Jean-Claude Juncker: Un veterano conocedor de los entresijos de Bruselas
El ex primer ministro de Luxemburgo Jean-Claude Juncker - efe
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Jean-Claude Juncker: Un veterano conocedor de los entresijos de Bruselas

El veterano dirigente democristiano de 59 años ha dirigido 20 años el país más rico de la UE

enrique serbero
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La escena en la que Jean-Claude Juncker, cuando era presidente del Eurogrupo y España estaba pasándolas tiesas en plena tormenta financiera, le apretaba el cuello al ministro Luis de Guindos, es probablemente la imagen más conocida en España del que ahora ya es el candidato popular a la presidencia de la Comisión Europea. La fotografía no le hace justicia. Primero porque terminaba con un abrazo amable con Guindos. Pero sobre todo porque durante aquellos meses Juncker era la cara visible de la política que se tradujo en los recortes en pleno colapso de la economía española, cuando lo cierto es que estuvo siempre entre los que apoyaron que a nuestro país se le diera más tiempo para cumplir sus obligaciones de reducción del déficit.

No es seguro que este veterano dirigente democristiano de 59 años que ha dirigido durante casi dos décadas el país más rico de la UE hubiera sido el candidato ideal para España en otras circunstancias, pero si ha ganado esta elección ha sido sobre todo al apoyo conjunto de los delegados alemanes y españoles.

Acostumbrado a hacer valer sus intereses y aprovechar sus cualidades viniendo de un país minúsculo, se cuenta que en una reunión tuvo la audacia de decirle al entonces líder chino Hu Jintao: «Usted y yo, juntos, representamos a más de mil millones de personas», una anécdota que refleja bien su carácter vivo y agudo. Ha perdido la presidencia del Gobierno de Luxemburgo no porque sus seguidores le hayan dejado de votar, sino porque sus socios de coalición le han abandonado para formar una inédita coalición con liberales y verdes. Y si no fue presidente de la Comisión en 2004 fue precisamente porque los votantes luxemburgueses le acababan de elegir haciéndole prometer que no se iría a Bruselas. Ahora ya ha dicho que no se presentará a las elecciones al Parlamento europeo el 25 de mayo, porque los resultados podrían tener un efecto desestabilizador en Luxemburgo.

Durante los últimos meses se han revivido ciertas campañas que le acusan de estar demasiado apegado a la costumbre de tomar una copa después de cenar. Desde luego no es un hombre sobrio, y en las cumbres, algunos de sus colegas (sobre todo Angela Merkel y la lituana Dalia Grybauskaita), le echaron en cara que no respetase la prohibición de hacerlo en el edificio del Consejo. Pero en las grandes reuniones que se prolongan hasta altísimas horas de la madrugada (protagonizó un pulso épico como presidente de turno contra el británico Tony Blair en la discusión del presupuesto europeo) ha estado siempre a la altura de las circunstancias. Conoce mejor que nadie todos los resquicios de las instituciones europeas y por eso sabe que como residente de la Comisión tendrá que prepararse para un cambio de vida.

Ser primer ministro de un país rico de medio millón de habitantes no debe ser un trabajo estresante, y, como se le ha dicho alguna vez, «a las 11 de la mañana ya habrá resuelto todos los problemas del día». En Bruselas no va a ser lo mismo.