Edurne Uriarte

Por CARLOS DÁVILA
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Lo más probable es que Francisco Letamendía conociera ya la resolución del Juzgado a favor de Edurne Uriarte en la hora en que perpetró su execrable artículo de «Deia».

A «Ortzi», defensor de ETA en el Parlamento en Madrid hace años, le prestó cobijo el periódico del PNV para agredir sistemáticamente a Uriarte y a todos los que denuncian y denunciaron el espolio de su cátedra.

Durante meses, antes y después del de febrero, Letamendía halló refugio en «Deia» para amilanar a Uriarte y a sus defensores. Una legión de simpatizantes de toda España que admira la capacidad profesional, política y humana de la catedrática de Ciencia Política, cuyo mayor pecado ha sido para el nacionalismo radical -del moderado tampoco ha recibido un consuelo- el que sobreviviera a la brutal bomba que ETA le colocó en diciembre del 2000.

Los rufianes de la banda aún se tiran de los pelos por ello, los comilitones de Batasuna que les acompañan en el singular y perverso lamento, y «Ortzi» y el PNV han urdido, y seguirán urdiendo, una campaña que a ETA seguramente le bastará para apreciar que hay que intentarlo otra vez con ETA y con sus esforzados compañeros de viaje. A uno de ellos, Francisco Llera, sujetos como Letamendía ya le han echado del País Vasco, no sin antes agredirle con los peores insultos y amenazas que puedan recordarse de un ser humano.

Llera sabe bien cómo se las gasta este individuo, al que el PNV considera «un impecable intelectual», quizá porque, como suele asegurar Mario Onaindía, «entre estos tipos, intelectual es quien ha leído un libro». Un libro que podemos sustituir por el «Deia» o, más clara y miserablemente, por el «Zutabe».

El último y corto párrafo de esta columna tiene que ser para el rector de la Universidad Pública del País Vasco, Manuel Montero. ¡Qué lástima! Fue un adalid en la resistencia contra el terrorismo y en la oposición al nacionalismo implacable, hasta que unos le atizaron en su debilísima arquitectura personal, y otros le rodearon como si del indio Gerónimo se tratara. Ahora está solo con los que ya ni siquiera son los suyos. ¡Pena de rector!