Corea del Norte El país del Gran Hermano

Roh Su-yong, de 12 años, estudia en Pyongyang. Cada mañana, cuando acude a la Escuela Número 1, lo primero que ve al llegar a clase es un gran mural con Kim Il-sung, «padre fundador» de la patria, y

TEXTO Y FOTOS: PABLO DÍEZ ENVIADO ESPECIAL A PYONGYANG
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Roh Su-yong, de 12 años, estudia en Pyongyang. Cada mañana, cuando acude a la Escuela Número 1, lo primero que ve al llegar a clase es un gran mural con Kim Il-sung, «padre fundador» de la patria, y su hijo Kim Jong-il, actual caudillo de esta pobre nación asiática. Procurando no dar la espalda al retrato, Su-yong sube a su aula atravesando unos pasillos plagados de carteles patrióticos que lucen con orgullo los misiles desarrollados por Corea del Norte y alertan de la constante amenaza de guerra con EE.UU.

Aunque esté en clase de inglés, y no de historia, estudiará la heroica lucha contra la ocupación japonesa del guerrillero Kim Il-sung, a quien la propaganda oficial ha entronizado como «Presidente Eterno». No en vano, la figura de Kim Il-sung, quien dirigió Corea del Norte desde 1948 hasta su muerte y nombró sucesor a su hijo, es omnipresente en esta dinastía comunista hereditaria.

Tras la caída del bloque soviético, el «Reino Eremita» es el último Estado comunista del planeta y sus 23 millones de habitantes viven como en Rusia o China hace medio siglo, ya que la propiedad privada está prohibida. Además, y a diferencia de Cuba, el país permanece cerrado al turismo para mantener a su población alejada de influencias externas. Para los poco más de 3.000 extranjeros que visitan cada año este país, la primera parada obligatoria es la descomunal estatua de bronce de Kim Il-sung. Desde sus más de 30 metros de altura, la figura tutela Pyongyang, mientras se escuchan los cañonazos de las constantes maniobras militares que tienen lugar en este país debido a su permanente estado de guerra.

Nada más aterrizar en el aeropuerto, donde su retrato da la bienvenida a los tres vuelos semanales que conectan Pyongyang con Pekín y Vladivostok, los guías norcoreanos llevan a los viajeros extranjeros a ofrecer sus respetos al «Gran Líder» antes incluso de llegar al hotel. Ante la estatua hay que postrarse con una reverencia y, de manera voluntaria, se puede realizar una ofrenda floral.

Es lo que hacen todas las parejas norcoreanas al casarse. Como Ri Song-chol y su esposa Jin Dan-rio, quienes vinieron a los pies del líder «para brindar nuestro matrimonio a la causa nacional».

En esta ciudad de avenidas casi vacías, grises edificios de estilo retrofuturista y habitáculos-colmena de inspiración soviética, sólo hay un par de vallas publicitarias anunciando los automóviles de la compañía estatal Pyongwha, aunque a los norcoreanos no se les permite tener coche propio. El resto son monumentales frescos del «Gran Líder» y consignas del Partido: «¡Larga vida a la política songun!», reza una en la céntrica plaza Kim Il-sung para exaltar la primacía militar sobre todo lo demás.

Para los ojos de un occidental, este culto al líder recuerda a la novela «1984», en la que George Orwell retrató el totalitarismo como una sociedad depauperada, en permanente estado de movilización contra el enemigo, y que inventa la historia y la realidad para que gobierne con mano de hierro el «Gran Hermano».

Pero, por supuesto, los norcoreanos no conocen dicha obra porque no figura entre los 30 millones de libros que, con orgullo, afirma poseer el Gran Palacio de Estudio del Pueblo, que cuenta con 600 salas de lectura repartidas en 100.000 metros cuadrados. «Orwell es un conocido escritor anticomunista y esa novela no se puede encontrar aquí porque es propaganda antisocialista», tercia el delegado del Comité para las Relaciones Culturales con los Países Extranjeros, el español Alejandro Cao de Benós.

Gracias a una completísima base de datos informatizada, y con sólo pulsar un botón, una cinta transportadora traerá un ejemplar al instante hasta el mostrador. Siempre y cuando, claro está, se trate de títulos como «Atlas of Genetics», «Robots, Androids & Animatrons» o «Computer Essentials», y no de «El Castillo» de Kafka o del pensamiento político de Max Weber.

Lo mismo ocurre en la sala de música, donde la petición de un disco de los «Rolling Stones» sólo consigue arrancar una mueca de sorpresa en los archiveros. «¿Rolling qué?», preguntan. Un poco más fácil, pero no mucho, es encontrar una cinta pirata de los «Beatles», cuyo «Yellow submarine» es escuchado por primera vez por la guía de la biblioteca.

«Prefiero la música coreana», replica altiva. Las canciones patrióticas que, acompañadas de imágenes de soldados, aviones, tanques y cohetes, emiten casi a todas horas los dos canales de televisión del país. El resto de la programación lo componen películas de guerra, actuaciones circenses y un puñado de noticias con fotos fijas de Kim Jong-il, a veces repetidas, donde se escuchan incesantemente las expresiones «Uri janggunnin» («Nuestro General») o «Uri Suryongnim» («Nuestro Líder»). Dos palabras que no se cansan de pronunciar las guías de cualquier instalación pública, que lo primero que explican es el número de veces que Kim Il-sung o Kim Jong-il han acudido a su fábrica, hospital, cooperativa o central eléctrica para «dar instrucciones sobre el terreno».

Siguiendo con la televisión, merecen mención especial los desfiles militares y de antorchas del pasado 25 de abril para conmemorar el 95 aniversario del nacimiento de Kim Il-sung y el 75 de la fundación del Ejército Popular. Por si acaso hay alguien que no los haya visto aún, dichos eventos son retransmitidos íntegramente un par de veces al día.

Toda esta movilización de masas se aprecia con intensidad en la Colina de los Mil Escenarios, donde nació Kim Il-sung en el seno de una humilde familia campesina. Ante esta pequeña choza-museo, unas 5.000 personas desfilan día tras día en tan perfecta formación que parecen compañías militares en vez de visitantes.

La misma escena se reproduce en el mausoleo de Kumsusan, donde yace el cuerpo embalsamado de Kim Il-sung. Panteón que excede en majestuosidad y megalomanía a los de Mao o Ho Chi Minh.

Luciendo sus uniformes de gala o endomingados con el tradicional traje negro abotonado hasta el cuello («dat gin yang bok»), soldados y obreros traídos de las fábricas estatales y de las cooperativas agrícolas marchan con paso marcial por el imponente recinto. En sus solapas, todos portan el pin con el rostro de Kim Il-sung: muestra de prestigio social porque es imposible comprarlo, ya que sólo puede ser otorgado por los méritos.

En la desnuda sala donde se conserva el cuerpo del «Presidente eterno» suena -también hasta la eternidad- la Marcha de Kim Il-sung. En medio de esta oscura cámara climatizada se honra al líder con una reverencia en cada uno de sus cuatro flancos. Declamando como plañideras consternadas, las guías explican el dolor que embargó al pueblo norcoreano al enterarse de la muerte de Kim Il-sung. En aquellos días, los coreanos lloraron «hasta que sus lágrimas se fundieron con el mármol para brillar hoy como diamantes». Así lo explica, con un tono engolado que parece sacado del NO-DO, el audífono en castellano entregado a los visitantes.

Con el dramatismo propio del frágil idioma coreano y casi a punto de echarse a llorar, la historia suena mucho más conmovedora en boca de una de las actrices-guía. al menos hasta que le cambian la expresión y el tono para anunciar solemnemente: «Y ahora, pasamos a la siguiente sala».

...Donde nos aguardan las 280 medallas otorgadas por 70 países. Entre estas condecoraciones, destacan dos españolas: una de la Fundación Pablo Iglesias concedida en 1977 y otra de la Asamblea de Madrid de 1992. A continuación, se puede ver el tren con el que el «Presidente Eterno» recorrió 152.000 kilómetros en Corea del Norte y medio millón en el resto del mundo, así como el reluciente Mercedes SEL 600 V12 que le regaló su hijo. Al terminar el recorrido, aparece una sala con varios libros de firmas cuyas dedicatorias son meticulosamente examinadas y traducidas por los guías, no vaya a ser que a alguien se le ocurra cuestionar el carísimo, pero poco comunista, obsequio de Kim Jong-il a su padre.

Ese Mercedes es poca cosa en comparación con los 276.482 objetos ofrecidos por «líderes mundiales» a los dos Kim, en exhibición en el Museo de la Amistad. Abierto en 1978, este pomposo palacio se encuentra en una montaña horadada para «proteger los obsequios de un posible bombardeo».

Por parte española el museo atesora 12 regalos, la mitad de ellos donados por Santiago Carrillo, entre ellos un galeón, una espada y un Don Quijote con Sancho Panza. En este país de certezas sólo nos queda una duda: ¿se perpetuará el régimen por los siglos de los siglos o caerá como un castillo de naipes cuando muera Kim Jong-il? Quizás sirva recordar un pequeño detalle. En 1974, 20 años antes de su muerte, Kim Il-sung nombró sucesor a Kim Jong-il, quien ya entonces aparecía en todos los actos oficiales. En la actualidad, no hay nadie más joven que él en las fotos del «Querido Líder».