Desde la polémica que generó al lucir escote en la Ópera de Oslo, Merkel se refugia en el traje chaqueta pantalón
Desde la polémica que generó al lucir escote en la Ópera de Oslo, Merkel se refugia en el traje chaqueta pantalón - reuters
la estética de la política

Dime cómo vistes y deduciré a quién votas

Cada vez hay menos diferencias entre los atuendos de los políticos, aunque aún se significan por varios detalles

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Dime cómo vistes y te diré a quién votas. El titular es un plagio de uno de los epígrafes contenidos en el libro «Política y Moda» que la periodista Patrycia Centeno publicó en 2012 (Editorial Península) y en el que de forma holgada analiza la indumentaria como herramienta de comunicación política y su evolución a través de los años. Destacan los expertos en asesoría de imagen y protocolo consultados por ABC.es que, también en el terreno político, como en el de las tribus urbanas y la apariencia del ciudadano en general, detrás de cada estética hay una ética y con cada ropaje elegido se quiere desplegar unos valores y una ideología definida. Así que ni Mariano Rajoy, ni Rosa Díez, ni líderes sindicales, como Ignacio Fernández Toxo, pueden escapar de esta proyección de lo externo directa a las retinas del personal.

En su completa radiografía, Centeno avala que la tónica más extendida es que los políticos en España «suspendan» en cuestión de imagen. Los motivos son varios y los expone en el capítulo referido: «En indumentaria, el dicho popular que acusa a los políticos de ser todos iguales encuentra una sólida base». Se alude al hecho de que hoy no existen «diferencias en impacto visual» entre unos y otros y pone como ejemplo una reunión de patronal y sindicatos, en las que se mezclan unos y otros sin distinción. Falta identificación con el cargo y la ideología, considera la autora. Unos y otros visten igual, desdeñando el hecho de que el vestuario es una forma más de buscar la identificación con los espectadores, y votantes a la sazón. Ya no existen distingos radicales y se obvia que todos vestimos para «externalizar una estética, una ideología y un mensaje». En las últimas décadas, «el afán es crear arquetipos llanos, se han aplastado tanto las formas de vestir llamativas como las palabras o mensajes diferentes».

Y señala la periodista gallega ese detalle cronológico porque, remontándose en el tiempo, constata que no siempre ha sido así. En su recorrido evolutivo, traza cómo en cierta clase política nacida de la Transición española se utilizó la vestimenta «para encarnar la simbología de una sociedad que se abría a nuevos valores» y el cuello vuelto de cachemir del ínclito Adolfo Suárez puede ser un botón de muestra. En los 80, la ideología se plasmó más bien en la elección de los tejidos. En este aspecto, todo el mundo recordará la identificación de la izquierda de Felipe González con la chaqueta de pana y apareciendo en sus mítines a camisa abierta y cazadora, «a lo que añadía una bufanda o un tractor desde el que hablar» (bromea Centeno en la página 36 de su publicación); o incluso también, los afamados jerséis de lana que cosía a su esposo Josefina, mujer de Marcelino Camacho, el fallecido diputado comunista por Madrid y primer secretario general de CC.OO. Se comulgase o no con sus ideas, se vinculaba directamente su imagen a unos «colores» determinados. La conclusión es que hoy, sin embargo, se camuflan unos con otros y es «lo peor que se puede hacer» en términos de réditos de imagen, en su opinión.

Gloria Campos, directora general del Instituto Superior de Protocolo y Eventos de la Universidad Camilo José Cela, ofrece el veredicto remozado. En su opinión, es más bien afortunado que se hayan «caído muchos estereotipos y prejuicios; ya no son válidas ciertas analogías de principios de la democracia, ni pueden patrimonializarse ciertos símbolos o estilos de vestir y peinarse, que quedan para políticos desfasados». No obstante, sí ve positivo que haya mandatarios como Angela Merkel que aprovechan otra circunstancia para destacar y significarse: «Si se trata de un evento, como sucede en las fotos de familias de mandatarios [en las cumbres europeas, verbigracia] donde la mayoría de los políticos pasan totalmente desapercibidos o en eventos donde desconocen la puesta en escena se corre el riesgo de que el político acabe "empastado" en el color de fondo». En ese caso, Merkel se pone una chaqueta sastre en color llamativo y focaliza todas las miradas, en medio de hombres vestidos con traje y corbata, normalmente en tono azul marino o gris oscuro. Sería la excepción que expone Campos, pues para ella, «salvo que la circunstancia requiera lo contrario, ante la duda, menos es más, y el recurso con el que el político no falla es la vestimenta minimalista en tonos poco llamativos».

Errores frecuentes en la piel política

Para Centeno, hay otros errores que atañen al género. «Si al hombre se le impide que abandone la corbata, a la mujer política se le recomienda, aún hoy, que disimule su condición de fémina». Prosigue: «En su camino al poder, ellas han encontrado dos formas de encarar el problema: intentar pasar inadvertidas y emular el uniforme de sus compañeros o reivindicar el vestuario femenino y ni en uno ni en otro caso, se libran de juicios». Siempre más expuestas a la charlatanería pública que ellos, analizando el fondo de armario de nuestras representantes públicas en la actualidad se puede decir que cada vez se las ve más desenfadadas en cuestión de estilismos. Siguen apostando por formas sobrias, pero combinan cada vez con mayor indisciplina y arbitrariedad los trajes pantalón, con faldas y vestidos. No rigen formas cerradas, son cada vez mujeres que con su ropa se tornan pegadas a la rutina y a las marcas y formas que elige el común de las féminas para su cotidianidad.

Antaño, y también es una generalización extraída de las aseveraciones de los expertos consultados, las políticas de la derecha se regían por formas clásicas, con algún toque de modernidad como en los complementos, y eran las de izquierda las que se atrevían a formas más arriesgadas. Un ejemplo de ello era la exvicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, con su corte de pelo característico, sus tonos ácidos para las ropas y detalles siempre conjuntados a la perfección. Curiosamente, ha modulado su estilo al salir de la primera línea de la refriega política, lo que hace pensar que usaba ciertamente su vestuario como forma de captar la atención de la sociedad que la veía cada viernes en la sala de prensa de La Moncloa. Apostaba. Hoy, son dirigentes como Elena Valenciano o Rosa Díez (fuera de nuestro país, Centeno cita a Ségolène Royal) las que abogan por enfundarse alguna vez ropas más desenfadadas, o tintes en el pelo más innovadores, aunque en general también la izquierda del arco político tiende a refinarse y conjuntar complementos como la derecha, que no se representa tampoco en las perlas al cuello ni complementos de oro, ni trajes de chaqueta ni cortes de pelo tan conservadores como otrora se asociaba, por ejemplo, a Alianza Popular, luego PP.

Agrega Campos que ellas yerran a veces en el exceso de abalorios o en colocarse uno muy llamativo que distrae de su estética y de los mensajes que está pronunciando.

Escándalos por incongruencia en el vestir

Los «escándalos estilísticos» llegan cuando el representante político no sabe ligar su cargo a su vestuario; en palabras de Centeno, «no surgen por escoger una camisa u otra, sino porque la camisa no case con su puesto» de influencia pública. Graves equivocaciones que se han saldado con una crítica común han sido el cinturón de la lujosa firma Hermes que lució Zapatero cuando la crisis ya era indisimulable; o el reloj Rolex de un líder sindical como Cándido Méndez (UGT) y la bufanda de la ostentosa firma británica Burberry con la que apareció en diciembre de 2010 otro como Fernández Toxo (Comisiones Obreras) y el pañuelo palestino en tonos lilas que llevó en una intervención de María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP. «Tiene que haber coherencia entre ideas e imagen, aunque sea sutil», pero el ojo público también se queda en los detalles que evidencian o inciden en la tendencia ideológica del cargo. Estas incongruencias reciben la condena popular. «Sigue provocando cierta animadversión que un representante de la izquierda vista con telas atribuidas al señorío y cierto recelo que la derecha se acomode en la informalidad de la clase obrera», reseña Patrycia Centeno.

A lo que Campos recomienda también, como consejos que pueden escuchar asesores de imagen y asesorados, que «el político debe encontrarse siempre cómodo con la ropa que viste. Es mejor desechar una corbata o una camisa por mucho que les digan que es lo más adecuado si les hace sentir incómodos porque se notará». «El vestuario debe elegirse conforme a la corpulencia y tipo de cuerpo; no parece lógico que si se tiene unas caderas anchas se elija una falda estrecha de tubo o si uno tiene piernas no muy largas y estatura estándar se elija una chaqueta de corte largo porque le hará parecer más bajito, incluso patizambo. En definitiva, se debe llevar una vestimenta que sea segunda piel y no distraiga del mensaje que se quiere comunicar», afirma la especialista.

Por otra parte, llevar un estilismo sencillo no impide combinarlo con toques de personalidad, por ejemplo, destaca Campos las gafas de pasta que tanto ha popularizado Josep Antoni Durán i Lleida, o los toques dados por Esperanza Aguirre en algunos de sus comentadas vestimentas, como la de las estrellas de la Comunidad de Madrid. El consejo final: «Es posible ser sencillo, vestir con equilibrio sin restarnos personalidad», remacha la directora del Instituto de Protocolo y Eventos. Recuerda, por último, que los políticos no deben olvidarse que también son garantes de la marca España y es aconsejable, sobre todo en actos internacionales, vestir prendas de diseñadores nacionales y alternarlos.

¿Cómo identificamos a los miembros de cada partido?

Y llega la madre del cordero, cómo los identificamos entonces, porque a fecha de hoy, no hay diferencia. El político del PP ya no puede ser ridiculizado con el arquetipo de los protagonistas del vídeo «Amo a Laura» con raya al lado, jersey anudado al cuello y/o corbata. La pana y el puño en alto ya no encajan. No todos los abertzales muestran un rapado de pelo particular, ni los dirigentes peneuvistas aparecen todos vestidos como José Antonio Ardanza, siempre correcto, que cuando se despojaba del traje de corbata se representaba por su jersey formal de cuello de pico. En encuentros como la celebración del Aberri Eguna, todavía encontramos un amplio espectro de personalidades del PNV que se rigen por estos designios estilísticos.

Si escaneamos los adversarios políticos sentados en los escaños de las Cortes, y siguiendo los comandos incluidos en el libro «Política y Moda. La imagen del poder», cuesta discernir los clichés de color, tejido y peinado que tanto se esfuerzan en mitigar. Esos estereotipos perviven, más bien, en el inconsciente colectivo. En todo caso, tal y como se recoge en la página 38, «en general, la derecha viste de manera conservadora, se decantan por looks más recatados de líneas rectas, colores sobrios y declinan originalidades o las últimas ocurrencias del vestir moderno». Asegura John Carl Flügel en el libro «Psicología del vestido» que «los conservadores se acicalan de forma más parecida a los adultos y a menudo su ropa irá unos años por detrás de la moda del momento, manifestación simbólica de su apego al pasado». En el panorama nacional, Centeno destaca a Alberto Ruiz Gallardón, Iñigo Urkullu o Iñaki Azkuna o Durán i Lleida, que han logrado conservar en parte la apariencia impoluta con la que siempre se ha asociado a la derecha. Se visten con tejidos de calidad, aparecen bien peinados y con afeitados perfectos.

En las filas del primer partido (página 47) se encuentran prototipos que han sabido adaptarse a las nuevas tendencias, como el popular vasco Iñaki Oyarzábal, que acierta con su estilo «preppy casual», cada vez más adaptado a la elegancia «british». También el mandatario gallego Alberto Núñez Feijóo.

La izquierda ha cedido más en las formas

Fácilmente se advierte que la izquierda ha cedido más que la derecha en su adaptación indumentaria, coteja la autora, que continúa su diagnóstico: «A pesar de que la ruptura política conlleva generalmente una identificación con la ropa obrera o de trabajo, en esta búsqueda por ocupar el centro, la pana, la lana, las coderas, las greñas, la barba poblada, las rebecas, los jerséis, los tejanos... se extraviaron por el camino». Por eso sorprendió tanto Zapatero cuando en noviembre de 2010 apareció en una reunión con sus barones con una americana de pana lisa negra y un suéter de cuello vuelto gris. Y Tomás Gómez, un mes antes de las primarias socialistas en Madrid frente a Trinidad Jiménez, se permitió recuperar el estilismo «progre» popularizado por González y Alfonso Guerra como símbolo rupturista contra lo franquista en representación de la vieja guardia de Ferraz frente a la nueva denostada por Gómez.

La paleta cromática sigue siendo el estandarte de un partido. Los colores se han utilizado sempiternamente para diferenciarse, con el azul siempre alusivo a lo conservador y el rojo pasional a lo anarquista, comunista y grupos subderivados. En EE.UU., por ejemplo, es justo al revés de esta «regla», con republicanos que usan el color rojo y los demócratas, el azul. Ya dijo José Bono en su día que «los azules le sentaban mejor, los rojos, solo para la política» y hablaba, claro está, de los colores para el vestuario que más le favorece.

A ICV se le identificó durante una temporada con el verde oficial de su vena ecologista en el color del partido y el color de su indumentaria. Joan Saura, exconsejero de Interior del Govern de la Generalitat e Inma Mayol, exteniente de alcalde de Barcelona, apostaron por esta gama, aunque al entender de Centeno, no con mucho éxito.

El líder de IU, Cayo Lara, siente predilección por el morado republicano, pero ha aparcado parcialmente sus camisas de cuello mao y fulares. Y, enjuicia Centeno, «para combinación cromática freudiana, la de ERC, que durante la primera década de este siglo, no había republicano catalán que se resistiera a la pesadumbre de conjugar negro y marrón». Y todavía hoy, a Oriol Junqueras se le ve de esta guisa con frecuencia.

Al entender de la experta en protocolo Gloria Campos, hay que considerar que «existen cuatro paletas de colores, una para cada estación, y en función del color de la piel, los ojos y el cabello, favorece más uno u otro. Esta paleta influye sobre todo en la parte de arriba del cuerpo y si no se utiliza correctamente, se verán ojeras, arrugas, o como sucede con algún político destacado, cierta sensación enfermiza. Un ejemplo de la utilización adecuada de la paleta de color es la primera dama norteamericana. En España se va más al aire de cada uno», también en lo que respecta al peinado, puesto que, censura, «lo mismo ves una política cuyo pelo siempre parece recién salido de la peluquería, robándole sencillez, que los que nunca han entrado en una y se arreglan muy poco el cabello». Centeno y Campos coinciden en que «hay partidos, principalmente los que más se alejan de las opciones de centro, que quieren diferenciarse a través del estilo, como algunos dirigentes e IU que nunca llevan corbata, si bien cada vez hay mayor uniformidad en el resto de opciones» (en palabras de la segunda). Esto último se antoja la excusa perfecta para que el ciudadano piense que entre formaciones políticas no asoman divergencias. Reproduciendo a la fallecida Margaret Thatcher cuando mentó que «la misión de los políticos no es gustar a todo el mundo», puede reinterpretarse como moraleja que «basta con que los tuyos, los afines, sepan identificarte». El vestido y la palabra son las dos vías que tienen en su poder.