Ocurrió el 2 de abril de 2004. La Guardia Civil descubría dos perros «boleros». En vez de hacerles tragar la droga, les habían introducido las bellotas perforándoles el estómago. Esta es la radiografía de «Canela», bautizada así por los funcionarios debido a su color.
Ocurrió el 2 de abril de 2004. La Guardia Civil descubría dos perros «boleros». En vez de hacerles tragar la droga, les habían introducido las bellotas perforándoles el estómago. Esta es la radiografía de «Canela», bautizada así por los funcionarios debido a su color.

Al acecho de los «vuelos calientes»

POR CARLOS HIDALGOFOTOS DE SAN BERNARDOMADRID. Doce del mediodía de una mañana de viernes. A esa hora, los llamados «vuelos calientes», los que son susceptibles de albergar en su interior a las

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POR CARLOS HIDALGO

FOTOS DE SAN BERNARDO

MADRID. Doce del mediodía de una mañana de viernes. A esa hora, los llamados «vuelos calientes», los que son susceptibles de albergar en su interior a las «mulas» o correos de la droga, casi se solapan en el aeropuerto de Barajas. Los agentes de la Guardia Civil destinados al aeródromo madrileño están ya de vuelta. Por eso, cuando un joven suramericano con una pesada maleta muestra un mínimo indicio de sospecha, le piden que les acompañe al pasar por la aduana.

El nerviosismo del chico va en aumento conforme profundizan en el registro de su equipaje. Pero los agentes no tardan en sospechar que el color cada vez más cetrino de su tez puede tener una razón puramente orgánica; uno de los funcionarios le da la espalda y hace una elocuente seña a un compañero: se lleva un dedo índice al estómago, repetidamente. Sin duda: se trata de lo que en el argot se denomina un «bolero», una persona contratada para traer droga en forma de bellotas en el interior de su estómago, por ejemplo, a cambio de unos miles de dólares o euros.

El protocolo de actuación en estos casos de sospecha es claro y especifica que hay que trasladar al individuo al servicio de Radiología de la Agencia Tributaria. Aunque nos encontramos en la aduana de la Terminal 1, por problemas técnicos coyunturales, hay que llevar al sospechoso a otra terminal, la 4, para realizarle la correspondiente radiografía.

De cualquier modo, ese es un paso que no se da con todos los sospechosos. La Guardia Civil de Barajas trabaja con diferentes filtros en sus operaciones contra el tráfico de estupefacientes en el aeropuerto. A grandes rasgos, la línea de actuación viene a ser la siguiente. Llega un vuelo, se descargan las maletas y, una vez en tierra, llegan a las cintas transportadoras, de donde las recogen los pasajeros, a excepción de que se trate, claro está, de un vuelo en tránsito. En numerosas ocasiones, antes de que los bultos lleguen a manos de sus propietarios, ya han pasado por uno de los escáneres móviles, introducidos en furgonetas, con los que se analiza el contenido de las maletas. Es, por decirlo de algún modo, el primer filtro. Si se encuentra algo extraño, se pide al dueño que abra las maletas, ya que los agentes nunca lo hacen.

Uno de los servicios de lujo son los que proporcionan los guías caninos, los perros especialistas en la detección de sustancias estupefacientes. No pueden estar trabajando continuamente, para que sus cualidades olfativas no mermen. Por eso, se reparten por varios vuelos, y trabajan directamente sobre las maletas que pasan por la cinta transportadora, antes que pasen a manos de sus propietarios.

Psicología, mucha psicología

Otro filtro: la psicología. Tal y como suena. Los agentes que trabajan en la aduana de Barajas no dudan en definirla como una de las herramientas principales de las que se valen. «A los sospechosos les preguntas de dónde vienen, a dónde van, cuánto dinero traen, cómo han pagado el billete... -explica uno de los guardias civiles de Barajas-. Conversas con ellos, y lo importante no son tanto las respuestas, sino cómo reaccionan». Luego viene el análisis del contenido de las maletas a través del escáner de rayos X. Las más dudosas son las que se abren y se registran palmo a palmo.

Claro está que no todo es psicología y también se trabaja con datos objetivos. Los «vuelos calientes», por ejemplo, suelen siempre provenir de los mismos países y ciudades: México, Santo Domingo, Buenos Aires, Lima, Quito, Guayaquil, Bogotá, Panamá, Dakar, Mali, Gambia... También hay una franja horaria -de siete de la mañana a siete de la tarde, aproximadamente- y épocas del año más trabajosas, como noviembre, puesto que es el mes de octubre el de la recolección de la coca, indican los expertos.

«Yo aquí he visto de todo: desde un individuo disfrazado de obispo, que tenía dobles fondos en la ropa para esconder la droga, a cocaína metida en los tubos de una silla de ruedas, en trajes de toreros, en un tablero de ajedrez... -explica un agente-. En cuanto a las edades, hay gente tanto de 20 años como de 76. Se ha dado el caso de una familia, padre y madre, que, aparte de ellos, tambien su hija de 9 o 10 años traían droga en el estómago».

Y es que el caso de los «boleros» es el más llamativo. Aquí también hay una amplia horquilla de variedades. Desde gente que se traga las «bellotas» -ahora suelen envolverse con preservativos- a personas que las esconden en el ano o en la vagina. «La última la vi ayer, una mujer que llevaba 69 bolas de cocaína en el estómago y otros 400 gramos en la vagina», explican en Barajas. Lo máximo, cuentan, 228 bellotas. «La propia mujer que las traía fue quien nos lo dijo. Eso sí, ella era bastante ancha y las bolas no muy grandes». Es este mundo de los «boleros» no hay nada fijo. Lo mismo les pagan 6.000 euros que 3.000 dólares. Y son muchos los que se mueren en el intento. «Los suramericanos suelen argumentar que necesitan el dinero para mantener a su familia. Pero los españoles no lo necesitan, son más «piezas» y tienen antecedentes. Les pagan el viaje, se pasan una semana a todo tren en el país en cuestión y luego se vuelven». Y les cogen, claro. También a los chavales de 17 o 18 años, españoles, que son los que se traen el hachís de Marruecos.

Historias hay miles, como la chica madrileña a la que unos «tunantes» de Vallecas la engatusaron para que les trajera botellas de ron del Caribe y la atraparon con droga en la bebida, sin que ella lo sospechara. «O un estudiante peruano, que confesó que lo había tenido que hacer porque tenía una deuda de 5.000 dólares con su Universidad, y quería terminar su carrera de Telecomunicaciones. Le dijimos que en las cárceles españolas puedes hacer una carrera a distancia». Y parece que el chico se sintió más tranquilo. A otros «boleros» les da por llorar y a algunos les timan sus jefes, que les pagan con dinero falso.

Los hay que le echan más desvergüenza al asunto cuando les atrapa la Guardia Civil, Éste es un caso:

-¿Tiene usted hijos? -inquiere el traficante al agente, cuando se ve sorprendido.

-Sí.

-Hay que ver l o que se hace por los hijos -argumenta el delincuente, a lo que responde el funcionario de la Benemérita:

-Sí, trabajar -y asunto resuelto.

El mercado de la carne ilegal

Pero no todo es droga. También se ha sorprendido a chinos que intentan irse a su país con hasta 120.000 euros en efectivo en la cartera. Hubo una época en que en vez de tragarse la droga, las «mulas» ingerían diamantes. Y, ahora, lo que está de moda es la carne. Carne de todo tipo: cangrejo, marisco, kui, búfalo, león... «Intentan meter más carne que droga, los chinos productos liofilizados, y lo que no saben -o no quieren saber- es que los derivados cárnicos y lácteos de fuera de la Unión Europea no se aceptan en la aduana».

Sobre el dinero en efectivo, se intenta introducir en España de las maneras más surrealistas, incluido dentro del ano. También hubo algún toxicómano que se escondió en el mismo sitio una jeringuilla. Y es que, pese al dicho «tienes menos luces que un barco de contrabando», hay contrabandistas a los que les sobra imaginación.