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Geohistoria y terremotos en España

Día 15/10/2013 - 11.17h
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Los 'temblores de tierras' y el qué hacer si brotaban eran temas de estudio en las escuelas y universidades hasta hace cien años

Geohistoria y terremotos en España
Terremoto registrado en Lorca en 2011. / Israel Sánchez (Ap)

La historia de España en los últimos siete siglos, está repleta de ejemplos de terremotos destructivos con intensidades por encima de VIII. Los “temblores de tierras” y el qué hacer si brotaban, eran temas de estudio en las escuelas y universidades hasta hace cien años. La cultura de la sismicidad es un fenómeno que no se ha actualizado como otros aspectos. Simplemente se olvidó.

Por ejemplo, en la zona pirenaica cuatro grandes terremotos con magnitudes 6 a 7 han impactado durante los últimos seis siglos. Estos eventos destructivos tuvieron intensidades de hasta IX, el último fue en 1750, hace más de 250 años. La ausencia de terremotos catastróficos en el último siglo se refleja en la falta de conciencia social de este peligro, y también en la escasez de investigación científica e importancia dedicada al estudio profundo de las estructuras sismogénicas, algo muy de actualidad en el Golfo de Valencia, tan sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.

Geógrafos e historiadores, pioneros en el siglo XIX y XX de la investigación sísmica y que impulsaron también la instrumental, han ido abandonando, o han sido apartados del estudio específico de los terremotos, pero no menos de las avalanchas y corrimientos de laderas, también de las inundaciones, tormentas o ciclones. Se ha producido una invasión en materias geográficas e históricas por parte de otros científicos ajenos a ese tipo de investigación, expertos en sus disciplinas pero sin buena metodología histórica, somos técnicos de la Física, Geología, Arquitectura, Ingeniería. El desenlace: grandes confusiones con muy bajo nivel en los resultados, unas pobres bases para hacer normativa y un coste económico y social que aún estaría por determinar.

Japón, probablemente el país más tecnológico de la Tierra, ha delegado en el estudio de la historia su particular y enérgica lucha contra la sismicidad, es el país del mundo que mejor la conoce, el que más veces se ha enfrentado a ella y ha tenido que mirar de frente su rostro amenazador. Quizás su contraparte europea sea Italia, ambos países ahora no apuestan sólo por la tecnología, la tienen casi toda, sino por recuperar la memoria; al primero, el más avanzado del mundo en la materia, el golpe fuerte le vino por el este, cuando todo el país se había preparado para recibir un impacto desde el norte. Si eso le pasa a Japón qué no podría pasar aquí. Ese detalle es el mejor reflejo del estado actual de esta ciencia.

A Italia, la amnesia sísmica le costó en abril de 2009 y en mayo de 2012 miles de millones de euros, centenares de víctimas, sectores arruinados, patrimonios demolidos, la tortura del olvido dejó paso a paisajes urbanos irrecuperables por décadas, quizás para siempre; l’Aquila, Ferrara, Módena, Finale, pagan las consecuencias de haber subestimado los seísmos de sus últimos 500 años. Se espera que en España hasta 2016 los desastres sísmicos directos supongan un coste de algo más de 500 millones de euros.

España fue pionera en Europa, Asia y América de muchas cuestiones relacionadas con la Tierra, su dinámica y nuestra interacción urbana para frenarla, hoy lo llevamos en nuestra genética cultural, aunque la debilidad política institucional no deje aflorar las históricamente brillantes ideas y posibilidades de a quienes ya se conocieron metafóricamente como los pertenecientes a "la cabeza de Europa". Ahora trabajan fuera de aquí, como consecuencia de ello comenzamos a pagar muy cara su ausencia. Parte de su (nuestro) legado en forma de tesis doctorales o estudios dedicados, avisaban de la presencia de fallas activas en zonas donde manipulamos demasiado el territorio. Una más de las consecuencias de nuestra fuga de cerebros, hay que identificar y asumir nuestros errores para poder subsanarlos. Mirar hacia otro lado nos hace cada vez más débiles.

El investigador de la sismicidad histórica es un geohistoriador, debe tener muy claros los sistemas de búsqueda y las fuentes, la heurística, y así, una vez disponibles los datos, podrá operar con juicio interpretativo (hermeneútica). Es la base de una normativa sectorial que volvemos a comprobar deficiente, de ello van a depender las construcciones de embalses, centrales energéticas, nucleares, pozos de inyección. No es el momento de buscar culpables respecto de nuestros últimos terremotos con impacto en el medio humano, es el momento de cambiar de actitud, de aceptar que somos capaces de generarlos, de prepararnos ante su golpe mucho mejor de lo que estamos.

Tan sólo en el siglo XIII sucedió lo que ha pasado entre el XX y lo que llevamos de XXI: vivir nuestro devenir sin terremotos destructivos, es el lapso de tiempo más largo de nuestra historia en que estos fenómenos nos han dado una tregua. Pero la realidad histórica ha sido otra: al menos catorce terremotos muy destructivos han golpeado nuestra piel de toro en los seis últimos siglos, ninguno en el siglo pasado ni en el presente (ni siquiera Lorca cuenta). Cuatro en el siglo XVI aún marca el récord, tres en el XIX. Debemos aprovechar los últimos acontecimientos sísmicos para rescatar la memoria y prepararnos, ya somos 47 millones y la amnesia sísmica es letal.

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