Amenaza indeseable

La vuelta a casa de muchos de los cinco millones de ciudadanos que emigraron de las urnas socialistas a las podemitas hará posible que Sánchez gane

Luis Herrero
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Según mis espías paraguayos, mañana lunes conoceremos unos pronósticos electorales, de procedencia demoscópica acreditada, que dejarán a más de uno con la boca abierta. Habrá gestos de asombro o de pánico, pero no de júbilo. La encuesta no trae buenas noticias para nadie. Si acaso para Sánchez, suponiendo que Sánchez sea de júbilo fácil y crea que ser cabeza de cartel de la lista más votada es motivo suficiente para descorchar botellas da cava. Hace once años que el PSOE no se encarama a lo más alto del podium en el escrutinio de unas elecciones generales, es verdad, pero también lo es que en aquella época de bipartidismo implacable ganar y gobernar eran casi la misma cosa. Ahora, no. Que se lo pregunten, si no, a Susana Díaz.

Sánchez ganará las elecciones —dicen hoy por hoy los hígados de las ocas—, pero la cosecha de votos será tan magra que convertirá en abundante la que obligó a dimitir a Rubalcaba hace ocho años. Con Podemos cada vez más cerca de los registros habituales de Izquierda Unida —Iglesias sigue en caída libre—, el PSOE se queda muy lejos de los resultados que solía conseguir en sus años dorados. La vuelta a casa de muchos de los cinco millones de ciudadanos que emigraron de las urnas socialistas a las podemitas hará posible que Sánchez gane, pero no por mérito propio —de hecho sigue sin recuperar la confianza del grueso de su antiguo electorado— sino por demérito de quien ha sido su socio preferente durante estos ocho meses de andadura a lo Frankenstein.

Gracias a Dios, esa aventura (la frankenstiniana, quiero decir) ya no podrá repetirse. Los datos que conoceremos mañana auguran que la magnitud del desplome de Podemos hace imposible que los sumandos del club de la moción de censura vuelvan a alcanzar la mayoría absoluta. Así que Sánchez, para seguir a bordo del Falcon, solo tendrá dos opciones: o que le ayude Ciudadanos, en el caso —no descartable según la encuesta— de que la suma entre ambos sea suficiente para ganar la votación de investidura, o que el guirigay en el bloque de la derecha sea de tal calibre que alguno de sus miembros acabe en la abstención y permita que haya un Gobierno con mayoría simple. La segunda posibilidad suena a ciencia-ficción. La primera, a novela negra.

Albert Rivera puede tener la llave de la gobernabilidad, pero si la consigue la guardará en la canana del Smith and Wesson con el que se ha comprometido a volarle la tapa de los sesos —políticamente hablando, por supuesto— a Pedro Sánchez. La única oportunidad que tiene Ciudadanos de no enfurecer a su electorado es arrodillar al PSOE en la plaza pública, obligarle a hacer apostasía del tonteo con el independentismo, implicarle en la aplicación del 155 y forzarle a exhibir la cabeza de su líder máximo desde las almenas de Ferraz. Naturalmente, nadie cree que eso sea posible. Y si lo fuera, ¿qué tendría de festejable para Pedro Sánchez?

La otra sorpresa que depara la encuesta es que la suma de las tres derechas tampoco alcanzan la mayoría absoluta. De ser verdad no cabría la solución andaluza. Para el PP, ese pronóstico es fatal. Si Pablo Casado no es el líder del partido hegemónico de un bloque de la derecha que sume 176 escaños, sus posibilidades de ser presidente del Gobierno son tantas como las mías de conseguir el Nobel de Física. En la izquierda —y menos aún en la bancada independentista o nacionalista— nadie se abstendría para facilitarle el acceso a la Moncloa.

Así las cosas, mucho me temo que hoy por hoy —salvo patinazo de la ciencia demoscópica— la espita que ha abierto Pedro Sánchez con la convocatoria electoral del 28 de abril nos aboca a una solución a lo Borgen —todo un desafío a lo políticamente improbable— o a una repetición electoral a principios del otoño —todo un brindis a lo socialmente indeseable—. Pincho de tortilla y caña a que, puestos a elegir, los políticos exigen lo indeseable.

Luis HerreroLuis HerreroArticulista de OpiniónLuis Herrero