A los 42 años, la política le abandonó, y se centró de nuevo en el derecho
A los 42 años, la política le abandonó, y se centró de nuevo en el derecho - jaime garcía
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José Pedro Pérez-Llorca: «España está ya fracturada»

Con tan sólo 37 años era uno de los siete padres de la Constitución de 1978, intervino en la creación de la UCD, siendo uno de los hombres de Adolfo Suárez, pasando por el ministerio de la Presidencia, de Administración Territorial y de Asuntos Exteriores, al que acumuló el de Relaciones con las Cortes

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Este gaditano no imaginaba cuando veía desde Intramuros la costa de Rota, que sería el impulsor del tratado de Adhesión a la OTAN, cuando el lema del PSOE todavía era «de entrada no». Conversar con José Pedro Pérez-Llorca y su memoria es trasladarse a un tiempo excepcional.

Los abuelos de Pérez-Llorca, apellido de su padre, eligieron Cádiz por la Facultad de Medicina y por el negocio almadrabero. Su vida política le llevó a noches en vela, él que no soporta trasnochar, en sus tiempos de militante de movimientos de izquierdas clandestinos a la otra orilla del franquismo, como en las noches del consenso, tejiendo y destejiendo, como si fuera Penélope, nuestra Constitución actual. De los años juveniles, le quedó una visión de lo injusto de la sociedad tal como está configurada.

Hombre clave en los gobiernos de UCD con Adolfo Suárez, protagonizó las negociaciones más arduas de la época, los dos primeros Estatutos, el ingreso en la OTAN y el cierre de los nueve primeros capítulos de la entrada en la Unión Europea, sin triunfalismos. A los 42 años, la política le abandonó, y se centró de nuevo en el derecho creando uno de los despachos más influyentes. Ahora compagina su tiempo con la presidencia del Patronato del Museo del Prado, aplicándose en mantener allí sus obras maestras. “Sin ponerme solemne, es una íntima satisfacción comprobar que has cumplido con tu deber”.

Ideológicamente empezó en la clandestinidad

Nunca he presumido de pertenecer al FELIPE (Frente de Liberación Popular), fue de estudiante, una etapa muy romántica, el movimiento evolucionó cuando metieron en la cárcel a su líder, Julio Cerón, y se convirtió en un grupo con una tendencia muy radical. Un comité nos hizo una especie de auto de fe a algunos, porque teníamos tendencias liberales, así que al poco tiempo nos fuimos.

¿Tienden estos grupos a radicalizarse?

Vivíamos en unas condiciones de clandestinidad absoluta, no había ninguna facilidad, ni un duro. ¿Qué hace la gente en ese caso? Pues radicalizarse, y hablar de marcharse a la sierra de Cazorla a la guerrilla en el año 59. No era lo mío. Les dije, soy muy friolero, tengo muchas gripes, como me vaya, voy a durar dos días.

“Somos el primer partido en España que ha enterrado la guerra civil”, dijo en la inauguración del primer Congreso de la UCD, ¿vuelven a existir dos bandos?

En la transición, la Guerra Civil estaba absolutamente presente, no estaba olvidada, pero la memoria provocaba una obsesión: la de no acercarse a nada que la pudiera repetir. Por eso fue la Ley de Amnistía, el no revivir los odios. Ahora ha venido la etapa de los nietos que están haciendo lo que legítimamente tienen que hacer con sus abuelos, enterrarlos dignamente. Hay que desenterrar y volver a sepultar dignamente a las personas, pero cuidado de no desenterrar los odios. Bajo las cenizas aún arden las ascuas.

Si esas ascuas siguen vivas, ¿puede prender fuego?

Cuando sopla la crisis económica, reviven, y vuelven a salir llamas. La clase media está sufriendo, y ello explica la polarización del país, algo que nosotros quisimos evitar. Hay que evitar que la gente llegue a tener una sensación de catástrofe generalizada, lo que no es cierto. La gente se agarra a lo que le da esperanza. Lo malo es que los políticos prometan paraísos. Nos acercamos a tiempos que pueden ser muy complicados. Hay que proporcionar esperanza dentro del realismo, difícil combinación.

Pablo Iglesias sale como uno de los líderes más valorados, ¿es porque está prometiendo ese paraíso?

Está prometiendo duros a peseta. El problema es que la gente está enfadada, angustiada, en el paro, espero que el electorado sea maduro, y que aprenda que no existen esos duros a peseta. No es realista, no funcionaría nada de lo que promete. Donde hay casta de verdad es donde manda el comunismo. En la Unión Soviética, la casta se llamaba la Nomenklatura, era un libro del partido para saber a quién se le podía dar el cargo. En Cuba, con una familia que está mandando desde 1959. En Corea del Norte con la casta dinástica de los Kim. En Venezuela, se está formando una casta, aunque todavía hay una pátina de democracia. Esas sí que son castas.

Como uno de los padres de la Constitución, ¿se debe reformar como claman algunos?

La Constitución nace para superar por completo el régimen anterior, y no nace políticamente contra nadie. Ese es su logro. Ahora se debe incluso reformar, pero hay que saber en qué. A los que defienden el federalismo, que ofrezcan la fórmula, porque me temo que sea una especie de invocación mágica un «nomen iuris» que no resuelve problemas. Hay más de 100 países que se llaman federales en el mundo y comprenden realidades organizativas totalmente diferentes. Según las encuestas, hay un 80% de españoles que quieren modificarla pero o no saben en qué o piensan en cosas contrapuestas. La palabra reforma se vende bien.

Hubo 2030 enmiendas la primera vez que se presenta el texto constitucional en agosto de 1977.

Cuando presentamos el anteproyecto, Celtiberia se manifestó en toda su estridencia. Muchas de esas enmiendas eran contradictorias unas con otras y muchas eran testimoniales. Los Siete Ponentes éramos coetáneos, pertenecíamos a una similar tradición jurídica. Yo era el más joven y Fraga el de mayor edad, fue fácil ponerse de acuerdo en el índice. Y a partir de ahí tejimos una primera malla, con pocos nudos y muchos huecos: cómo va a ser el Parlamento, su relación con el Gobierno, si tiene c apacidad de hacer decretos... Algunos de estos puntos se deshacen al reunirnos con nuestros partidos. «Es inadmisible, sois unos traidores», clamaban. Éramos como Penélope, teje un rato, desteje otro, y fuimos poco a poco hasta tener una red muy tupida.

¿Cuáles fueron los momentos más tensos?

Hay muchos incidentes... Estamos todos de acuerdo en la Monarquía, y de repente el PSOE dice por una posición lógica, que tiene que hacer un voto particular republicano, que no nos preocupemos mucho, a Roca le dio por hacer demagogia con la mayoría de edad... Dábamos ruedas de prensas rotativas, pero no pasábamos todos los textos, porque teníamos la sensación de que Penélope hubiera entrado ya esta vez con tijeras.

¿Hubo reuniones secretas?

Estando el procedimiento ya en la fase de Comisión en el Congreso, se celebró una determinada Cena del Consenso, auspiciada por Adolfo Suárez. A partir de ese momento, la actividad se dobló. De noche las reuniones del Consenso, de día la Comisión en el Congreso.

Eran las noches del consenso, al día siguiente íbamos al Parlamento sin duchar, sucios, sudados... El PNV quería estar, pero también decir que habían sido excluidos, y llegamos a ese pacto entre caballeros. Nos reunimos en el despacho de Peces Barba y los periodistas se olieron que estaba Xabier Arzalluz. Esa noche fue una lucha de resistencia a ver quién se iba antes, si los periodistas o nosotros, hasta las nueve de la mañana, durmiendo en el suelo, y de todas formas se enteraron.

¿Habría ahora ese espíritu de consenso que rigió en la transición?

La Constitución tiene una gran virtud, el abanico de fuerzas que la apoyaron eran todos, menos Blas Piñar y uno vinculado a ETA. Esa virtud es ahora irreproducible, porque con los nacionalistas ya no se puede contar para nada, no quieren.

¿La sensación es que se puede romper España?

Me duele mucho decirlo, pero España está ya cuarteada. Moralmente cuarteada como un jarrón, puede seguir entero mucho tiempo, pero si lo rozas, se rompe en pedazos. Hay que evitar la expresión política de esa fractura, e intentar lañar y resoldar, tarea hercúlea.

¿No se debería aceptar que hubiera esa consulta?

La consulta no es democrática. Es como una trampa de sofistas. Está claro que la Constitución lo prohíbe. España es indisoluble e indivisible, y los referendos son competencia exclusiva del Estado. Para hacer lo que algunos quieren hay que reformar la Constitución. Puestos a votar la consulta, tendrían que votar todos los españoles y todos los europeos, porque se está planteando un cambio de las reglas del juego de Europa.

La Monarquía fue la impulsora del cambio en la transición, ¿fue el Rey el elemento dinamizador?

El Evangelio dice en principio fue el verbo, y durante la Transición podemos decir que en principio fue el Rey. Juan Carlos I tenía al empezar el reinado un poder legal enorme, y lo usó para devolverlo a las instituciones y al electorado. La Monarquía actual es inseparable de la democracia y la libertad. Ese es el discurso político al que también se va a ceñir al pie de la letra nuestro Rey actual, que parece prefigurado para esto.

¿Hemos conseguido realizar el relevo en la Monarquía sin traumas?

Ha sido en el momento adecuado y de la manera precisa, y lo ha hecho muy bien el Gobierno desde el punto de vista legislativo.

¿Era el hombre que susurraba al oído de Adolfo Suárez?

No, de ninguna manera, yo no susurraba. Había otros que quizá lo hacían. He sido un leal colaborador, pero no he sido un íntimo. Era uno de sus hombres. En el primer gobierno constitucional era el ministro de la Presidencia y tenía acumulada la Cartera de Relaciones con las Cortes. Al presidir la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios que preparaba los Consejos de Ministros y ser el representante del Gobierno en la Junta de Portavoces del Congreso y el Senado tienes el filtro de lo que va a arriba, el hilo de lo que va al Parlamento y el ‘insértese’ en el BOE, sin el cual no se publica. O sea, que eres el que llevas el hilo rojo. Lo que pasa es que ese hilo es de acero y a veces, al manipularlo, te haces daño.

No quiso asumir la vicepresidencia con Suárez, ¿auto frenó su ascenso al poder?

A Suárez le gustaba mucho cambiar el banquillo. Es como un entrenador, hay algunos que cambian, y otros, como Rajoy que se ha propuesto no cambiar, excepto por necesidades del guion. Me ofrece la vicepresidencia pero encontrarme con puñaladas traperas en mi espalda era un dolor y se me iban a estropear todas las chaquetas. Me planteé si quería ser vicepresidente, y no solo no me apeteció, sino que me horrorizó. Se lo dije a Adolfo y se molestó mucho. Finalmente me dijo, «te necesito para esto de las autonomías, te vas a Administración Territorial». Lo acepté por el sentido de la responsabilidad. No quería subir al podio.

Como ministro de Asuntos Exteriores impulso el ingreso de España en la OTAN, ¿cómo vio la estrategia del PSOE de «OTAN, de entrada no»?

No la entiendo todavía. Demagogia fácil. Siempre recordaré cuando estaba en mi despacho, y pasaban las manifestaciones, «OTAN no, Bases fuera, Gobierno traidor», uno de los que más gritaba luego tuvo un alto cargo en la OTAN. Las cosas de la vida. Los franceses llaman a lo que me pasó ‘trabajar para el Rey del Prusia’. Una revista del PSOE me sacó con un letrero en la frente de “traidor”, porque iba a tener un «cosmic clearance», para tener acceso a todos los documentos de la OTAN, incluida la estrategia nuclear. Daban a entender que era yo un ser tan astuto, que esos papeles los iba a vender a Reagan. ¡Habría sido yo un genio vendiéndole a Reagan sus propios secretos!

¿Se pensaba realmente que el ingreso en la OTAN nos ayudaría a recuperar el Peñón de Gibraltar?

La negociación del Peñón de Gibraltar estaba avanzada, y la guerra de las Malvinas lo arruinó todo. Queríamos en los mismos días de entrar en la OTAN, abrir la verja con una determinada declaración Hispano-Británica a firmar en Cintra. Todo se fue al traste.

¿A Suárez lo dejaron muy sólo?

Dejamos solo a Suárez. Hubo una falta total de madurez de los barones, destruyendo poco a poco el partido. UCD hubiera podido seguir, respondía a un sector del electorado, había ganado dos elecciones y habría hecho una labor. Como al final todo se hundió, no fui yo quien abandoné a la política, sino que fue ella la que me abandonó a mí.

Un despacho en la «Milla de Oro»

Cuando Adolfo Suárez le ofreció la vicepresidencia del Gobierno a José Pedro Pérez-Llorca, y recibió ataques también en prensa, ese fin de semana se fue con su familia. “Me di un paseo con mi hija y me agarraba la mano más fuerte de lo habitual, y pensé, esta niña cree que lo estoy pasando mal. No sirvo para esto de las puñaladas. Ese mismo fin de semana, mi hijo en una conversación dijo algo como ‘así no vale la pena’. En ese momento fui consciente de mi desinterés por el camino político, a la edad que se empieza a pensar en ser diputado en Europa”. Volvió a sus orígenes jurídicos y ha conseguido crear uno de los bufetes más prestigiosos, con más de 130 abogados y más de 180 personas trabajando en el número 50 del Paseo de la Castellana, reformado íntegramente y tan actual que sus ascensores calculan el ahorro energético. Deja claro Pérez-Llorca que, desde hace ya años, su hijo Pedro es el motor y artífice del actual Despacho.