23-F: Adolfo Suárez, a pecho descubierto contra Tejero
Adolfo Suárez, tras la intentona golpista en el Congreso de los Diputados

23-F: Adolfo Suárez, a pecho descubierto contra Tejero

Suárez defendió con valentía su «obra política» frente a la intentona golpista

F.D - IRIBARREN
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Adolfo Suárez y una parte de la jerarquía militar nunca se llevaron bien. El carismático político de Cebreros supo meterse en el bolsillo a más de medio mundo, del Rey abajo: consiguió aunar esfuerzos para hacer la Transición, se entendió con adversarios políticos muy diferentes a él y convenció de sus proyectos a la amplia mayoría de la sociedad española. Pero el estamento militar, quizá su talón de Aquiles, se le resistió.

El 23 de febrero de 1981, a las 18:23 horas, doscientos guardias civiles dirigidos por el teniente coronel Antonio Tejero Molina irrumpieron en el Parlamento. Habían venido en autobuses alquilados. «¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo!» Suárez hizo caso omiso. Cuando su vicepresidente, el general Manuel Gutiérrez Mellado, se levantó para forcejear con los intrusos, Suárez se levantó para ayudarle. Y cuando las metralletas empezaron a escupir chorros de fuego, el presidente volvió a sentarse en su escaño. Al presidente dimisionario, que intentaba pasar el testigo del Gobierno a Leopoldo Calvo-Sotelo, el golpe no le cogió por sorpresa.

Temores fundados

Suárez lo había advertido en público y en privado. El día de su dimisión, el 29 de enero, había expresado ante la cámara su deseo de que el sistema democrático de convivencia no fuera «una vez más, un paréntesis en la historia de España». En los círculos más altos de poder se había opuesto firmemente al nombramiento del general Alfonso Armada como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. «No descarto que haya un golpe de Estado. Y si lo hay, Armada habrá sido su inductor», le dijo a su exdirector de gabinete Alberto Recarte el 22 de febrero, víspera del golpe.

Hacia las 20 horas Tejero sacó del hemiciclo a Suárez, Gutiérrez Mellado, Rodríguez Sahagún, Felipe González, Alfonso Guerra y Santiago Carrillo. Los recluyó en una dependencia aparte, donde todos temieron por su vida. A Suárez le aislaron en la Sala de Ujieres, custodiado por tres guardias civiles, a los que intentó convencer de que su intentona estaba condenada al fracaso. En un momento dado, Tejero le encañonó el pecho. Suárez dio un paso adelante y, mirándole a los ojos, le espetó: «¡Cuádrese!». Tejero, tras unos tensos instantes, bajó el arma.

El ruido de sables fue una constante en la Transición. La crueldad indecible del terrorismo de ETA y la fuerte crisis económica fomentaban un caldo de cultivo peligroso para la todavía reciente democracia. Algunos miembros del Ejército, acostumbrados a cuarenta años de gobierno militar, miraban con recelo las reformas de Suárez y vieron con malos ojos la legalización del Partido Comunista. Una de las claves de la asonada pudo estar en que un sector se sintiera traicionado por esta legalización, realizada el 9 de abril, Sábado Santo de 1977. El motivo es que entendían que en una reunión entre Suárez y treinta altos mandos militares de los tres ejércitos en la sede de la Presidencia del Gobierno, en el Paseo de la Castellana, 3, el presidente les había asegurado que los estatutos del PCE no permitirían su legalización.

Precisamente a aquella reunión asistió el vicepresidente para Asuntos de la Defensa, el teniente general Fernando de Santiago. Pocos días después, De Santiago y Suárez mantuvieron una fuerte discusión a propósito de la reforma sindical, que abría las puertas a CC.OO. y UGT. El diálogo ilustra el inevitable choque entre poder civil y poder militar: «Te recuerdo, presidente, que en este país ha habido más de un golpe de Estado». «Y yo a ti te recuerdo, general, que en España sigue existiendo la pena de muerte». El 23-F fue el momento álgido de este choque, el último acto -irresistiblemente real- de la Transición. El Rey ordenó y Suárez se salió con la suya.