Pedro Sánchez, un discurso aún por articular
Pedro Sánchez - Ivan Mata
PSOE - Perfil

Pedro Sánchez, un discurso aún por articular

Candidato del alma nacional del PSOE, aspira a no parecer casta ni aparato

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Pedro Sánchez afronta retos colosales. Contribuir a restablecer el discurso socialdemocrata y enderezar el rumbo del PSOE. Casi nada. Aunque es posible que se conforme con ganar a Madina. Arreglar el PSOE quizás requiera de máquina del tiempo. En las cosas que se escuchan estos días parece que está escrito su final. Hay tantos contrasentidos y cul-de-sacs que suena todo a alocado programa vital de un enfermo terminal. Se presenta a Secretario General de un Aparato que todos rechazan. («Mi único aparato es mi Peugeot 407»). Sánchez cuenta que su ambición comenzó en Don Benito, nada menos, donde José Luis Quintana, un estrecho colaborador, le animó a presentarse. Hasta la revelación de Don Benito a Sánchez no se le conocía mucho. Premio a Diputado Revelación del Congreso y tertuliano tímido.

Presume de militante de base, de diputado raso, pero para otros es el Ramiro Oliveros de Susana Díaz, grato a los ojos de Bono o de Blanco, al servicio de quien trabajó unos años y al que consideraba como el mejor entrenador posible, estirando, en su condición de canterano de Estudiantes, la terminología deportiva.

Le llueven los avales, pero no tiene relieve. Dice unas cosas inequívocas de izquierdas, pero con maneras ya de derechas. En la izquierda lo miran como Nani Moretti a D’Alema: «¡Di algo de izquierdas!». Decirlas las dice, pero no lo parecen. No le lucen. Cuando ha querido distinguirse de Madina ha tirado de vida laboral: «He sido trabajador por cuenta ajena, autónomo, cotizante y parado». Y mientras Madina sugiere una relación erótica con el poder, en la estirpe bífida e invertebrada de Rubalcaba, Sánchez transmite un buenismo vaporoso a lo Zapatero. Aparente moderantismo, ausencia de aristas, suavidad de formas, una grisura tranquila y moldeable que en el mejor de los casos derivaría en liderazgo blando y en el peor en Zelig oportunista. Hombre familiar, mujer hermosa, padre de dos niñas, deportista, colchonero, ecologista y profesor de economía... Por tener tiene hasta idiomas. Pero lo mejor sobre él lo dijo alguien en Twitter: es tan creíble como el testimonio de los solteros exigentes de edarling.

Su jefe de Campaña lo fue antes de Morán, Borrell y Tomás Gómez, lo que no augura nada bueno. Hay un fuerte riesgo de socialismo gafe.

Porque un problema de Sánchez es que en tiempos de tono revolucionario parece interpretar una partitura ajena (aunque ojo, asi empezó el punk). Sus promesas más verificables, por ejemplo, son medidas contrarias al status del político: puertas giratorias bloqueadas, fin del aforamiento o limitación de los mandatos internos e institucionales. Es decir, el ámbito retórico y la agenda de Podemos. Pero en lo estructural, en lo que uno espera de un partido de gobierno, poco detalle. Absoluta disposición a la reforma constitucional, sin más aclaración, derogación de la reforma laboral y una enorme imprecisión en las cuestiones territoriales.

Su modo de despachar ese problema es remitir al federalismo asimétrico («Lo federal es el verdadero ser de España») y fiarlo todo a una rediseño del sistema de financiación que «integre todas las particularidades». O sea, que unos recibirán por su renta, otros por territorio, otros por habitantes, sin llegar a explicar cómo la suma de todo dará cien y no ciento cincuenta. En realidad, es la ecuación matemática del zapaterismo puro.

Sánchez transmite una fuerte sensación de reversibilidad argumental y una especie de mansedumbre institucional que no lo hace peligroso a los ojos de la derecha, pero que no entusiasmará a cierto sector de la izquierda al que parece querer dirigirse.

A veces resulta formulario, aburrido y abusa de un marketing político que Podemos ya pulverizó (ese vídeo íntimo de su presentación con acordes sentimentales de guitarra...). Le falta besar al niño en el mercado. La gente quiere dinero, no sonrisas. Pablo Iglesias nunca sonríe. De ZP a esto.

Es un actor guapo buscando el sitio entre la sensiblería socializante de ZP y la urgencia informal del 15-M y el coqueteo antisistema. Tantea ese espacio nuevo mientras promete una reindustrialización en verde.

Desde que empezó su campaña ya ha tenido que desdecirse. Primero, con la nación catalana; después, con el asunto del copago. Se le valora que por lo menos sea guapo, de una belleza sólida, angulosa, de político americano, pero si el PSOE lo elige no será por fascinación, sino de la manera en que en la naturaleza los organismos en peligro acuden a la belleza para sobrevivir, como promesa de garantía evolutiva de la especie cifrada en unos rasgos claros de macho proveedor.

Sánchez, que estudió un máster en liderazgo público, algo que no imaginamos haciendo a Susana Díaz, encarna la paradoja viva del liderazgo democrático de los partidos modernos. Un hombre puerta por puerta, como los de Avon, mendigando dulcemente un aval: «Hágame su líder, por favor». Esto abre el ciclo político entero, ya no solo el año electoral, al populismo más disparatado.

Pedro Sánchez parece el líder inevitable para un PSOE menor, secundario y complementario, encajonado ya entre dos fuerzas. Por un lado el PP, montado sobre la clase media como un hidalgo que extenúa su rocín; por otro, la Nueva Izquierda (tertulia y plaza) de la coleta implacable.