Adolfo Suárez, recuerdos de familia
Suárez conoció a su mujer en un festival taurino en Ávila - abc

Adolfo Suárez, recuerdos de familia

En una conversación salpicada por la emoción, el hijo del expresidente desvela aspectos personales de su padre

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Cuando Adolfo Suárez Illana fue designado candidato a la Presidencia de Castilla-La Mancha y recorrió 800 pueblos, fue comprobando día a día la admiración y el cariño de los ciudadanos hacia la figura del expresidente del Gobierno: «¡Cómo se parece usted a su padre, es increíble!». Algunos observaban tal parecido entre padre e hijo que hasta se confundían los tiempos históricos, y un día, en una de sus múltiples visitas a los pueblos de Castilla-La Mancha, se le acercó un hombre de mediana edad y le dijo: «¡Qué bien estuvo usted en el 23-F, don Adolfo!».

A Suárez Illana nunca le ha gustado hablar en público de los detalles íntimos de su padre, pero cuando tras su breve irrupción en política le acusaron de «niño pijo» y de pertenecer a «la clase alta» y aristocrática, consideró que lo más conveniente era aclarar en ese momento la verdad. Y así empezó una charla larga e interesante en la que el hijo de Suárez relató algunos detalles inéditos de su padre.

Una juventud muy difícil

«En primer lugar, y con respecto a lo de la aristocracia, si hay alguien con un título en este país ganado verdaderamente a pulso es precisamente Adolfo Suárez, mi padre; pero he de recordar que mi padre nació en Cebreros, un pueblo de Ávila en el año 32, y en una situación muy difícil. Después de la guerra civil, siendo un niño, tuvo que sufrir la posguerra y el hecho de que le pillara gente de la familia en un bando y en el otro. Mi padre sí supo lo que eran los horrores de la guerra».

«Mi abuelo era un vividor importante, un hombre tremendamente simpático, capaz, muy inteligente... pero tenía cierta debilidad por las señoras y por el juego -era su principal defecto- y eso lo unía a otras características que hacían de él un ser entrañable, aunque con esos gravísimos defectos que le llevan en un momento a salir de su casa a por tabaco y no volver en más de dos años. Durante ese tiempo mi padre tuvo que hacerse cargo de la familia -era el mayor de cinco hermanos- y compaginar sus estudios en la Universidad de Salamanca con el trabajo».

Cuenta Suárez Illana que cuando el abuelo volvió («hay algunas teorías sobre su paradero durante esos dos años, pero nunca hemos sabido exactamente dónde estuvo y prefiero correr un velo sobre ese capítulo»), su padre tuvo un enfrentamiento con él y se vio obligado a marcharse del domicilio familiar. «Mi abuelo le echó de casa y mi abuela intercedió para que no hubiese ningún altercado. Ella estaba enamorada de su marido, le dijo a mi padre que lo entendiese... y este se tuvo que venir a Madrid con una mano delante y la otra detrás. Detrás, para ser exactos, llevaba siempre un periódico que le cubriera el roto de los pantalones».

Como maletero en Atocha

A principios de la década de los cincuenta, la economía española no estaba como para tirar cohetes. Un jovencísimo Adolfo Suárez llega a Madrid con los bolsillos vacíos. Cuenta su hijo que, durante los primeros tiempos, trabajó como maletero en la Estación de Atocha. «No tenía mucha capacidad de elegir, no tenía un duro, estaba en una situación complicada, y el hombre fue lo primero que encontró». Después de aquello se dedicó a vender neveras en una tienda y vivía en una modesta pensión.

La dueña de la pensión

«Hay un recuerdo muy simpático: mi padre vivía con otra persona y los pantalones los ponían debajo de la cama para plancharlos durante la noche porque, claro, mi padre siempre ha sido... Le ha gustado vestir bien... y claro, los hombres no podían ni pagar la pensión, ni siquiera comer. Y la dueña de aquella pensión lo sabía y le cayó en gracia la pareja. Por la noche, dejaba una cena en las fresqueras que había entonces en las ventanas y este amigo y mi padre acudían a ese festín todas las noches». Y así transcurrió la vida de Adolfo Suárez González durante algún tiempo, época en la que fueron fundamentales las ayudas de algunos amigos suyos como José Luis Sagredo, de Salamanca, o Fernando Alcón, de Ávila, que «le ayudaron a echar p’alante».

Fue en aquella época cuando conoce a la que luego sería su esposa, Amparo Illana. «Curiosamente, y aquí alguno se va a echar las manos a la cabeza, mi padre conoce a mi madre de los veranos de Ávila. El padre de mi madre era un hombre muy mayor, sufría una enfermedad, le recomendaron el clima de Ávila y comenzaron a veranear en esa ciudad. Allí es donde se conocen, en un festival taurino en el que mi padre toreaba y le brinda el toro a mi madre. Por eso, cuando mi padre me dice que no toree hay gente que piensa que es por la política, pero no. Es porque sabe lo mal que se pasa en un ruedo».

El traje de la pedida

Otra de las anécdotas que el hijo recuerda con cariño es la petición de mano de su madre, allá por el año 59. Su abuelo materno era un hombre muy respetado y conocido en Madrid. Fue tesorero de la Asociación de la Prensa y vicepresidente de la Empresa Municipal de Transporte. «Mi padre ya estaba en una situación económica un poco mejor, había entrado en contacto con Fernando Herrero Tejedor, que fue gobernador civil de Ávila. Luego empezó a trabajar con él en Madrid y a cobrar un sueldecito, aunque tenía lo justo. Por supuesto, no tenía para comprarse el traje de pedida y fue Fernando Alcón, su amigo de Ávila, quien se lo prestó. Pero este amigo era más grueso y más bajo que mi padre, con lo cual el traje no acababa de estarle muy allá que digamos. Pero el hombre encontró una postura, sentado, así un poco retorcido, en la que el traje le estaba que ni pintado, y creo que se pasó toda la pedida en aquella postura ante la irritación de mi madre. Y en aquel momento le dijo mi padre a mi abuelo una frase que ha comentado mi madre toda su vida: "Don Ángel, sepa usted que tiene ante sí a un hombre con un presente francamente pobre, pero no se preocupe porque tiene también ante usted uno de los futuros más brillantes de este país"».

Empieza a prosperar

«Y es que mi padre fue muy osado siempre, era un hombre con una enorme confianza en sí mismo y en su capacidad de trabajo. Y eso fue lo que le dijo, y eso fue lo que hizo. A partir de ahí empezó a prosperar y con su trabajo y su esfuerzo llegó a lo más alto de la política española».

En su época de gobernador de Segovia, Adolfo Suárez conoció al entonces Príncipe Don Juan Carlos, enviado por Franco para que entrara en contacto con personas claves para el futuro político de España. «En aquel momento, años 68-69, es cuando se forja esa gran amistad que hay entre el Rey y mi padre, y cuando mi padre le explica con mucho detalle cuál es el futuro que él ve para España. Y el futuro que ve para España es el que el día 3 de julio de 1976 Su Majestad le dice a mi padre: "Adolfo, en el año 68 escribiste esto en un papel: pues toca ponerlo en marcha". Todo se había cumplido. Por eso, cuando hablan de la improvisación de la Transición, a mí me da cierta risa, claro».

La tienda de neveras

Ya como presidente del Gobierno, Suárez vivió algunas anécdotas curiosas surgidas de su pasado. «Durante esa etapa difícil de mi padre en Madrid, un empresario -el dueño de la tienda de neveras- se portó mal con él, le despidió con cajas destempladas y fue especialmente cruel. Curiosamente, pasaron los años y un día en Moncloa hubo una reunión de empresarios con mi padre, ya presidente del Gobierno. Y entre aquella representación de empresarios había una persona a quien al terminar la entrevista le pidió que se quedara. La primera pregunta que le hizo mi padre fue: «¿Usted no se acuerda de mí?». «No, señor presidente, que yo sepa, no nos conocemos». «¿No se acuerda usted de un chaval de 23 años al que usted despidió y trató francamente mal?». Él no reconoció en Adolfo Suárez a aquel chaval, sí se acordaba de la situación, y se quedó blanco. Lo que mi padre le dijo fue que, por supuesto, no tendría en cuenta aquella situación del pasado, pero que sí le recomendaba que en el futuro no hiciera el mismo daño que hizo gratuitamente».

La muerte de los amigos

Adolfo Suárez Illana recuerda también la muerte en accidente de tráfico de uno de los mejores amigos de su padre. «La vez que más he visto llorar a mi padre fue en la muerte de Fernando Herrero; estuvo abrazado a su traje negro tres días en su habitación. Nunca podré olvidarlo... Yo creo que es el hombre que más ha querido jamás. Y luego a Manolo Gutiérrez Mellado, uno de los pocos militares que supieron confiar en mi padre y que apostaron por él. Fue un hombre absolutamente leal y supo jugarse el prestigio y su nombre en las Fuerzas Armadas para sacar adelante a España».

Suárez Illana insiste en que aunque el Rey Don Juan Carlos y su padre son los grandes protagonistas de la Transición, hay otras muchas personas, como Gutiérrez Mellado, que fueron claves en aquel momento político por su lealtad y su trabajo. «Otro, y lo digo sin ningún tipo de rubor, es Santiago Carrillo. Mi padre y él mantenían unas magníficas relaciones. Santiago era un personaje que, al margen de las diferencias políticas y de las historias vitales de cada uno, era un hombre que en la época de la transición se portó con generosidad, con altura de miras, sabía cuál era el papel que le tocaba jugar y lo desempeñó con absoluta lealtad a la Nación. Él encuentra en mi padre a una persona que le merece respeto y confianza, a quien no traiciona en ningún momento»...

Cinco hermanos

Pero volvamos a la historia privada. Adolfo Suárez y Amparo Illana se casaron en 1961. El primer hijo, varón, murió casi inmediatamente, en el parto. Luego vinieron Mariam, Adolfo, Laura, Sonsoles y Javier. Y después nació otra niña, que murió al mes de nacer. «Es curioso, este es uno de los motivos por los que yo he visto a mi madre llorar por las esquinas durante toda su vida. Está enterrada en Ávila y mi madre siempre, siempre, llevó clavada esa espina de mi hermana pequeña».

En 1993, su hermana Mariam cae enferma y la familia abandona toda actividad para dedicarse en cuerpo y alma a su recuperación. Se comenta que la familia Suárez se arruinó con los gastos de su enfermedad. «Las enfermedades de mi madre y de mi hermana exigieron presupuestos importantes y mi padre no tuvo ningún inconveniente en hacer frente a su desembolso sin hacer el más mínimo aspaviento. Los demás no nos enteramos hasta bastante tiempo después de cuál era la situación real, que era bastante difícil, pero que mi padre supo llevar sin ningún tipo de pena y ni siquiera nos lo comentó. Al contrario: ante cualquier gasto que hubo que hacer él siempre estuvo de acuerdo y diciéndonos que nos animáramos, que no nos preocupáramos, que aquello iba bien. Esta circunstancia unió aún más a la familia. Como toda situación difícil, aquello supuso para todos nosotros una bendición de Dios y muchas situaciones de enorme felicidad para la familia. Nos ayudó a sacar lo mejor que había en cada uno de nuestros corazones y lo que me queda es recordar que fuimos capaces de hacerles un rato felices».

El libro de Mariam

Mariam Suárez reflejó en un libro su lucha contra el cáncer: «Yo no he sido capaz de leer ese libro de mi hermana... Empecé con el prólogo de mi padre y se me nublaba la vista... y no lo he visto, pero han dicho que es divertido. Y un día, en una de mis visitas a los pueblos de Castilla-La Mancha, según me bajo de la furgoneta, se me agarra una señora del cuello y me dice: "¡Hombre, es usted el de las bragas!". Señora mía, ¿qué me dice usted? "Sí, sí, tú eres el de las bragas; tu hermana, en su libro, cuenta que tú eres el de las bragas". Y yo me dije: ¡ay Dios mío, ha contado lo de las bragas! Cuando llegamos a Estados Unidos a hacer el trasplante de médula había un protocolo que seguir y que incluía un punto que decía: tiene usted que venir con veinte bragas limpias, sin costuras, nuevas, pero lavadas tres veces antes, secadas de forma independiente e introducidas cada una en una bolsita sellada. Lo echamos a suertes y me tocó a mí, por eso yo era el de las bragas para aquella señora».

Mariam falleció el 8 de marzo de 2004, a los 41 años, tras varias años de lucha contra el cáncer. Tres años antes, el 17 de mayo de 2001, había fallecido Amparo Illana, a los 66 años, como consecuencia de la misma enfermedad.