El exministro de Asuntos Exteriores Abel Matutes
El exministro de Asuntos Exteriores Abel Matutes - ernesto agudo

Abel Matutes: «En mis tiempos no había dinero B porque ni siquiera había dinero A»

Veintitrés años vinculado al PP por su amistad con Manuel Fraga, él que era un pasante se fue enredando en política hasta culminar su trayectoria como ministro de Exteriores en 2000. Tras 14 años de silencio, concede una entrevista a ABC

Actualizado:

Ha cumplido 73 años el día que su nieto, Abel, cumplía cuatro. Orgulloso de que ahora le conozcan por ser el hijo de Abel Matutes, de haber nacido en una calle que ya llevaba su nombre por su abuelo. Toda una saga. Fue por la visión de su madre, que le aconsejó dejar de jugar al fútbol en el Español, para que terminara las carreras de Derecho y Empresariales, por lo que se puso al frente de los negocios familiares. Así fue hasta que en su vida se cruzó Manuel Fraga, al que se vincularía desde los orígenes del Partido Popular. En 1997, después de una gestión ardua en Túnez, al volver de pescar en su velero, su cuerpo le avisó. Estuvo tres días ante la vida y la muerte. Su familia tuvo la última palabra y esta vez se comprometió a terminar su mandato como ministro de Asuntos Exteriores y dejar la política.

Durante la entrevista se levanta y da un paseo sin dejar de hablar; su vitalidad es desbordante. No extraña que todavía siga cogiendo tres aviones a la semana por sus múltiples compromisos –consejero del Banco Santander, presidente de la Mesa del Turismo y del Grupo de Empresas Matutes–, que se levante a las seis de la mañana y, todos los días, da igual dónde esté, realice una tabla sueca de gimnasia. Es su rutina, y lo que le recarga las pilas hasta las diez y media, cuando se acuesta, relajándose con una película de western clásico, los de John Ford.

Abel Matutes se caracteriza por llevarse bien con unos y con otros. En su yate en Ibiza, con la máxima discreción y muchas veces de incógnito, siguen dándose cita los políticos que han pasado por su vida. Después de 14 años sin conceder una entrevista –«no soy hombre de titulares»– habla de su otra pasión sin desvelar todos sus secretos.

–Su primera experiencia política fue la de ser alcalde de Ibiza en 1970.

–Me hicieron alcalde con 24 años porque había un delegado del Gobierno que llamaba al banco familiar que dirigía recién terminados los estudios y me tenía allí dos horas todos los días. Pensé que si no aceptaba no me sacaría a ese hombre de encima. Al año presenté la dimisión porque tenía diferencias con el gobernador. Antes, en 1968, Manuel Fraga me concedió la medalla al Mérito Turístico y entablamos amistad, incluso le visité en su Embajada en Londres. Cuando constituyó Reforma Democrática, embrión de Alianza Popular, no tenía gente en Baleares, y me pidió que me presentara a la única plaza de senador con mi partido, S’Unió Liberal, en sus listas en 1977. Ya por aquella época me hizo vicepresidente de Alianza Popular y portavoz de Economía y Hacienda en el Senado. Me fui enredando y sumergiendo cada vez más en política.

–¿Cómo era su amistad con Manuel Fraga?

–Le cuento, para que vea cómo era de escrupuloso y honrado. Después de las elecciones del 79, en las que volví a repetir de senador, se sinceró: «Abel, este mes no podemos pagar la nómina. He pedido un crédito al banco de unos tres millones de pesetas, y nos lo conceden si lo avalamos tú y yo». Estábamos todavía en Silva, 23. Le contesté: «Mira, Manolo, cuando me metí en esto de la política me prometí a mí mismo que nunca arriesgaría un céntimo de mis hijos, que bastante daba con mi aportación personal. Ya que me lo has pedido, cuenta con este aval, pero no me lo vuelvas a pedir, porque ya conocerás la respuesta». Firmamos y nos dieron el crédito y pudimos pagar. Al mes y medio, el banco había devuelto los avales. Desde nuestra conversación, estuvo realizando gestiones para liberarme. Como ves, no había dinero B, porque ni siquiera había dinero A.

–Ángel Sanchís, tesorero de Alianza Popular en aquella época, contaba que organizaban cenas a «medio millón de pesetas el cubierto» para financiarse.

–¡Qué va! He ido a algunas de esas cenas y a lo mejor venía algún empresario o amigos de Fraga, que los dejaba por donde pasaba, y luego enviaban una donación de 10.000 a 20.000 pesetas. Esas personas tenían interés en conocer nuestro programa político y cuál era nuestro enfoque de la economía. Como en el 86 me fui de Comisario Europeo a Bruselas, no tengo toda la historia, pero hasta esa fecha incluso dábamos parte de nuestro sueldo para contribuir a los gastos.

–A Manuel Fraga le gustaba rodearse de empresarios, de personas hechas a sí mismas.

–Se fijaba muchísimo en el currículum de la persona y también de la familia. A mí me presentaba diciendo: «Abel Matutes, el único español que conozco que ha nacido en la calle que lleva su nombre». Porque en Ibiza hay una calle con el nombre de mi abuelo, y eso a Fraga le impresionaba, porque creía mucho en la genética y en los amigos, a pesar de tener muchos que no le fueron muy leales. Él era incapaz de concebir una deslealtad.

–Se puede decir que usted era más que un hombre de Fraga.

–Lo admiraba personalmente, intelectualmente y hasta filosóficamente. Llevaba un partido, con toda su actividad, daba discursos y encima escribía un libro cada quince o veinte días. Nunca conseguí llegar antes, no sé a qué hora se acostaba. Cuando terminábamos las cenas a las doce de la noche con los periodistas, una vez al mes, a las seis de la mañana ya estaba zumbando. Una vez vino a hacer campaña a Ibiza, fuimos a dormir a nuestra casa de campo y quedamos a las siete para desayunar. Como le conocía, a las seis y media ya estaba listo. Los guardias civiles que estaban custodiando me avisaron de que hacía una hora que don Manuel se había ido a pasear por el monte.

–En 1982 se produce la gran victoria socialista, aunque también Alianza Popular crece de 9 a 106 diputados.

–Manuel me pidió que dejara el Senado y encabezara la lista por Baleares a diputado. Lo consulté con mi mujer, porque ya andaba dos o tres días por Madrid, y me pidió que fuera la última vez. Seguía con mi vocación de empresario, y fue el momento en que me metí en serio en política. En esas elecciones, Felipe barrió a su derecha y a su izquierda con diez millones de votos, y Fraga era la garantía para frenar los excesos de los socialistas. En cuanto se constituyeron las Cortes, González nos pidió una reunión. Él fue con Guerra y Boyer. Me impresionó, no puedo decir que hubiera envejecido porque tenemos la misma edad, pero se le notaba que sentía el peso de su responsabilidad frente al país, no solo frente a sus votantes. No tuve duda de que iba a gobernar con visión de Estado.

–El Gobierno de González aceptó un pacto de última hora para nombrarlo comisario en la entonces llamada CEE.

–En mi nombramiento jugó un papel importante Jorge Verstrynge. Una tarde, en el salón de los Pasos Perdidos del Congreso, había salido a fumar un cigarrillo y estaba discutiendo Alfonso Guerra con Verstrynge. Jorge le decía: «No me enredes, no queréis nombrar a nadie de Alianza». Guerra le contestaba: «Ahora mismo podemos nombrar a uno de CiU, pero te digo: poned un candidato que nos guste y será para vosotros, pero decidíos ya». Había que comunicar a la Comisión Europea quiénes eran los dos candidatos a comisarios. Al pasar por allí, me llamaron para que me uniera, y fue cuando Jorge añadió: «Venga, ponme un ejemplo». Y le replicó: «Mira, este mismo, Abel Matutes, ahora mismo te lo aceptamos». Yo me callé, no me lo tomé en serio. Verstrynge le contó a Fraga la reunión. Una semana más tarde me llamó Manuel: «Felipe ha insistido con tu nombre y, si esta semana no lo pasamos, nos quedamos sin comisario. Te pido que aceptes».

–Aceptó y fue Comisario Europeo durante nueve años.

–Dirigí una política para que Europa se flexibilizara más y hubiera menos reglamento y más espíritu empresarial. Le gustaba mucho a Delors y a la Thatcher, que era una fan mía, con ese carácter endiablado. En el segundo mandato, Felipe me pidió que le solicitara a Delors la Cartera de Exteriores, por su prioridad para hacer tratados comerciales y de cooperación con Latinoamérica. La conseguí y ya ni por Bruselas paraba. Venía de Yakarta o de China, desembarcaba en Ámsterdam a las siete de la mañana, me llevaban en coche a Bruselas, celebrábamos la reunión de la Comisión que empezaba a las nueve, terminaba después de la comida, me iba a casa con la maleta, dejaba la ropa de Asia y me embarcaba para América…

–Le llamaban «el Deseado». ¿Le pidió Manuel Fraga que fuera su sucesor?

–En su día, ni acepté que Fraga me lo hubiera pedido. Me desmarqué oficialmente del nombramiento. Recuerdo a finales de 1986 que Fraga me citó y se sinceró: «He llegado a la conclusión de que no me votarán como presidente del Gobierno. Si no estuvieras en Bruselas, ya te hubiera dado las llaves de la caja, de todas mis pertenencias en el partido. A partir de ahora tú toreas, por favor, te ruego que te lo pienses. Hoy me han negado un crédito, en otro banco no podemos pagar ni los intereses, tenemos contestación interna, estoy cansado, soy consciente de que no voy a ganar». Nada más salir de la comida, hablé con Alfonso Escámez y le dije: «Fraga va a tirar la toalla, os vais a quedar sin nadie que os defienda los intereses, no creo que sea una buena operación». Le llamaron para decirle que tenía las arcas abiertas. Eso le animó y comenzó la campaña vasca.

–¿No le tentó ser candidato a presidente del Gobierno?

–Nunca. Tenía clarísima conciencia de que en España con esa cultura del desacuerdo un empresario no puede ser ni presidente del Gobierno ni ministro de Economía, porque cualquier medida que tomaras, enseguida, le buscarían el beneficio para tus empresas. Me habrían despellejado.

–¿Fraga vio el potencial de José María Aznar antes que nadie?

–Cuando hizo la refundación, Fraga estaba en el Parlamento Europeo, donde nos veíamos. Allí me dijo: «Alianza Popular no va bien, vamos a hacer una refundación, para ello tengo que pedir un Congreso Extraordinario, tomar el mando y hacerme cargo de la situación. Estoy dudando entre Isabel Tocino o Aznar, que es más sólido y tiene todo el apoyo de Castilla y León. ¿Qué me aconsejas?». Como AP era un partido donde los vicepresidentes podían menear la cola, le propuse hacer una comida muy restringida con ellos. Estaban Fernando Suárez, Álvaro Lapuerta e Isabel Tocino, entre otros, y allí fue donde anunció que sería Aznar el que se haría cargo del partido. Nadie se atrevió a poner el más mínimo pero. Cascos, que también estaba muy cerca de Fraga, fue de los que más le apoyaron y lo nombró secretario general para poner orden. En ese momento faltaba un poco de mano dura y disciplina.

–En la campaña al Parlamento Europeo de 1994, Mariano Rajoy llamó «rastrero» a Felipe González por decir que usted no solo se va a «ocupar de los intereses generales, sino que, de paso, también de los suyos particulares».

–En campaña electoral, estas cosas pasan, a pesar de que Felipe era el que me había nombrado comisario y teníamos muy buena relación. Le infligimos una severa derrota porque era la primera vez que el PP ganaba al PSOE. Fue lo que preparó el cambio, y eso Felipe lo veía venir, y era inevitable que se le calentara la boca. Pero aun así fue una campaña de caballeros. Me propuso ir en listas Aznar en Ibiza. Habían hecho un sondeo a nivel nacional, y salí como el mejor candidato del PP para Europa. "Sería una bonita forma de terminar», me dijo. Aún faltaban dos años para que me propusiera ser ministro de Exteriores.

–¿Por qué dejo el carné del Partido Popular en el 2008?

–Llamé antes a Mariano Rajoy para que entendiera mis motivos. No era por discrepancias. Soy empresario, no quiero que se sientan comprometidos con mis declaraciones, y así recupere mi plena libertad.