«Es una barbaridad querer configurar al hombre a base de mayorías»

POR EUGENIO CAMACHOApenas dos semanas después de su ordenación como nuevo Obispo de Asidonia-Jerez, Monseñor José Mazuelos (Osuna, 1960) va familiarizándose con la realidad de una ciudad especialmente

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POR EUGENIO CAMACHO

Apenas dos semanas después de su ordenación como nuevo Obispo de Asidonia-Jerez, Monseñor José Mazuelos (Osuna, 1960) va familiarizándose con la realidad de una ciudad especialmente azotada por la crisis. El nuevo prelado apela a la recuperación de valores para salir del atolladero y, como Médico especialista en Bioética, combate la «cultura de la muerte».

-¿Cómo está siendo sus primeros días tras su nombramiento como Obispo de Asidonia-Jerez?

-Con la agenda muy ocupada, no paro. He tomado contacto con los sacerdotes de la diócesis y estoy contento por su acogida, y también por el seminario. A partir de ahí, he empezado a tomar contacto con las diferentes realidades. A pesar de que la edad media en el clero es alta, no lo es tanto como en otras diócesis. Es verdad que el gran reto que tenemos es estimular a los jóvenes. En el seminario he visto un grupo interesante de jóvenes muy maduros para su edad. Mi prioridad sigue siendo conocer la diócesis, comenzando por sus sacerdotes, que tienen una visión amplia de sus parroquias y de la realidad eclesial. Lo primero será una toma de contacto con las delegaciones y después programaré las visitas pastorales.

-Hablan de usted como un obispo que seguirá una labor continuista con respecto a monseñor Del Río.

-Lo de «continuista» me hace gracia. A todos los sitios donde he llegado, lo primero ha sido ver y oir. Por ahora he descubierto una cosa, que mi predecesor ama bastante a la Iglesia y que tampoco consiste en hacer borrón y cuenta nueva. La Iglesia no es eso. Habrá cosas a las que haya que prestar más atención, porque así lo demandan las circunstancias. No se trata de una labor continuista, sino de seguir para adelante en comunión con el Santa Padre y con la Iglesia.

-De su antecesor dijeron, poco después de tomar posesión en el año 2000, que su estancia en Jerez iba a ser corta, ya que estaba llamado a mayores metas, como ocho años después se demostró ¿Piensa que es una buena diócesis para hacer carrera?

-Allá donde he ido nunca me he visto como un hombre de paso, sólamente en Roma porque estaba estudiando y tenía que terminar los estudios. Pero después llegué a Benacazón y pensaba estar allí toda mi vida. Estuve en el Priorato, y también, y cuando me fui me dio pena. No me planteo el Episcopado en Asidonia-Jerez pensando que en unos años me voy a ir, porque sería absurdo. Lo que deseo ahora mismo es morirme aquí. El futuro ni me pertenece ni me preocupa. Vamos a vivir el presente.

-Su nombramiento llega en un momento díficil para la diócesis, en plena crisis económica y con unos cimientos poco estables que se evidencian en el alto índice de paro y en el alarmante aumento de la demanda de ayuda a las instituciones benéficas dependientes de la Iglesia ¿Cuál es el mensaje del nuevo obispo?

-Que debemos hacer un esfuerzo todos. Cuando hay un escape de gas en una fábrica, lo primero es ponerse las máscaras de protección. Hay que ayudar a todas las personas que están entrando en una situación difícil. Por eso Cáritas, los Comedores, las Hermanas que están el frente del trabajo con los pobres, están incrementando su obra caritativa. Pero también hay que hacer una llamada de atención porque esta crisis económica, toda esta pobreza y esta realidad viene motivada por una crisis de valores. Es hora de pararse y reflexionar acerca de esta sociedad del tener, esta cultura del «pelotazo», del dinero fácil y de la vorágine en la que nos han introducido, con pérdida de valores incluida. Ya dije en la homilía del Corpus que esta crisis tiene su raíz cuando se pierde el respeto y la dignidad a todos los seres humanos. Cuando lo importante es el tener y el ser humano es visto como un engranaje más en todo este sistema, aparecen estas cosas: la ley de la selva, la ley del más fuerte, sin importarnos nada los demás. Nosotros no podemos caer ahí y nuestro primero reto es salir al frente y empezar de nuevo a crear una escuela de valores y respeto a todo ser humano y su dignidad.

-¿Entiende que la Iglesia debe salir reforzada de una coyuntura como la actual?

-La Iglesia, en una situación como esta, gana credibilidad. La gente necesitada viene a nuestros comedores porque saben que hacemos un esfuerzo titánico. Así, empiezan a conocer que la Iglesia tiene un aporte importante en nuestra sociedad ante los más débiles y los más desfavorecidos.

-¿Será el regreso a los valores tradicionales una tendencia natural a partir de ahora?

-Los grandes intelectuales están reclamando el regreso a esos valores a los que no podemos renunciar. Si queremos vivir en una democracia no podemos reunciar a los valores del humanismo. No podemos configurar al hombre a golpe de mayorías, eso es una barbaridad. Se necesita una reflexión ética. Ya sabemos adónde nos puede llevar esta teoría del relativismo. Mientras todos tenemos, vamos para adelante, se vive la vida. Pero cuando aparecen muchos débiles, la cosa cambia porque ya hay muchos que se quedan en la cuneta. La Iglesia no ha dejado de llamar la atención y de hacer esta reflexión. Ahora todos hablan de que esta crisis económica obedece a una crisis de valores, pero es que eso se viene diciendo desde hace mucho tiempo. Benedicto XVI lleva mucho tiempo reivindicando la razón, y la dictadura del relativismo no es más que el abandono de esa razón. Juan Pablo II decía que el hombre es aquél que busca la verdad. La pregunta sobre el hombre se debe estar haciendo contínuamente.

-¿Su nueva responsabilidad al frente de la diócesis de Jerez va restarle dedicación a la Bioética?

-No la abandonará, porque requiere estar al día. Es una pasión que tengo como médico y sé que es la punta del iceberg de esa cultura de la muerte de la que ya hablaba Juan Pablo II. Detrás de toda esa lay de la muerte hay una antropología, una visión del hombre concreta, en la que éste vale en función de su calidad de la vida. Esta cultura está alimentada por un modelo de hombres que apuesta por el individualismo y el materialismo radical.

-¿Qué es morir dignamente?

-Todo el mundo tiene derecho a vivir y a morir dignamente. El problema es delimitarlo. El caso de Inmaculada es ambiguo, de frontera ética y en el que se ha inspirado la ley. Lo primero que debe plantearse es si tenemos los cuidados paliativos adecuados. La experiencia es que cuando los hay, ningún enfermo suele pedir la eutanasia, ni acortar su vida. Con unos buenos cuidados paliativos se ayuda al enfermo a vivir esa grandeza de ser hombre, que cuenta también con su finitud, con su muerte, como un proceso y un momento humano. Cuando tengamos todo eso humanizado, podremos seguir el debate. Tampoco estamos de acuerdo con el encarnizamiento terapéutico, porque no se puede prolongar artificialmente la agonía de un enfermo, pero tampoco puedo adelantar artificialmente su muerte por omisión.

-¿Por qué la Iglesia suele salir malparada cuando se pronuncia con claridad al respecto?

-Me hace gracia cuando tratan de trasladar estos debates al campo religioso, cuando no estamos en un debate religioso, sino humano. Santo Tomás ya lo vio claro. Todo Estado debe buscar la justicia y dar a cada uno lo suyo. Aquí la Iglesia lo único que está diciéndole al Estado es que tiene que cumplir la justicia y, como mínimo, respetar la vida. Un Estado no puede abrir la puerta de la desconfianza en la relación médico-enfermo. La Iglesia no está para imponer la virtud, sino que vela por la justicia, porque lo que está sobre la mesa es la dignidad de toda vida humana. Resulta que el único parapléjico al que conocemos en España se llama Ramón Sampedro, del que se ha hecho una película que ha sido denominada un canto a la libertad. En este país hay muchos parapléjicos que dan sentido a su vida, que asumen que no es sólo gozar, y que también pueden sentirse queridos, amados y que pueden aportar a sus familias una serie de valores. De gual manera, hay personas con síndrome de Down muy autosuficientes y que necesitan muy poco para vivir y para ser felices: una sonrisa o una caricia. A lo mejor para una sociedad del tener donde el dios fundamental es el dinero, esos individuos que no necesitan tanto para ser felices no interesan.

-Como médico ¿cuál considera que es la medicina que precisa esta sociedad?

-Lo que necesita es una reflexión sobre la verdad del hombre y, sobre todo, no renunciar averdades sobre el hombre que nos han llevado mucho tiempo alcanzar. Esta sociedad necesita sentirse que no está sola, que Cristo camina con nosotros.

Monseñor José Mazuelos, obispo de Asidonia-Jerez