Vamos a hablar del funeral de Adolfo Suárez
El Rey a su entrada en la catedral de La Almudena - reuters

Vamos a hablar del funeral de Adolfo Suárez

«Las pompas fúnebres son más para la vanidad de los vivos que para el muerto»

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Contaba Nancy Reagan que todos los presidentes estadounidenses tienen, al minuto de serlo, un señor que toca la puerta y les anuncia: «Vamos a hablar de su funeral». Rajoy, Zapatero, Aznar y Felipe González tuvieron ayer en la Almudena una puesta en escena de lo que les espera (a lo mejor en un futuro muy lejano). Necesitaríamos un lector de labios para saber si era eso lo que Zapatero decía a Aznar antes de la misa y que arrancó a este una sonrisa. En serio.

Pero volvamos al principio. A cuatro horas antes del funeral, cuando, con el cielo plomizo, ya había gente esperando para poder entrar en la catedral. Los principales llegarían más tarde. El despliegue de seguridad era el de las grandes ocasiones. «Por ahí fuera están muy sueltos. La Reina hasta da besos a los borricos. Pero aquí.... Como si nos los fuéramos a comer», dice el taxista que intenta acercarme a la Almudena ante las dificultades del tráfico. A pie no era más fácil. «Por aquí no pasa ni el Papa», suelta un policía nacional. Y llega un cura con su sotana al que no dejan traspasar la valla. «Tiene que tener un contacto dentro». «Tengo a la hermana Ruth». Pero la hermana Ruth no le pareció al policía suficiente salvoconducto. Por lo demás, había entonces en la puerta de la Almudena casi más periodistas que personas. Algunas solo pasaban por allí. «Si vemos algo nos quedamos. Si no, nos vamos». En ese momento accedía al templo José Federico de Carvajal en silla de ruedas. Dentro, Federico Trillo parecía el anfitrión. Iban llegando los ministros y él los recibía como si estuviera en su casa. Aparece Fátima Báñez y el embajador le hace el «rendez vous», mientras José Manuel Soria ni se levanta. Luego pasan por allí los Clegg y los presenta a Ana Pastor y a Margallo. Si Soria no se había levantado cuando llegó la ministra de Empleo, al aparecer Felipe González los ministros del PP (los del banco de atrás) se pusieron en pie como si tuvieran un resorte.

Para cuando llegaron los expresidentes, los otros invitados llevaban tiempo sentados. Raphael y Natalia Figueroa, Juan José Padilla y Paloma Cuevas (estaban juntos) o el mismísimo Obiang, cuya primera mujer se llama Constancia Mangue. Un apellido como cualquier otro. Según los diarios de Lord Mountbatten, Isabel de Inglaterra pensó en dar a Idi Amin con una espada en la cabeza si el dictador africano se presentaba en un oficio religioso por su Jubileo de Plata. Aquí de espadas nada. Urbanidad. En la calle Bailén, en el edificio rosa que hay enfrente de la puerta principal de la Almudena colgaba un cartel en el que se leía «Obiang vergüenza». En el piso de arriba, una bandera de España con crespón negro.

A mitad de funeral, ya con el sol fuera, la calle estaba llena de gente esperando la salida de los Reyes, los Príncipes de Asturias, la familia de Suárez y el resto de asistentes al funeral de Estado. Las pompas fúnebres (La Rochefoucauld) son más para la vanidad de los vivos que para el muerto. También son para los curiosos, aunque quepan cuatro en ese incómodo pie de pava de la calle Bailén. Pero, como todo, se ve mejor en la televisión.