El fugado Carles Puigdemont durante una conferencia en Genova, Suiza, en 2018
El fugado Carles Puigdemont durante una conferencia en Genova, Suiza, en 2018 - Reuters
Todo irá bien

Clases de pastelería

La sentencia certificará igualmente la derrota de un independentismo que se rindió sin defender su causa y que se ha quedado sin hoja de ruta

Barcelona Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

La sentencia del proceso independentista pondrá punto y final a otra intentona del catalanismo más irracional por medir sus fuerzas con el Estado. Y sean cuales sean finalmente los cargos, acreditará la pervivencia del Estado de Derecho ante el golpismo de quienes entre septiembre y octubre de 2017 quisieron suspender la ordenación constitucional en Cataluña valiéndose de la intimidación y la violentación de la mayoría de los catalanes.

La sentencia certificará igualmente la derrota de un independentismo que se rindió sin defender su causa y que se ha quedado sin hoja de ruta, sin objetivos creíbles y profundamente dividido: las amenazas de la facción más radical es ya la parte sensata de quien sale a desmentirlas.

Esquerra no está por la labor de volver a incurrir en la ilegalidad, en parte porque la victoria del Estado le ha hecho ver que sólo le causaría un dolor estéril, y también porque quiere ocupar la centralidad pragmática de la política catalana que Convergència ha abandonado, y haber acreditado así algún grado de arrepentimiento, con hechos, cuando llegue la hora de solicitar alguna medida de gracia al Gobierno.

Lo que estos días se ha presentado como respuesta a la sentencia, bajo el nombre de «Tsunami Democràtic» no es más que la cursilería postrera del vencido, una humillante mezcla de desorientación, afectación e impotencia cuyos pósters publicitarios podrían usarlos los partidos constitucionalistas como propaganda electoral de que han reducido al golpismo a clases de pastelería los jueves por la tarde para «señoras de» que no trabajan.

«Tsunami democràtic»

Esta sentencia era la última esperanza del independentismo para reactivarse, y todo quedará en la habitual cenefa callejera y multitudinaria, a la que las señoras del «tsunami democràtic» tal vez acudan con los pastelitos que hayan aprendido a hacer clase. Justo antes, Torra será juzgado por desobediencia el 25 de septiembre, por no haber retirado los lacitos del balcón de la Generalitat cuando le fue ordenado. Podria ser inhabilitado.

Una vez más, el independentismo exageró en el cálculo de su fuerza, de su honor y de su dignidad; y erró creyéndose la propia propaganda sobre la mediocridad de sus adversarios: ésta ha sido la derrota más profunda, la que a lo largo de la Historia se repite cuando Cataluña se olvida de su naturaleza fenicia, acomodaticia, cobarde y pactista e intenta ir –¡y de farol!– a un todo o nada dramático y suicida contra una nación como España que, probablemente, lo que mejor sabe hacer es tomarse en serio su unidad de destino.