Un siglo del crimen de Lieja
En la imagen, Pere y Jaume, hijos de Antonio Oliver, uno de los asesinados en Lieja - cedida
España en la i Guerra Mundial

Un siglo del crimen de Lieja

Cinco españoles figuran entre las primeras víctimas de las atrocidades de los alemanes en la invasión de Bélgica

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No les sirvió de nada que España se hubiera declarado neutral en la I Guerra Mundial. Entre las víctimas de los primeros días de la conflagración de 1914 figuran dos hermanos comerciantes y sus empleados, todos mallorquines, que fueron asesinados por el ejército alemán en Lieja como parte de una estrategia para aterrorizar a la población civil. En medio de las terribles tensiones políticas que desencadenó el conflicto, Alemania tardó un año en dar explicaciones y en indemnizar a los herederos de las víctimas.

En aquella Lieja de principios del Siglo XX, cuya universidad gozaba de un enorme prestigio internacional, los mallorquines regentaban una tienda de productos mediterráneos, llamada «Aux Jardins de Valencia».

En la fachada de la Universidad hay todavía una placa que rememora aquel crimen sucedido ahora hace un siglo y enfrente existe un comercio parecido, atendido ahora por una familia de paquistaníes, que ignoran todo de la triste suerte de unos esforzados emigrantes que hace cien años –igual que hoy ellos- trataban de forjarse un porvenir en un país lejano. Por supuesto, ninguno de los edificios de la manzana donde tenía su comercio Antonio Oliver Rullan sobrevivió a los hechos del 20 de agosto de 1914. Ni la sede de la Sociedad Libre de Emulación, una entidad de excitación intelectual de donde los ocupantes dijeron que habían partido los disparos, ni ninguna de las casas vecinas se salvaron del incendio provocado por los soldados alemanes. Prácticamente todo lo que había en la tienda de los mallorquines se perdió.

La situación de Bélgica

En los días previos al estallidos de la guerra, cuando Alemania exigió al Rey Alberto I que dejase pasar a los ejércitos imperiales para atacar a Francia, Bélgica se encontraba en una situación sin muchas opciones: si no aceptaba luchar para defender su neutralidad se arriesgaba a ser borrada del mapa, según fueran las consecuencias de la guerra, o condenada a vivir una paz sin honor, como un Estado vasallo. Por su parte, los militares alemanes, como el mariscal Colmar von der Goltz, abogaban por una guerra atroz y terrorífica, bajo el sarcástico objetivo “humanitario” de hacer más corta la conflagración.

Los habitantes de Bélgica fueron las víctimas de este pulso formidable, nacido en una corriente de circunstancias en las que no habían intervenido.

Técnicamente, el conflicto comenzó cuando el ejército imperial alemán lanzó el primer ataque contra Bélgica el 4 de agosto, lo que a su vez desencadenó la declaración de guerra por parte de Gran Bretaña.

Fusilados de noche

La ciudad de Lieja fue ocupada sin resistencia en pocos días, pero el modesto ejército belga se replegó e hizo lo posible por contener el avance alemán hacia el interior del país de modo que en dos semanas el alto mando empezaba a estar nervioso porque eso le permitiría a los franceses reorganizar sus líneas y anular el efecto de su maniobra. El día 20, se produjo un confuso incidente en el que los alemanes quisieron implicar a un grupo de estudiantes judíos de origen ruso que vivían en la plaza de la Universidad de Lieja, al lado de la tienda de los mallorquines. Los soldados detuvieron indiscriminadamente a numerosos civiles, varones, y a 17 de ellos los fusilaron por la noche en la misma plaza, utilizando las ametralladoras que acababan de incorporar a sus arsenales. Se sabe que los españoles hicieron valer sin éxito su condición de nacionales de un país neutral, pero Antonio Oliver Rullan, el dueño del comercio, su hermano Jaime y los también mallorquines Jaime Llabrés Bestar, José Niell Mestre y Juan Mora Ferrer, corrieron igual suerte que sus 12 convecinos belgas pasados por las armas.

Las autoridades belgas habían pedido a los civiles que se abstuviesen de llevar a cabo actividades que pudiesen ser interpretadas como hostiles por los ocupantes. De hecho, los mallorquines habían estado escondidos y habían ido a abrir la tienda para proteger sus intereses. De nada sirvieron las s˙plicas de un laborioso comerciante, su hermano y sus empleados, frente a un pelotón de fusilamiento de soldados probablemente fuera de control. La política de terror estaba en marcha y dos días después los alemanes seguirían las atrocidades contra los civiles en Tamines, donde ejecutaron a 422 personas, luego arrasaron Haybes, con más de 60 víctimas, igual que en Dinant, que tuvo que enterrar a 674 de sus habitantes, o en Termonde, arrasada, o Lovaina, bombardeada y cuya biblioteca universitaria fue parcialmente incendiada.

Amparados en la confusión de los primeros días de la guerra, los alemanes respondieron a las demandas de información por parte del embajador de España, Rodrigo Saavedra, el Marqués de Villalobar, (que durante la guerra jugaría un reconocido papel de benefactor de los belgas ocupados) diciendo que los mallorquines estaban vivos, pero prisioneros en Alemania. Esta tesis alimentó durante mucho tiempo las esperanzas de la viuda, Rosa Vicens, de volver a ver su marido, pero no aclaraba los hechos. El escritor mallorquín, Llorenç Capellà, autor de un libro sobre el caso («Crònica de la mort ignorada» Ed. Ensiola) asegura que el Gobierno español de la época «trató de ocultar deliberadamente los fusilamientos» dando crédito a la versión oficial alemana, para no comprometer sus posiciones diplomáticas, o para no decantar las fuerzas favorables a una intervención en la guerra.

Entonces, el periodista Miguel de los Santos Oliver, también mallorquín, mantuvo viva la reclamación de que se esclareciesen los hechos y ante las sospechas de que se estaba tratado de encubrir el caso, el 24 de septiembre de 1914 publicó en ABC una amarga crónica en la que reclamaba al presidente Eduardo Dato que cumpliese «una función esencial de todo Gobierno en lo que respecta a la política exterior: defender a sus súbditos en la vida y en la muerte». Un año después, en junio de 1915, Alemania aceptó su responsabilidad y pagó una compensación de 182.000 marcos, lo que equivale a unos 630.000 euros de hoy, para distribuir entre todos los herederos, y el Gobierno español dio por zanjado el asunto.

Los restos de los españoles, destrozados por las ametralladoras, yacen junto a muchas víctimas de aquellas jornadas en un lugar desconocido del cementerio de Robermont. La plaza de la Universidad se llama desde entonces «plaza del 20 de agosto».

La guerra terminaría cuatro años después, a las 11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918, con la derrota de Alemania y la victoria de Francia y los aliados. El rey de los Belgas, Alberto II, pasó a la historia como el soldado-patriota que salvó a su país y Alemania entró en el periodo de turbulencias que desembocarían en el auge del nazismo y en una nueva conflagración, aún más terrorífica. El héroe francés de la Gran Guerra, el Mariscal Philippe Petain, acabaría por traicionar a su propio prestigio en este segundo conflicto, aceptando someterse a un indigno pacto con la Alemania nazi. El Mariscal murió y está enterrado en la isla de Yeu, un lugar tan intensamente bonito, que probablemente ni siquiera los mallorquines asesinados en Lieja echarían de menos su Mediterráneo natal. El Rey Felipe de los Belgas y su familia tienen costumbre de pasar sus vacaciones en esa isla.