Adolfo Suárez y la búsqueda de un papel para España en el mundo
Suárez se entrevista en París con el entonces primer ministro francés, Jacques Chirac, en 1976. Las reticencias francesas fueron uno de los escollos a superar para conseguir el ingreso en la Comunidad Económica Europea - archivo abc
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Adolfo Suárez y la búsqueda de un papel para España en el mundo

El presidente supo desde el primer día de su mandato que la nueva democracia española necesitaba entrar en Europa. Solo la división interna en la CEE retrasó el cumplimiento de ese objetivo

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Hasta hace poco, quienes se aproximaban al análisis de la política exterior de Adolfo Suárez solían hacerlo desde la displicencia, cuando no la ironía. Esto ha dado lugar a una visión simplista de su actuación internacional, construida sobre tópicos como su «radical monolingüismo» o sus escasos conocimientos sobre el mundo exterior. Sin embargo, últimamente se viene abriendo paso una interpretación más positiva y matizada de su acción exterior, que seguramente se afianzará a medida que se vaya conociendo la documentación diplomática de la época.

En contra de lo que suele afirmarse, Suárez sí tenía una visión propia del papel de España en el mundo. Aunque fuese un objetivo obvio y ampliamente compartido, siempre tuvo claro que el ingreso de España en la entonces Comunidad Europea debía ser su máxima prioridad. Así lo demuestra la rapidez con la que su primer ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, presentó la solicitud de adhesión nada más celebrarse las primeras elecciones democráticas. Lamentablemente, la Comunidad atravesaba entonces una profunda crisis interna, que tardaría varios años en resolverse, por lo que no cabe atribuir al Gobierno español las dificultades surgidas en las negociaciones de adhesión, que se prolongarían hasta 1985.

En cambio, Suárez se mostró ambiguo ante el posible ingreso de España en la OTAN, actitud que algunos atribuyeron a un antiamericanismo latente, cuando no a un ingenuo «tercermundismo». Sin embargo, su postura al respecto nunca fue irracional. Jamás se sintió cómodo con el Tratado de Amistad y Cooperación firmado con Estados Unidos en 1976, y dada la forma en que se negoció y las escasas contrapartidas que contenía, no le faltaron motivos para ello. Como a otros políticos españoles de la época, tampoco dejó de sorprenderle el escaso apoyo de Estados Unidos al proceso democratizador. Suárez no tardó mucho en concluir que a España solo se le escuchaba en Washington cuando planteaba un problema (generalmente relacionado con el uso de las bases), o cuando ofrecía una solución (casi siempre ajena al ámbito bilateral). De ahí que cultivara a conciencia su papel de mediador, sobre todo en relación con el mundo árabe, pero también en Centroamérica, actitud que fue positivamente valorada por Jimmy Carter. Por desgracia, ello no bastó para que Washington se implicara a fondo en la lucha contra el terrorismo de ETA a nivel internacional, postura que Suárez nunca comprendió.

La actitud de Suárez hacia EEUU y la OTAN debe situarse en el contexto internacional en la que se fraguó. A su entender, la dinámica bipolar propia de la Guerra Fría resultaba contraproducente (y limitadora) para una potencia periférica como España, que no pertenecía al núcleo duro del bloque occidental. Visto así, a España la incorporación a la Alianza no le aportaba nada que no tuviese ya gracias a la relación bilateral con EEUU, incluso en caso de una improbable agresión soviética. En cambio, su presencia en la OTAN podía mermar la capacidad de España para actuar como «puente» o «bisagra» entre Occidente y otras regiones (y culturas) del mundo. Suárez apostó fuerte por este papel mediador, como demuestra su deseo de que Madrid albergara una nueva sesión de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa. Esta autonomía e independencia de criterio explican tanto su visita a Castro en 1978, algo perfectamente legítimo tratándose de un mandatario español, como la presencia de España en la Conferencia de Países No Alineados celebrada en La Habana en 1979, que muchos estimaron desafortunada.

La «timidez otánica» del presidente también tuvo causas internas: inicialmente, temió que el debate sobre la OTAN socavaría el consenso constituyente; más adelante, se resistió a entregarle a la izquierda la bandera del no alineamiento. Sin embargo, a decir de su segundo ministro de Asuntos Exteriores, José Pedro Pérez Llorca, en el otoño de 1980 Suárez aceptó finalmente el ingreso en la Alianza como única fórmula viable para superar una relación con Washington excesivamente asimétrica.

Con sus errores y aciertos, Suárez merece nuestro respeto por sus esfuerzos por definir un nuevo papel para España en el mundo, que sin duda facilitaron su definitiva reincorporación a la comunidad internacional.

Charles Powell es director del Real Instituto Elcano