La alcaldesa socialista de Lasarte permite el enaltecimiento de un terrorista

J. PAGOLA | MADRID
Actualizado:

«Mikel Kastresana Plaza», así reza una placa colocada por los seguidores de ETA en uno de los espacios más céntricos y concurridos de Lasarte. El tal Mikel Kastresana es un pistolero muerto al enfrentarse con la Policía cuando intentaba reorganizar el sanguinario «comando Donosti». Lasarte, a diez kilómetros de San Sebastián, no es feudo de ANV. Ni tan siquiera está gobernado por el PNV o EA. Lasarte tiene desde hace casi treinta años como alcaldesa a la socialista Ana Urchueguía, exponente, en los años de plomo, de la resistencia cívica contra la dictadura del terror.

¿Por qué la regidora constitucionalista permite, entonces, el mismo marco de impunidad para enaltecer a ETA que los partidarios del terror encuentran en Hernani, Oyarzun, Lezo, Mondragón, Usúrbil, Vergara, Elorrio...? La plaza Mikel Kastresana no está incluida en el callejero municipal de Lasarte, pero su placa, con apariencia oficial, adornada, para remate de la provocación, con la siniestra figura del «arrano beltza», el «águila negra» utilizado como símbolo por los filoterroristas, puede ser contemplada en el día a día por los vecinos y visitantes de Lasarte. También por los niños. Movido por la curiosidad infantil, ¿preguntará alguno de ellos quién era el tal Kastresana como para merecer que una céntrica plaza lleve su nombre? ¿Un ex alcalde? ¿Un músico, escritor o pintor hijo de la villa? Pues no, Mikel Kastresana Razkin fue un siniestro pistolero de ETA que el 22 de septiembre de 1988 resultó muerto en la Plaza Guipúzcoa, en el centro de San Sebastián, cuando intentaba disparar a los policías que iban a detenerle. Su compañera en labores terroristas, Begoña Uzkudun, que no opuso resistencia, salió en cambio ilesa.

Kastresana estaba acusado de participar en tres asesinatos y dos secuestros. Las investigaciones permitieron averiguar que intentaba reconstituir el «comando Donosti», quem fue desarticulado unos meses antes con la captura de Miguel Latasa Guetaria, «Fermín» y varios colaboradores.

Junto a la «herriko taberna»

En la «plaza Mikel Kastresana» se sitúa precisamente la «herriko taberna» donde cada día los «borrokolaris» y «batasunkides» se nutren de grandes dosis de odio para motivarse y entrar algún día en la ETA de los «comandos». La «plaza Mikel Kastresana» se convierte, así, en minifeudo de los filoterroristas.

Pero el homenaje cotidiano al asesino etarra no se limita a este céntrico espacio. Su tumba, en el cementerio municipal de Lasarte, se ha convertido en altar del terror, donde se idolatra a la propia ETA a través de la tenebrosa figura del hacha y la serpiente enmarcada y grabada sobre la lápida de marmol. Junto al anagrama de la banda se ha colocado una fotografía del terrorista y la ikurriña. La lápida lleva grabada también las leyendas «Egia sendia» y «Mikel, ez gara zutaz amaztuko».

No lejos de este altar del terror se encuentra la tumba de Froilán Elespe, el concejal socialista de este municipio asesinado en marzo de 2001 por los herederos de Kastresana. En su lápida, tal sólo una inscripción de la familia, que sí honra a su muerto. ¿Por qué permite la alcaldesa que en el campo santo, donde descansa en paz Froilán Elespe, sus verdugos homenajeen, día a día, al pistolero del «comando Donosti» y ensalcen sus andanzas criminales? ¿Se permitiría que en la tumba de un hombre que ha asesinado a su pareja y luego se ha suicidado se grabara un poema que glose la violencia machista? Si se retiran los símbolos franquistas al amparo de la ley de la Memoria Histórica, ¿qué razones hay para no hacer desaparecer los emblemas de quienes aún se perduran en el terror?

Se da la circunstancia de que hace pocos días los partidos políticos, incluido el PSOE de Ana Urchueguía, acordaron modificar la Ley de Víctimas del Terrorismo para erradicar definitivamente el callejero etarra, sin esperar resoluciones judiciales o mociones en los plenos.