El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro
El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro - efe

El ministro interviniente

El líder socialista no pronunció ni una sola vez la palabra Montoro; ¿su objetivo? Rajoy

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En el debate de Presupuestos, los presupuestos fueron un «macguffin» argumental que apenas alteró la verdadera naturaleza del debate: electoral y por lo tanto violenta, descarnada, propicia a la reyerta de baja estofa, como ocurre en los microcosmos darwinistas cuando el tam-tam convoca a las elecciones.

Rajoy se bajó del coche despreocupado y con el traje algo arrugado. Tan ligero de ánimo iba que recordaba a aquel banderillero que le dijo a Belmonte que había dormido bien: «Claro, se nota que no tiene usted que torear». Si Rajoy no toreó, y en cambio permaneció en su escaño como viendo tenis en un box del Masters, no fue porque Schz no pusiera interés en que lo hiciera. El socialista lo quería a él de contrincante para empezar a asaltar la próxima legislatura. Lo provocó. Lo azuzó con virulencia para forzarlo a pedir la palabra, como cuando se prende fuego a la maleza para que el tigre salga. Se dirigió a él en cada una de sus intervenciones. No pronunció ni una sola vez la palabra Montoro. De hecho, a quien sí era su rival lo sometió a un inaudito ejercicio de ninguneo como no tengo recuerdo de otro semejante en esta cámara. El ministro tabú, el Impronunciable. Con tal de no concederle permiso de existencia diciendo su nombre, Schz se refirió a Montoro con eufemismos elusivos tales como «el interviniente de la mañana». Con tal de no hablar a su antagonista, le mandó mensajes a través de Rajoy: «Dígale usted al ministro de Hacienda...».

El debate rompió a divertido precisamente porque no fue de Presupuestos. No hubo espesuras técnicas de las que obligan a los profanos a desbrozar un discurso. Montoro presentó un programa electoral, con una conciencia social oportunista después de tantos años de pedagogía del sacrificio. Hacer las promesas electorales con formato de presupuestos del Estado es un modo de distinguirse de aquellos que, no pudiendo trascender lo retórico, son sospechosos de palabrería. El fondo de la intervención de Montoro coincidió con el de la táctica electoral: miedo al populismo que, con Schz como cómplice sin escrúpulos, viene a arruinar el último milagro español de la pujanza económica. Montoro no habla bien ni es interesante cuando hace una exposición teórica. Carece de visión y, sin emociones, hasta pierde el hilo de lo que dice. Como resulta temperamental es cuando insulta y pelea en corto, castizo él. Ahí renace, se le nota que lo pasa bien. En las réplicas, se ensañó con Schz como sabiendo que este ni siquiera se defendería, cautivo de la estrategia del ninguneo que le impidió adaptarse al debate y le robó frescura y repentismo de orador espontáneo: siempre leyó cosas que traía escritas y que pronto se volvieron reiterativas.

Este acto inaugural de la campaña, Schz lo aprovechó, como si de un debate sobre el estado de la nación se tratara, para acometer un derribo general de la legislatura de Rajoy que se centró sobre todo en la aniquilación de una clase media asfixiada de impuestos y recortes y, sobre todo, en los casos de corrupción, aunque estos nada tuvieran que ver con las enmiendas a unos presupuestos (el «macguffin»). Volvimos a oír hablar hasta de los SMS de Rajoy a Bárcenas, los del «sé fuerte».

No le vinieron mal semejantes digresiones, porque aún no nos hemos distanciado lo suficiente de Zapatero como para que un secretario general socialista dé lecciones de economía y recuperación sin que suene a coña. Y menos uno que, como no paró de recordar Montoro, siempre votó sí a Zapatero.