Guillermo Zapata
Guillermo Zapata - ERNESTO AGUDO
OPINIÓN

No podemos ser cobardes

El PSOE no puede servir de muleta a Podemos ni el PP fiarlo todo a la estrategia del miedo

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«Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcaser para que no vaya Irene Villa a por repuestos». ¿En qué sótano del alma puede concebirse un «pensamiento» semejante? ¿Hasta dónde ha de llegar la vileza de un individuo para dejar por escrito en Twitter esta defecación mental? El presunto humor negro de Guillermo Zapata, nuevo concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid, miembro destacado de Podemos, es un síntoma de lo que representa esa izquierda radical y populista que ha sentado sus reales en España, aupada al poder por el PSOE de Pedro Sánchez. Uno más, entre muchos. Ha quedado plasmada igualmente, aunque en un tono menor, en las fotografías que ilustran la salida de los nuevos ediles de Zaragoza tras tomar posesión de sus cargos. Se asoma a los gritos de «ahora sí que vais a pedir escolta» lanzados a los electos de UPN en Pamplona por las hordas batasunas concentradas en la calle. Resplandece en ciertas tertulias de televisión y, sobre todo, en las redes sociales, donde, al amparo del anonimato, vuelcan todo su resentimiento revanchista quienes han hecho bandera del odio y piden a gritos «más cabezas» a estos justicieros henchidos de orgullo anti-casta, dignos aprendices de Robespierre. Por ejemplo Pablo Soto, otro integrante de la candidatura encabezada por la venerable Manuela Carmena, autor de esta reflexión excelsa: «Yo no puedo aseguraros que por torturar y matar a Gallardón vaya a cambiar toda esta historia, pero por probar no perdemos nada…».

No se trata de chiquilladas ni de chistes malos. Estamos ante la punta de un iceberg monstruoso que ya ha abierto una vía de agua en nuestro sistema democrático. Un iceberg fruto de la voluntad de algunos y los errores de otros. Un instrumento tan devastador como eficaz, concebido para romper las defensas de nuestro modelo de convivencia, embestir a quienes aún plantamos cara y permitir que «asalten el cielo» las huestes de Pablo Iglesias.

¿Podemos permanecer impasibles ante este avance, mientras ellos utilizan todos los resortes del recién conquistado poder municipal y autonómico en el empeño de blindar su desembarco definitivo en el Congreso? No podemos.

¿Puede el PSOE heredero de Felipe González seguir sirviendo de muleta a estos discípulos de Chávez y Maduro, después de que él mismo haya contemplado en Venezuela los terribles efectos de sus recetas? No puede. No hay hambre de pesebre o presupuesto que justifique tamaña traición al proyecto histórico del PSOE y su legado político. Tiene que quedar todavía gente sensata en esa casa dispuesta a reaccionar ante la ceguera de Sánchez.

¿Puede el PP de Mariano Rajoy fiarlo todo a una estrategia del miedo condenada a fracasar por falta de masa crítica suficiente para cuajar una mayoría absoluta y, sobre todo, por falta de base ética en la que sustentar su petición del voto? ¿Puede seguir cerrando los ojos a la necesidad imperiosa de ir urgentemente a una refundación similar a la del noventa, que jubile a esta generación quemada por los abusos y aporte nuevas ideas, nuevas caras, nuevos mensajes, un nuevo impulso y aire limpio a una formación condenada hoy por hoy al ostracismo? No puede. No debe. Y, sin embargo, todo en este momento apunta a que eso es exactamente lo que se dispone a hacer.

Lo que está pasando en España justifica sentir miedo. Ante esa zozobra, empero, los cobardes se paralizan mientras que los valientes se crecen, se ponen en pie y contraatacan