Adolfina y su hija
Adolfina y su hija

El asesino de una dominicana y su hija ya tenía una nueva novia cubana

Mató y arrojó a un pozo de Zamora a su novia y a la hija de esta; luego, como si nada hubiera pasado, rehízo su vida

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Adolfina Puello había diseñado al milímetro un futuro para ella y su hija Argelys, de 9 años, después de la ruleta rusa que había sido su vida. Adolfina, de 32 años, emigró a España desde su país, República Dominicana, con su suegra cuando la niña era un bebé tras la muerte de su marido en un asalto callejero. Con un esfuerzo sobrecogedor había logrado ahorrar 20.000 euros y ya tenía casi pagada una casa en Santo Domingo, adonde pensaba regresar algún día.

Mientras, trataba de sobrevivir trabajando como una mula en una de las pocas ocupaciones que le permitían ahorrar, dar una buena educación a su hija y mandar dinero a su familia. Ejercía la prostitución en un piso de la calle General Martínez Campos de Madrid; había internado a su pequeña en un colegio cerca del Santiago Bernabéu de lunes a viernes y mantenía una relación sentimental con Raúl Álvarez, un español de 30 años, que se comportaba como un celoso compulsivo y un maltratador, según ha revelado el entorno de las víctimas.

La mujer tenía una habitación alquilada en un piso de la calle Sancho Panza, en Vallecas, un simulacro de hogar para ella, su pequeña y Raúl, que continuaba viviendo con sus padres en el barrio del Pilar y subsistía con la ayuda de estos, de la propia Adolfina y con trabajos más que esporádicos que no le duraban más allá de una semana.

El pasado 30 de junio, tras acabar el curso escolar, la niña iba a tomar un avión para pasar el verano con su familia materna en República Dominicana. Ni Adolfina ni su hija llegaron nunca a Barajas. Raúl Álvarez las asfixió a ambas supuestamente en la habitación alquilada en la calle Sancho Panza; las trasladó al maletero de su coche y condujo con los dos cadáveres más de 300 kilómetros hasta San Vicente de la Cabeza, en Zamora, pueblo natal de su madre. Allí, en una finca agrícola de su familia las arrojó a un pozo en desuso junto al río Aliste después de atarlas con alambre y lastrar los cuerpos con ladrillos para que permanecieran en el fondo.

Desde ese día, la abuela paterna de la niña, Leonarda Sánchez, supo que algo terrible les había pasado a su nieta y a su nuera y acudió a la comisaría de Puente de Vallecas para denunciar los hechos. No era la primera vez que la mujer temía por su pequeña y señalaba a Raúl. El 16 de enero presentó una denuncia manuscrita en el Juzgado de guardia de Plaza de Castilla en la que relataba que Argelys y Adolfina sufrían insultos y golpes del novio de la mujer. Esa denuncia nunca fue ratificada porque a Leonarda no se la pudo notificar, según fuentes de la investigación.

Una de las versiones señala que la notificación llegó al piso de Vallecas y pudo ocultarla el propio denunciado, e insisten en que nadie respondió a los dos teléfonos que figuraban en ese documento. Leonarda repite que no le hicieron caso, que alguien miró para otro lado «por dejadez o racismo».

El pasado 14 de octubre, el Grupo II de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (Udev Central) asumió las pesquisas. En un registro del piso de Vallecas se había encontrado ropa de la niña y de la madre, así como otras pertenencias, pero no evidencias de que allí se hubiera producido un crimen. Se averiguó que Raúl Álvarez había estado un día después de la desaparición en la citada finca de Zamora, gracias al posicionamiento del teléfono (utilizó el terminal de Adolfina, aunque con la tarjeta de él). Raúl alegó que fue a visitar a sus padres, pero sus progenitores no habían salido de Madrid.

El pasado lunes, cuando tuvieron la certeza de que Álvarez era el único sospechoso lo detuvieron en casa de sus padres. No mostró sorpresa ni se alteró. «Estás detenido por la desaparición de tu pareja y su hija», le dijo el instructor de las diligencias. No se derrumbó, pero admitió que las había matado y había arrojado sus cuerpos a una alcantarilla del parque madrileño de la Dehesa de la Villa.

Los agentes ya habían enviado varios equipos a tres puntos de San Vicente de la Cabeza, pero los convincentes detalles del arrestado provocaron que se trasladaran con él a registrar ese punto de Madrid. «Lo conocía muy bien porque pasaba por allí con su bicicleta de montaña», explican fuentes del caso. A las ocho de la tarde del lunes estaban seguros de que mentía y, aunque al día siguiente se retomó esa compleja búsqueda del subsuelo y se desaguaron varias alcantarillas, el GEO y otro despliegue de agentes empezaron a trabajar en Zamora. Hasta allí fue trasladado el detenido, que entonces sí, sabiéndose descubierto, les marcó el pozo de la finca familiar.

Descompuestos

Allí, a varios metros bajo tierra, en medio del agua, estaban las víctimas, en avanzado estado de descomposición. Raúl ni torció el gesto. En la casa de sus padres se encontró el móvil de la madre y de la hija. El juez instructor lo envió a prisión sin fianza y se ha inhibido en el de violencia de género. Adolfina no quería un maltratador a su lado, y menos cerca de su hija. Su firmeza les costó la vida a ambas.

«Raúl había decidido seguir con su vida, olvidarlo. Comía, bebía, dormía y hace un par de meses inició otra relación con una mujer cubana», explican fuentes de la investigación. Ni su nueva pareja, ni sus padres ni nadie de su entorno imaginaban lo que había ocurrido. Tampoco la casera del piso en el que tenían alquilada la habitación donde supuestamente asesinó a madre e hija.

A sus progenitores Raúl, que cuenta con antecedentes policiales por estafa y contra quien pesaba una orden de protección respecto a una pareja anterior a Adolfina, les contó que esta y su niña se habían marchado a la República Dominicana. Su nueva novia relató a la Policía que a veces Raúl se echaba a llorar sin motivo y parecía nervioso, aunque jamás le explicó por qué.

Los investigadores, convencidos de que era el asesino desde semanas antes de detenerlo, vivieron la zozobra de que no aparecieran los cuerpos. «Nos dijo dónde aparcó el coche en la Dehesa de la Villa, que lo metió de culo para aproximarse a la alcantarilla y sacar los cadáveres. Detalles muy precisos. Pero no estaban». Cuando descubrió que tenían toda la información, acabó confesando el punto exacto, el pozo.