Cultura. Justicias poéticas

M. FRANCISCO REINAPara los que creen en las leyes del Karma, es decir, que las acciones -positivas o negativas- vuelven a nosotros como un boomerang, hay ciertos vislumbres, atisbos de realidad, como

M. FRANCISCO REINA
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Para los que creen en las leyes del Karma, es decir, que las acciones -positivas o negativas- vuelven a nosotros como un boomerang, hay ciertos vislumbres, atisbos de realidad, como de justicia poética, parafraseando la famosa canción de Johnny Tillotson, que deben poner en alerta el conducirse de cada cual por la vida. No en vano, y traducido al sabio y no exento de mala baba, refranero popular, se dice aquello de «siéntate a esperar y verás el cadáver de tu enemigo pasar». La paciencia, como en todo, es un burladero esperanzador y cómodo para no perder la vida en desalientos ni en enganchadas de los toros ya aprendidos de las traiciones cotidianas.

En este sentido, y por razones muy hondas y personales, citaba la semana pasada al sabio Antonio Machado, en honor a un querido amigo, recordando aquellos versos deslumbrantes de la paciencia: «Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;/porque la vida es larga y el arte es un juguete./Y si la vida es corta/y no llega la mar a tu galera,/aguarda sin partir y siempre espera,/que el arte es largo y, además, no importa.» Largo es el camino, y los amigos y enemigos que uno se va encontrando en él, si la puñalada no es mortal, siempre pueden cuadrar las cuentas pendientes con o sin Karma. Digo todo esto, entre otras cosas, por el caso de una excelente editora y escritora -quizá de lo mejor de este país sobreabundado de mediocres-, la gallega Mercedes Castro, que acaba de publicar una novela magnífica en la editorial Alfaguara, con el sorprendente título de «Y Punto». Sobre las injusticias cometidas con ella no voy a extenderme, amplios son los anales de internet para informarse, yo mismo lo traté hace meses, pero no quiero que todo esto enturbie el peso específico de su voz narrativa, a la vez irónica y tierna, dura y frágil, poderosa y cotidiana. Licenciada en Derecho, siempre ha trabajado en el sector editorial, a cuya mano firme se deben algunos de los mayores éxitos comerciales de los últimos años, reconocimiento que sólo ha hecho público, y esto le honra, el reciente finalista del Planeta Boris Izaguirre. Ha publicado relatos, una antología bilingüe de Rosalía de Castro, una edición crítica de Pérez-Galdós, y el poemario «La niña en rebajas», aunque sus incursiones en la literatura, han sido muy cuidadas y puntuales. Esta es su primera novela publicada y el fruto de nueve años de trabajo. No es una excepción en cuanto al tipo de editor-escritor o escritor-editor que compagina una seria labor literaria con una no menos importante labor de edición. Entre históricos y contemporáneos se podrían citar a Carlos Barral, Esther Tusquets, Pere Gimferrer, Ana María Moix, Mario Muchnik, Jordi Nadal, Jesús Munárriz, Manuel Rico o Adolfo García Ortega. Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer, Clara Deza, contradictoria y deslenguada, agente de la autoridad, esposa y compañera, inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías intransigentes, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, es decir, un matrimonio real. La agente que recrea Castro es de carne y hueso, tiene necesidades y problemas, y vida personal, difícil, como el resto de los mortales, y esto la hace cercana y original, en un género, como éste, el negro, plagado de arquetipos de cartón piedra y de pecho de lata.

Quizá por esta razón, la protagonista se dice: «Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse». Un personaje con dificultades para conciliar vida laboral y personal, cosa que conoce bien Mercedes Castro, a pesar de que no haya paralelismos biográficos, carnaza morbosa que buscan habitualmente los críticos, salvo por el personaje del gato de nombre Matisse, que es el suyo. Novela trepidante, divertidísima y original para los que creen en el Karma -que ya se habrán atragantado- y los que no, para los que disfrutan con una buena historia. Y Punto. n