Carlos Solchaga, en el balcón de su céntrico despacho de Madrid
Carlos Solchaga, en el balcón de su céntrico despacho de Madrid - Ernesto Agudo
Conversaciones con causa

Solchaga: «Nunca me creí aquella promesa de que se crearían 800.000 puestos de trabajo»

«Las reformas estructurales no han ido mal en líneas generales, aunque mi partido no las comparta», dice el que fuera ministro de Economía de González

MARISA GALLERO
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Carlos Solchaga (Tafalla, 1944) ya no luce esas ojeras permanentes, como cuando viajaba por Luxemburgo para preparar la tercera devaluación de la peseta. Decía Felipe González que, en su en la lista de los diez nombres para ministro de Economía, siempre estaría Solchaga. Quizá su vocación por los números viniera definida tras ver los esfuerzos de su padre, funcionario sin carrera, pluriempleado, para que sus cuatro hijos estudiaran. «En casa no sobraba el dinero». Pasó de ser trotskista a unirse al PSOE. Dejó sus sueños de ser director de cine para ejercer de profesor que se manifestaba contra Franco. Todavía hoy sigue enganchado a la economía, algo que delata sus permanentes consultas al móvil durante esta entrevista, realizada en su asesoría de empresas, que fundó tres años después de abandonar la política activa y seis depués de que dimitiera por sus responsabilidades políticas en el caso Mariano Rubio. «Los de hoy son otros tiempos, que no son precisamente los míos: antes se dimitía».

–¿Cómo recuerda su entrada en el primer Gobierno de Felipe González?

–González nos citó por teléfono a una reunión dos semanas antes de la victoria electoral del PSOE. Tenía dudas de última hora sobre la conveniencia o no de integrar en el Ejecutivo al número dos del partido, Alfonso Guerra. También me extrañó no ver en ella a Gregorio Peces-Barba o Enrique Múgica. Intuyo que se les dejó fuera por sus encuentros con el general Armada en Lérida antes del 23-F.

–¿Cómo fue el ambiente de aquella reunión?

–Acudimos a ella sin saber quiénes estarían. Creo que todos sentimos una enorme carga de responsabilidad sobre nuestros hombros. Habíamos sido estudiantes contestatarios, profesores antifranquistas, altos funcionarios conocidos por su desafección al régimen... Difícilmente concebíamos la idea de estar en el Gobierno. Estábamos algo asustados, porque no había que ser un águila para darse cuenta de que la situación era muy compleja.

–En otra reunión, esta vez en la casa de Miguel Boyer, se decidió la devaluación de la peseta. Además de usted y Boyer, allí estaban Francisco Fernández Ordóñez, Mariano Rubio y Luis Ángel Rojo.

–Había transcurrido solo un año y medio desde el intento de golpe de Estado. Había una fuga de capitales alarmante, lo que ejercía una presión enorme sobre la moneda. Tras tomar la decisión, fue Boyer el que se la trasladó a González, quien la autorizó en el mayor de los secretos.

–Se prometió la creación de 800.000 puestos de trabajo durante esa primera legislatura.

–De eso no puedo considerarme responsable. Estaba en el programa económico que presentamos en las elecciones. No lo discuto, aunque nunca me lo creí. Transcurrido unos meses meses preguntaron por aquella promesa, y dije que era prácticamente imposible cumplirla. El partido, naturalmente, se me echó encima.

–Su etapa en el Ministerio de Industria estuvo marcada por la reconversión industrial y el cierre de la planta de Altos Hornos de Sagunto, que levantó ampollas en las filas socialistas.

–Los militantes del PSOE consideraban que era una política incomprensible, que hacíamos lo que la derecha no era capaz de abordar. Necesité todo el apoyo de Felipe González. Los propios sindicatos, que reclamaban una política de reconversión, se posicionaron en contra cuando tomamos decisiones concretas, como el propio cierre en Sagunto.

–Hasta cerró una mina que el propio González se había comprometido a mantener abierta.

–Le dije la verdad, que no cerrarla era tirar el dinero. El presidente convocó a los líderes mineros en Moncloa. Fue una reunión tensa, pero salió airoso.

–En 1985 Miguel Boyer fue incapaz de lograr ser uno de los vicepresidentes del Gobierno. ¿Por eso dimitió?

–González tenía un gran ascendente sobre todos: mandaba sin necesidad de levantar la voz. Cuando Boyer le propuso cambios en el Gobierno, accedió; no llegó a la vicepresidencia por cuestiones internas relacionadas fundamentalmente con la facción guerrista.

–¿No sería porque González temiera que Boyer le podía hacer sombra?

–Nada de eso. La relación entre Miguel y Felipe fue de perfecta coordinación y lealtad.

–¿Cómo asimiló su llegada al Ministerio de Economía?

–Lo viví como en 1982: ¡la que se me cae encima!, pensé. También me sentí solo, porque Boyer contaba conmigo en sus peleas con la parte más izquierdista del PSOE, que trató de tomarse la revancha. Lo primero que hice fue no echar la culpa a la herencia recibida, cosa que otros no hicieron. Y, bueno, se consiguió un cambio de rumbo de la economía española.

–La huelga general de 1988 truncó esa buena marcha en el Ministerio.

–La huelga fue un éxito sin paliativos. Tras ella, el Gobierno perdió la poca inocencia que le podía quedar. Ahí se tenía que decidir entre una política para todos los españoles o dar satisfacción a UGT. Se apostó por lo primero, claro. Además, en aquella época el escándalo del hermano de Alfonso Guerra y el caso Filesa vinieron a complicarlo todo un poco más.

–En 1993, el PSOE perdió la mayoría absoluta y Felipe González dijo haber entendido el mensaje. De algún modo, usted fue uno de los damnificados del cambio del cambio...

–No me llegó a cuestionar, pero tampoco me apoyó lo suficiente, y uno solo contra el resto del Gobierno, por más poder que tuviera, evidentemente no puede. Fue entonces cuando dije a González que yo debería salir del Ejecutivo.

–¿Qué herencia dejó usted a Pedro Solbes?

–Como ha reconocido más de una vez el propio Solbes, bastante buena: se corrigieron algunos defectos del mercado de trabajo, las devaluaciones dejaron un tipo de cambio aceptable, serecuperó la competitividad... Solbes solo tuvo que hacer ajustes menores.

–La primera crisis bancaria en España empezó con la intervención del banco Banesto en 1993. Aunque le salpicó a Solbes como ministro de Economía, se gestó durante su mandato.

–Mario Conde no sabía nada de política económica. No fui su enemigo personal, pero tampoco podía ser su aliado en unas políticas de salvamento de Banesto en las que no creía. Por cierto, si al señor Solbes, muy buen amigo mío, le cayó Banesto, a mí me cayó ¡todo Rumasa!

–¿Se tenía que haber hecho esa expropiación?

–Absolutamente. Había que intervenir porque aquello era una quiebra total. Después, Ruiz-Mateos ha ido engañando a otros; seguramente, si tuviera vida eterna, acabaría hundiendo este país.

–Escribe Solbes que 1994 es un año difícil, y que fue un mazazo descubrir que Mariano Rubio había ocultado fondos en una cuenta en Suiza.

–¡Sería difícil, pero el que dimití fui yo! Cuando aparece en 1992 el caso Ibercorp, Felipe González y yo cenamos con Rubio y nos jura que no está implicado. Más tarde se descubre que había 100 millones de pesetas que nunca había declarado. No dio explicaciones. Tan solo dijo ‘me he equivocado’.

–Se parece a Jordi Pujol...

–Sí. Con una diferencia, lo de Pujol es un caso de actividad continuada, lo de Rubiollones y fue una vez,q ue ganó 100 millones y no los quiso declarar.

–¿Les arrastró a todos?

–Claro. Y coincide además con Luis Roldán, que estaba bajo sospecha y desaparece. Todo es muy fuerte. Es cuando le digo a Felipe González que estoy a su disposición. No tengo ningún cargo ejecutivo, pero dado que sucedió sin que yo me enterara, pues dimito. Felipe no sabe contestarme, pero llego a la conclusión mientras va creciendo la tensión, que es lo mejor.

–¿Cree que Solbes se equivocó aceptando la segunda legislatura de Zapatero?

–Se equivocó siendo vicepresidente económico y no ejerciendo toda la autoridad del puesto. Cuando vio que Zapatero no le apoyaba lo suficiente, tendría que haber considerado irse. Haberse negado a muchas cosas, incluido el cheque bebé y los 400 euros.

–¿Se esperaba esa mala gestión de Rodrigo Rato con las tarjetas «black» de Caja Madrid?

–Es imposible que no se enterara de lo que estaba pasando. La fianza es por la responsabilidad que tiene él, como Blesa, de haber consentido la creación de un esquema de pagos fuera del control del Banco y opaco para Hacienda. Ahí es donde entra la responsabilidad de los dos que dirigieron el cotarro.

–¿Los casos de corrupción actuales se pueden comparar a ese último periodo en el que que se fugó Roldan y descubrieron a Mariano Rubio?

–Puede ser. La concentración de una serie de comportamientos absolutamente corruptos y condenables hace que la gente se estremezca y revise lo que son sus creencias del funcionamiento de las instituciones democráticas, sobre la capacidad y la moralidad de sus dirigentes políticos. Es muy peligroso porque favorece el desarrollo de populismos.

–¿Se ha leído el programa económico de Podemos?

–¡No me quiera tan mal para que me lea el programa! Esta gente propone medidas que han tenido éxito en Venezuela o Cuba. Si llegan al Gobierno es posible que hubiera algún tipo de pánico. Los repudios de la deuda no tienen sentido, porque no caben soluciones nacionales anárquicas. Todo lo demás es voluntarismo utópico.

–¿Las reformas económicas del PP van por buen camino?

–La línea general de las reformas estructurales no ha ido mal, aunque mi partido no las comparta. Se está haciendo bastante bien la reforma bancaria, aunque nos seguirá costando mucho dinero. Podemos criticar la reforma sanitaria, la política educativa, la inversión pública que sigue insistiendo en el AVE, con tramos que no tienen tráfico suficiente. Creo que la reforma laboral está bien orientada, se están creando puestos de trabajo…

–¿Cuándo vamos a notar esa recuperación en la calle?

–Algo se nota, aunque sea muy poco. Se necesita tiempo y que esa recuperación se consolide. Pero está puesto en tela de riesgo, como consecuencia de que quizá Europa entre en recesión.