Familias de refugiados sirios ante las tiendas en las que viven en el CETI de Melilla
Familias de refugiados sirios ante las tiendas en las que viven en el CETI de Melilla - luis de vega

El día a día de los refugiados sirios en Melilla

El saturado centro de inmigrantes se adapta al nuevo perfil de residente: familias que escapan de la guerra

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Más de medio centenar de niños no quita ojo de la pantalla en una sala de cine improvisado. Proyectan la película de dibujos animados «Buscando a Nemo». Mohamadú, de Níger, es el único de raza negra y el único que entiende con soltura los diálogos en castellano. Todos los demás son refugiados procedentes de Siria llegados en las últimas semanas al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla, donde tiene lugar la escena.

Construidas en 1999, un lustro después de la valla fronteriza con Marruecos, estas instalaciones de 17.000 metros cuadrados con capacidad para 480 personas han albergado siempre a una población mayoritariamente subsahariana que trataba de llegar a Europa de manera individual por motivos económicos. Los últimos meses se ha producido un vuelco y el 90 por ciento de los 1.500 habitantes del CETI son hoy sirios -muchos en familia- que escapan de una guerra que estalló hace cuatro años y en la que han muerto más de 300.000 personas. Este sábado se ha celebrado el Día Mundial del Refugiado.

Los días que pasan en la ciudad norteafricana, cargados de incertidumbre, no son fáciles. «La obsesión de todo el que llega a Melilla es irse», reconoce Gregorio Escobar, coordinador del Área Educativa y Formación del CETI. «Quieren seguir viaje a Europa y, de alguna manera, tenemos que motivarlos para que este proceso no lo vean como una pérdida de tiempo». «Las mafias les han contado que en 2 o 3 días estarán fuera de aquí y no es verdad», añade Carlos Montero, director del centro.

Entre los pabellones y tiendas de campaña que lo conforman se ve a los sirios matando el tiempo a la espera de que su petición de asilo reciba respuesta, proceso que lleva varias semanas por parte de las autoridades españolas. En las aceras se ha improvisado algún tenderete para vender tabaco o dulces. Y en la explanada frente a la puerta principal unos cuantos refugiados han montado en el suelo una fogata donde fríen faláfel, especie de croqueta de garbanzos típica de la gastronomía árabe, que ofrecen en bocadillos por un euro.

Diferencias económicas

Algunos de los residentes regresan al CETI en taxi del centro de Melilla tras haber realizado compras en conocidas franquicias de ropa, haber pasado la tarde en un parque frente a la playa, en el rastro o haberse sentado en algún café. En el interior, otros se conectan a internet a través de sus tablets o sus teléfonos móviles. No es complicado comprobar que la inmensa mayoría de estas familias no han escapado de su país para ganarse la vida en Europa. De hecho, a veces se dan conductas que los empleados tratan de cortar lo antes posible. Por ejemplo, que haya sirios que pagan dinero a otros inmigrantes por llevar a sus hijos a clase o por hacerles la colada.

Ser emigrante por motivos económicos no da derecho a ser considerado refugiado, según la Convención de Ginebra, para lo que es necesario estar perseguido por motivo de nacionalidad, raza, religión o pertenencia a un determinado grupo social o político.

Pero frente a esa posición económica superior de los nuevos vecinos del CETI, María Francisca Ruiz, de Cruz Roja, con nueve años de experiencia en este centro de inmigrantes, ofrece un dato que llama la atención. «Los africanos son mucho más sanos. Apenas se les trata de un resfriado». ¿Y esto en qué se traduce? «En que el gasto en medicinas del CETI ha pasado de 3.000 a 12.000 euros al mes». «Ahora hay muchos más niños, más población mayor, más hipertensión, más colesterol», explica Ruiz.

El CETI permite la salida de los que viven en él desde las siete y media de la mañana hasta las once de la noche. El espacio se aprovecha al máximo debido a la superpoblación, lo que obliga a albergar a varios centenares en tiendas de campaña facilitadas por el Ejército. Algunos residentes se quejan de vivir hacinados en literas, de baños sucios sin agua caliente o de no poder compartir espacio con su mujer e hijos. «Es un problema que no podamos tener a las familias juntas», reconoce el propio Montero, director del centro.

Un recio son niños

En todo caso, funcionarios, vigilantes, monitores, profesores, trabajadores sociales o voluntarios se afanan por que los engranajes de esta pequeña ciudad no chirríen. Además de actividades como la referida del cine hay clases de lengua y cultura española, guardería, talleres de higiene y nutrición, informática, peluquería, jardinería, maternidad, actividades deportivas o salidas culturales por la ciudad. Todas son voluntarias.

«El perfil del residente ha cambiado», reconoce rendido a la evidencia Gregorio Escobar, con experiencia de más de dos décadas en el ámbito migratorio en la ciudad autónoma. Hay que agudizar la vista durante el paseo por las instalaciones para dar con algún grupo de africanos. «Del joven adulto de países subsaharianos que pasaba aquí un periodo largo, hemos pasado a familias en general sirias con niños de entre tres y 17 años». Dentro de lo posible, en las semanas que pasan en Melilla, añade, se trata de que empiecen lo antes posible su integración.

En efecto, de los 1.500 vecinos del centro medio millar son menores (bebés, niños y adolescentes), lo que ha obligado a reprogramar muchas de las actividades que se organizan. Pero «ser refugiado de guerra, tener protección internacional y que te den la oportunidad de una nueva vida no significa que vayamos a darles todo hecho aunque algunos vengan con esa idea preconcebida», añade Escobar. «El CETI cubre sus necesidades básicas pero han de saber que en las siguientes etapas de su viaje seguramente se las tendrán que cubrir ellos».

Algunos incidentes

Los funcionarios no ahondan en los incidentes que ha habido entre los últimos meses con algunas peleas subidas de tono entre diferentes comunidades de sirios. Consideran normales estos choques que, como reconoce uno de los vigilantes, alguna que otra noche han estado aliñados con alcohol. Se suelen tranquilizar en cuanto reciben la noticia de que van a ser trasladados a la Península.

En la madrugada del jueves desde antes de amanecer hay movimiento de taxis a las puertas del CETI. Esta mañana doscientos sirios dejan el centro y son trasladados en barco desde Melilla a Málaga. Hay emoción contenida y algunos nervios, pues no saben adónde serán trasladados desde esa ciudad andaluza. «¡Primero, los solteros. Después, las familias!», grita un agente de Policía Nacional en el momento del embarque. Uno de los sirios traduce de inmediato al árabe para que la orden sea entendida por sus compatriotas. Es Ahmed Marestawi, de 26 años, que escapó de Alepo el 22 de febrero de 2013. Se queja de que en 2011 tuvo que dejar sus estudios de Derecho y buscar sitios más seguros en los que ir viviendo alejado de las zonas controladas por el régimen.

Como miles de jóvenes Ahmed participó en las manifestaciones contra el presidente Bashar Al Assad. En la espiral de violencia «morían por los disparos de los francotiradores hasta aquellos que no iban contra el régimen. Aquello no era un lugar para civiles», cuenta. «Los que huimos de esa dictadura necesitamos una oportunidad», afirma junto a Leila, su madre, de 49 años, que lo acompaña en este todavía incierto viaje. «Cuidaré de ella allá donde vayamos», asegura Ahmed mientras abraza a la mujer, que se dispone a seguir el viaje con una chaqueta de Zara en la mano. Justo antes de embarcar en el ferry «Fortuny» Ahmed deja claro su deseo de regresar en cuento sea posible a Alepo. «Necesitamos nuestras raíces, nuestros amigos, nuestros recuerdos... y tener de nuevo nuestro espíritu en paz».