Víctor Manuel de Saboya
Víctor Manuel de Saboya

Casa de Saboya Humberto II no quiso a Víctor Manuel como sucesor

«Si hay un pretendiente descalificado de antemano para ocupar un trono fantasma, éste es Víctor Manuel de Saboya. Por una razón muy simple: poquísimos de sus compatriotas le estiman, mientras que casi

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«Si hay un pretendiente descalificado de antemano para ocupar un trono fantasma, éste es Víctor Manuel de Saboya. Por una razón muy simple: poquísimos de sus compatriotas le estiman, mientras que casi todos le desprecian. «Sí lo sé -reconoce el interesado-, en Italia, en determinados círculos, cuando se quiere hablar mal de alguien, se habla mal de mí». El problema es que se refiere a los círculos más devotamente monárquicos. Imaginen el resto.» Tan contundente cita no corresponde a un texto aparecido esta semana. Su publicación data de 1992 y con esas palabras introducía el historiador Juan Balansó el capítulo de la Casa Real de Italia de su libro «Los Reales Primos de Europa». El auge y caída de la Casa de Saboya ha sido uno de los más notables de las grandes familias europeas. En 1849 el Príncipe de Metternich, el gran estadista austriaco de su tiempo, se permitía sostener que Italia no era más «que una expresión geográfica». De hecho, todavía una década después, en 1859, estaba dividida en el Reino de Cerdeña, que incluía en el continente el Piamonte, y estaba regido por los Saboya; el Reino Lombardo-Véneto, bajo soberanía del Emperador Francisco José de Austria; el Ducado de Parma, regido por una rama de los Borbones; el Ducado de Módena y el Gran Ducado de Toscana, regidos por Archiduques austriacos; el Reino de las Dos Sicilias, bajo otra rama borbónica y los Estados Pontificios, regidos por la Monarquía electiva del Papado.

Los Saboya son en su orgien -que se remonta hasta Humberto I, conde de Saboya, en el siglo XI- una dinastía francesa que muy pronto centró su interés en el norte de la península que hoy es Italia. En 1849, la Corona sarda recae en Víctor Manuel II, que tendrá como su mano derecha al conde de Cavour, gran propulsor de la unidad italiana nucleada en torno a la dinastía saboyana. En 1859 se incorpora Lombardía, en mayo de 1860 Módena y Toscana y en Noviembre las Dos Sicilias, dejando fuera de la unidad peninsular el Veneto, que se uniría en 1866 y los Estados papales que no se integrarían hasta 1870. Pero ya en 1861 Víctor Manuel II es proclamado primer Rey de Italia manteniendo el numeral saboyano en su nombre. Y las armas de la dinastía que reinaría sobre Italia, seguirían siendo las de Saboya, vinculadas al reino sardo.

Víctor Manuel se vio sucedido por su hijo, Humberto I, en 1878. Los veintitrés años de su reinado se vieron marcados por serias crisis internas y la hostilidad francesa, lo que le llevó a unirse a Austria y Alemania en la Triple Alianza de 1882. Tuvo sueños imperiales que se vieron frustrados en Etiopía en 1896 y acabaron con su vida a manos de un anarquista en 1900.

Víctor Manuel III

Así, la historia de la Casa de Saboya como titular del Reino de Italia está esencialmente marcada por el reinado de Víctor Manuel III, entre 1900 y 1946. Baste resumirla diciendo que fue un hombre pequeño para los retos que él mismo se fijó. Pequeño en todos los sentidos: necesitaba de una escalera para subirse al caballo. Y desde su corcel vio llegar la marcha sobre Roma de los fascistas de Mussolini y se sumó a ellos. Y por ellos, en 1936, fue proclamado Emperador de Etiopía -desplazando a la milenaria dinastía encarnada por el Negus- y fue declarado Rey de Albania en 1939 -pasaportando a la neonata dinastía de los Zogu. De la mano de Mussolini, en 1943 perdió esas dos coronas ganadas con rápidez y en 1946 tuvo que abdicar la corona italiana en su hijo Humberto II y exiliarse en Alejandría.

La vida del Rey Humberto puede resumirse diciendo que reinó 32 días y pasó exiliado 36 años. Muchos historiadores le consideran el más brillante de los Saboya, pero un matrimonio amigablemente roto con la Princesa María José de Bélgica, hermana del Rey Alberto I, habría de marcar el futuro de la dinastía.

En el exilio, Humberto se reconcilió con los representantes de las dinastías que los Saboya, con la ayuda de Garibaldi, habían desposeído de sus respectivos tronos. Su exilio transcurrió en Cascais, cerca de Lisboa y de su hermana Juana, Reina Madre de los Búlgaros, de los Condes de Barcelona y de los Condes de París entre otras regias personalidades. Pero muy lejos de su mujer e hijos que se instalaron en Ginebra. Al amparo de la Reina María José creció su único hijo varón, Víctor Manuel, con una vida disoluta y con frecuencia desenfrenada.

Víctor Manuel ya pisó la cárcel en 1978, durante casi dos meses, a causa de un incidente nunca aclarado en el que un joven alemán murió de un disparo. El Príncipe italiano fue inculpado y finalmente absuelto. Para entonces su relación con su padre lleva años virtualmente rota. Desde mucho antes de que en 1971 contrajera matrimonio religioso en Teherán con Marina Doria, su padre no había ocultado su oposición al casamiento. El Rey Humberto creía que una Familia Real en el exilio estaba doblemente obligada a cumplir con las normas dinásticas derivadas de leyes que no estaba a su alcance alterar. Por ello no aceptó un matrimonio que contravenía las «Regias Patentes» dinásticas que han seguido en vigor en la República italiana, donde el Presidente podía negar el permiso para el matrimonio a militares y altos funcionarios -otra cosa es que fuera un derecho que no se ejercía.

Pero Víctor Manuel estaba dispuesto a casarse a toda costa. Así que en diciembre de 1969, un mes antes de su boda civil en Las Vegas -Teherán y Las Vegas, dos regios escenarios para la boda de un Príncipe supuestamente católico- depositó en un notario ginebrino dos folios con sendos «Decretos Reales» que firmó como «Víctor Manuel IV». Como cuenta Balansó, en el primero acusaba a su padre de haber aceptado «ilegítimamente» el referendo de 1946 sobre Monarquía o República porque «la institución monárquica no podía ser sometida al juicio popular». De ello entendía que «su partida hacia el exilio constituye inequívocamente la abdicación del Reino» y en esa lógica afirmaba que «le sucedo en la condición de soberano virtual del Reino de Italia». En el segundo documento, primero de su «reinado», afrontaba la misión más urgente para el bienestar de los italianos: «Nos, Víctor Manuel IV, Rey de Italia, decretamos que a Marina Doria Ricolfi le es concedido el título de duquesa de Santa Ana de Valdieri. Dado en Ginebra, el 16 de diciembre de 1969». Le hacía ilusión casarse con una duquesa. Ambos textos estaban avalados con la firma de Giordano Gamberini, gran maestre de la Masonería, a cuya logia estaba adscrito Víctor Manuel.

El Rey Humberto no asistió a la boda de su hijo y nunca se retractó de la desaprobación manifestada hacia aquella unión. Sí asistió al bautizo de su nieto Manuel Filiberto y Víctor Manuel quiso presentar aquello como una reconciliación. Si lo fue, en verdad resultó efímera, pues el distanciamiento marcó el resto de su vida.

Tan desesperado estaba el Rey Humberto con lo que representaba su hijo, que si bien nunca anunció formalmente que no heredaría los derechos dinásticos y que estos recaerían sobre su primo Amadeo de Aosta, sí hizo un testamento en el que desposeía a Víctor Manuel de todos los signos de soberanía que él había retenido. Su Casa acababa con él. Así, la abadía de Hautecombe era entregada a los benedictinos; los archivos históricos de la Casa de Saboya al Estado italiano; el collar de soberano de la Orden de la Annunciata era depositado en el «Altare della Patria», el monumento a la unidad nacional... Como albaceas testamentarios nombró a sus sobrinos Simeón, Rey de los Búlgaros y Mauricio, Landgrave de Hesse, además de a su hombre de confianza Guibert d´Udekem. Los dos sobrinos fueron los encargados de cumplir con el último mandato del Rey Humberto: ceder al Papa la propiedad de la Sábana Santa, que pertenecía a los Saboya. Humberto II no tuvo ninguna duda. Antes que su propio hijo, bautizado en la fe católica, prefirió que fueran un sobrino ortodoxo, Simeón, y uno evangélico, Mauricio, los que entregaran el sudario de Cristo al sucesor de Pedro. Era el fin de la Casa de Saboya.

Por RAMÓN PÉREZ-MAURA