Radicales del Estado Islámico. Archivo
Radicales del Estado Islámico. Archivo - abc

Interior vigila a 50 yihadistas para que no preparen atentados desde prisión

Alrededor de 80 presos por delitos comunes son controlados para evitar su posible radicalización, y otros 15 para impedir que ejerzan como líderes

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Alrededor de 150 reclusos, prácticamente en su totalidad procedentes de países de mayoría musulmana, están sometidos a una estricta vigilancia y control por parte del Ministerio del Interior para evitar que desde prisión organicen actividades yihadistas o que arrastren a otros internos a procesos de radicalización violenta. Hasta la fecha, el «Programa de Intervención con Internos Islamistas», uno de los instrumentos de los que se ha dotado el Gobierno para combatir la amenaza del terrorismo internacional, ha permitido realizar seguimiento a cerca de 2.000 presos.

El plan tiene su fundamento. Durante años, la estancia en prisión ha servido para que internos condenados por yihadismo incrementaran su radicalización; y para que otros, que saldaban sus cuentas con la Justicia por delitos comunes, fueran captados como futuros muyahidines. El último caso conocido lo protagonizó Farid Mohamed Al Lal, detenido el pasado 25 de enero en Ceuta, acusado de formar parte de una célula dispuesta a cometer atentados en España.

De la reyerta a la yihad

Este individuo había sido arrestado en diversas ocasiones. En una de ellas, por realizar una veintena de disparos con una metralleta contra una dotación policial; en otra, por herir en la pierna a un vecino de Ceuta. Tenía atemorizada a la barriada de El Príncipe por sus continuas trifulcas y reyertas. Durante su última estancia en la cárcel siguió un proceso de radicalización. Y ya fuera se comprometió para hacer la yihad. Más allá de nuestras fronteras, Omar Abdel Hamid El Hussein, de 22 años, autor de la muerte de dos personas en Copenhague, había seguido un proceso similar en prisión.

En el grupo que incluye a los condenados o procesados por delitos de terrorismo islamista, el número de reclusos sometidos a vigilancia durante diciembre de 2014 y enero de este año ha oscilado entre 50 y 60. Se trata de que no lleven a cabo desde prisión actividades relacionadas con la yihad. O que no organicen planes de fuga. En 2004, la Guardia Civil detuvo, en el marco de la operación Nova, a 32 internos que preparaban un atentado desde diferentes centros penitenciarios.

El segundo grupo, según este plan, incluye a internos que, sin estar condenados o procesados por delitos de terrorismo yihadista, a posteriori han dado muestras de mantener actitudes vinculadas al integrismo islamista. De su seguimiento se desprende que ejercen un rol de liderazgo sobre otros presos y que pueden utilizar esa ascendencia para labores de captación y adoctrinamiento. O que podrían actuar como colaboradores en estas misiones. Pues bien, en este bloque se ha vigilado a lo largo de diciembre y enero a un número que ha oscilado entre 10 y 15. Por último, en el grupo en el que se han clasificado a aquellos presos por delitos comunes que por sus características de personalidad pueden ser manipulados y radicalizados figuraban en este mismo período de tiempo entre 70 y 80 individuos, a los que se ha sometido a vigilancia.

Los expertos justifican la aplicación de este plan porque, a la vista de la experiencia, el hecho del encarcelamiento no supone el fin de la adscripción del terrorista a la yihad o a una célula concreta. A diferencia de una banda como, por ejemplo, ETA, que no ha pretendido hacer militar en la organización a todos los «abertzales», a la yihad, sin embargo, están convocados todos los «buenos» musulmanes, y la lucha contra los infieles y apóstatas se plantea como algo global.

Como factores que han facilitado el proceso de radicalización en las prisiones se subrayan la alta concentración de internos musulmanes procedentes del Magreb y la tolerancia que ha habido hasta hace poco para que imanes sin control adoctrinen a los reclusos en la versión más integrista del salafismo, así como las continuas referencias a la recuperación de Ceuta y Melilla o a la «reconquista» de Al Andalus.

A un control especial sigue sometido Mustafá Maya Amaya, de nacionalidad belga, aunque de origen español, detenido en marzo del pasado año en Melilla. Hasta el momento es el mayor reclutador de yihadistas de Europa, a través de internet. Tras captarlos, los citaba en su casa, donde les daba todo tipo de instrucciones para desplazarse a Siria, Irak o Malí. Es un integrista radical que mantiene todo su perfil un año después de su arresto. En las cárceles española se agrupan más de 6.500 internos procedentes de países de mayoría musulmana. Mayoritariamente, son originarios de Marruecos y Argelia.

Cae un retornado en Turquía

Por otra parte, los Servicios Antiterroristas de Turquía detuvieron ayer jueves cerca del aeropuerto de Estambul a Mohamed Amine Aissaoui, sobre el que pesaba una Orden Internacional de Detención por terrorismo a instancias de la Policía Nacional y emitida por la Audiencia Nacional. Según el Ministerio del Interior, el arrestado contaba con señalamientos en el sistema de información de Schengen (SIS) por parte de Francia y España, países en los que habría residido en el pasado y se habría radicalizado.

Las investigaciones apuntan a que Mohamed Amine Aissaoui ha permanecido durante meses combatiendo en Siria, en las filas de la organización terrorista Daesh (Estado Islámico), y retornaba a Europa. La Policía trata de averiguar si el regreso responde a su intención de cometer ataques terroristas en algún país europeo, o si, por el contrario, había desertado ante las brutalidades del Daesh.

Tanto Estambul como Ankara son ciudades de enlace para aquellos yihadistas que desde países de la Unión Europea se desplazan a zonas en conflicto -Siria e Irak-, o regresan. Sus aeropuertos son muy frecuentados por turistas durante todo el año, lo que contribuye a que los terroristas puedan transitar de manera inadvertida. Una vez en Turquía, se ponen en contacto con colaboradores que les ayudan a cruzar la frontera con destino a Alepo u otras ciudades de Siria, donde el Daesh tiene campos de entrenamiento.