Agresividad comercial

M. MARTÍN FERRAND
Actualizado:

Lo que dice ser y llamarse «Consejo de Administración» de RTVE es poco más, o poco menos, que una superchería. Sus funciones, atribuciones y responsabilidades no se corresponden con las de los auténticos Consejos de Administración tal y como los pinta la Ley de Sociedades Anónimas que teóricamente —solo teóricamente— debiera ser, junto con la Ley 4/80 —¡el Estatuto!—, el marco rector de tan proceloso y confuso organismo/centro de poder. Son los pecados originales. Esa 4/80 fue el fruto de un apaño entre Fernando Abril Martorell, que en paz descanse, y Alfonso Guerra, que no descansa nunca. Entonces se le llamó consenso en un alarde de imprecisión lingüística, pero de lo que verdaderamente se trata es de una chapucería que, impasibles, han perpetuado, tras la UCD, el PSOE y el PP.

Ahora, en el seno de la SEPI, RTVE, además de perder sus notas de Ente autónomo, se está convirtiendo en un engendro que, en rebeldía contra su propia naturaleza, trata de anteponer su condición comercial a su estatus de servicio público esencial. A mí, personalmente, lo de «servicio público esencial» me da mucha risa y me parece una pieza maestra del humor del absurdo, a lo Jardiel Poncela, pero eso es lo que dice la Ley que obliga al Gobierno, a la Oposición, al Consejo de Administración y a los directivos y gestores de la cosa.

Como fruto natural de tanto disparate, el director general de RTVE saca pecho y aboga porque TVE —RNE no tiene gestión comercial— tenga más publicidad que el resto de las emisoras «puesto que supera en audiencia a sus competidores». En el supuesto de que en TVE —dos cadenas— no sé de un caso flagrante de abuso de posición dominante, cosa que nunca sabremos en razón de la inútil pasividad del Servicio de Defensa de la Competencia y de su mayor y más pomposo Tribunal, tenemos un escalofriante dato ante los ojos: TVE, en enero, ha incrementado su facturación un 14,5 por ciento mientras sus tiempos publicitarios crecían un 19,5 por ciento. Es decir, que TVE ha bajado sus tarifas y vende al baratillo a pesar de que «supera en audiencia a sus competidores». Eso, cuando se parte de la subvención y de la acumulación de déficit con la garantía del Estado, es un caso feo y doloso de competencia desleal. Tanto mayor cuanto más «supere en audiencia a sus competidores».