arma arrojadiza del PSOE contra los populares para darles donde más les duele. En un partido aún traumatizado por el caso Gürtel, y que perdió el poder en unas horas tras una sentencia judicial, las cintas del excomisario están resultando dolorosas. Y Sánchez lo aprovecha. El PP hervía esta semana y desde algunos sectores se pedía a Casado, casi se rogaba, que diera un golpe de autoridad y señalara a Cospedal el camino de salida. Es la única manera que ven para pasar página de una vez por todas a su etapa más negra.

En el entorno del presidente del PP no se oculta que la caída de Cospedal tendría un efecto colateral positivo para Casado: «El presidente se quedará sin contrapoder dentro del partido». Cospedal es «aliada», pero también un poder fáctico, capaz de colocar a gente de su máxima confianza en puestos clave del PP.

En el último Pleno, Casado preguntó a Sánchez si pensaba romper con los independentistas. Lo normal en una sesión de control es que la oposición ponga en aprietos al Gobierno. Pero en este caso se cambiaron los papeles. Y la respuesta de Sánchez, tras conocerse el contenido de las cintas de Villarejo sobre Cospedal y su marido, fue directa al punto débil del PP: «Si fue la corrupción la que les hizo perder el poder, ¿qué está haciendo usted para regenerar el partido que dirige?» El líder socialista continuó, como si todavía estuviera interpelando al presidente Rajoy: «Señor Casado, la pregunta que tendría que hacerle es qué favores debe usted a algún diputado o a alguna diputada del grupo parlamentario para no luchar contra la corrupción y abrir de una vez por todas la regeneración en el Partido Popular».

«Tenemos un problema», admitió un diputado del PP en los pasillos del Congreso en cuanto acabó el rifirrafe. El fantasma de la corrupción había vuelto. A pesar de haber perdido el poder, de ser un caso juzgado y condenado, de haber elegido a un nuevo presidente del PP «limpio» de mancha y ajeno a los tejemanejes de las tramas corruptas. El pasado sigue en el presente de este PP, y Cospedal es, según algunos sectores del partido, una prueba de ello.

«Situación inquietante»

Fuentes populares reconocían ayer que «la situación es inquietante». Acababa de saberse que en las grabaciones de 2009, Cospedal y su marido hicieron al excomisario Villarejo encargos «puntuales». Aún no se sabía que uno de esos trabajos era pedir un informe completo que pudiera ser utilizado contra Javier Arenas, compañero y sin embargo enemigo interno. Un trabajo renumerado.

«Pablo debe dar un golpe sobre la mesa, demostrar su autoridad. Ganaría muchos puntos y demostraría que el PP no pasa ni una, que estamos en una nueva etapa», sostienen algunos populares, que reconocieron que existe preocupación. Si la corrupción del PP sigue presente en el debate político, de una manera o de otra, el partido no levantará cabeza: ese es el principal temor que recorre las filas populares.

«Hay que romper con esa etapa de una vez por todas, pasar página. Casado debe marcar una línea y dejar claro que el que la sobrepase, se va», explican con cierta tensión fuentes del PP en el Congreso. «Cospedal ya es pasado, lo mejor es que renuncie al escaño, que es lo único que le queda», apuntan.

El PP es el mayor partido de España, y las voces pueden ir desde la mesura hasta el histerismo o el histrionismo más absoluto. Ambos extremos pueden encontrarse también en el Parlamento, entre los populares. Una de las voces más vehementes hace un diagnóstico catastrófico de la situación del partido. Ni que decir tiene que apoyó a la perdedora en las primarias. Cree que Cospedal «está ya muerta, y lo sabe», y lamenta la «falta de autoridad» de Casado, pero también del secretario general, Teodoro García Egea.

El debate ha estado vivo en las filas populares durante toda la semana. En la dirección nacional se intentó transmitir tranquilidad. De hecho, tanto Casado como su equipo no tienen ningún temor porque saben que no puede haber grabaciones que les afecten a ellos, por la sencilla razón de que no se reunieron con Villarejo: la mayoría de ellos eran demasiado jóvenes en aquellos años.

Directriz: esperar

Génova optó por la máxima prudencia desde el lunes. El asunto les olía mal, pero peor olor desprendían las cintas de la ministra de Justicia, y ahí seguía. Bajo ese criterio, se decidió esperar, aguardar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, al más puro estilo marianista. Casado conoció el comunicado de Cospedal el lunes, justo antes de que se hiciera público. Y el martes se reunió con ella en el Congreso. Sabía que habría más cintas, pero desconocía el contenido exacto.

Casado decidió no dar un apoyo explícito a Cospedal. El problema, dicen en su entorno, no era ella, al menos cuando se conocieron los primeros audios. El auténtico problema que atenaza al PP es que no ha conseguido pasar página a la etapa negra de la corrupción. Y Cospedal se había convertido en un obstáculo para dar ese salto quizás definitivo a la nueva etapa, libre de manchas de escándalos. El único mensaje que preocupa a la dirección del partido, con Casado a la cabeza, en medio de todo este escándalo, es que «no hay corrupción en la nueva etapa del PP».

Fuentes próximas a Casado ya pensaban a mitad de semana que Cospedal caería «por su propio peso». El líder del PP le enseñó el camino de salida el jueves en Huelva, cuando advirtió que su único compromiso era con los afiliados, y advirtió de que cualquier actitud que no fuera ejemplar contaría con su rechazo absoluto. Su mensaje fue nítido: no le ataba nada a Cospedal, por mucho apoyo que le diera en las primarias. Para algunos fue el golpe de autoridad que se estaba esperando en un partido desmoralizado esta semana.