Los vecinos de Melide (La Coruña) acudieron a votar a una antigua escuela
Los vecinos de Melide (La Coruña) acudieron a votar a una antigua escuela - EFE
Elecciones Generales

Elecciones 2019La España vaciada cambia la papeleta azul por la roja

La tónica se invierte en las provincias rurales y despobladas, donde se desploma Podemos, Vox no tiene peso y Ciudadanos golpea con fuerza

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MadridActualizado:

La vida sigue igual en provincias. Pero al revés. La España vaciada, rural, despoblada o interior, como la prefiera llamar cada uno, dictó sentencia y le otorgó su confianza al PSOE para quitársela al PP. Nada nuevo bajo el sol en las localidades más olvidadas por los sucesivos gobiernos, donde se ha repetido el patrón que allí impera: el partido que gana las elecciones también lo hace en las circunscripciones pequeñas.

En las provincias con cinco o menos escaños en juego, dejando al margen a Ceuta y Melilla, se disputan 101 diputados, que en esta ocasión se han repartido de la siguiente forma: 42 para el PSOE, 27 para el PP, 20 para Ciudadanos (Cs), 4 para Unidas Podemos, 2 para Vox y 6 para otras formaciones. Este esquema refrenda el vuelco, ya que en 2016 la situación fue opuesta, cuando el PP -con 51- se impuso al rebufo de la victoria de Mariano Rajoy y el PSOE -con 29- tras el descalabro de Sánchez, quedó muy por detrás.

La papeleta azul ahora es roja pero, más allá de la histórica pugna entre socialistas y populares, destaca el golpe sobre la mesa de Cs. La fotografía de Albert Rivera subido a un tractor hizo reír a muchos cuando, en precampaña, el partido llamó a filas a los suyos para pelear por el voto más allá de las grandes capitales, su feudo habitual. Y a Rivera, pese a que muchos le recordaron entonces que hace sólo cuatro años quería eliminar las diputaciones -puntal para la supervivencia del mundo rural- le ha salido bien la apuesta: Cs pasa de tener 3 diputados de 101 posibles en las provincias pequeñas a cosechar 20, contando con uno de los dos de su coalición en Navarra con UPN y PP. Una escalada que podría parecer poca cosa al compararla con los escaños que se disputan en provincias grandes como Madrid o Barcelona pero que ha desnivelado la balanza en dos sentidos. Por un lado Cs consigue 17 escaños que antes no tenía en territorios otrora imposibles para ellos y, por el otro, resta diputados al PP en unas circunscripciones que le eran propicias hasta el momento. Todo ello con el escándalo del pucherazo en las primarias de Castilla y León incluido.

Ni Vox ni Podemos

La sorpresa de Cs no lo es tanto al bucear en su estrategia en provincias. A lo largo de estos cuatro años, los de Rivera han dedicado parte de sus esfuerzos a expandir sus estructuras lejos de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla. Y el fruto llega ahora, cuando Cs ha rascado 7 escaños -tenía cero en 2016- en las circunscripciones de tres diputados, 6 escaños en las que reparten cuatro diputados -no tenía ninguno- y ha duplicado sus prestaciones en las de cinco: pasa de 3 a 7, incluyendo uno de los dos de la coalición con PP y UPN en Navarra. En el debe le queda Soria, la única provincia de dos diputados, donde PP y PSOE siguen fuertes y se reparten los escaños una vez más.

En el otro lado está Unidas Podemos, que se desploma en estos territorios. Pese a que su programa era el único en mencionar el problema de la despoblación de manera expresa, no ha sabido convencer a las gentes del mundo rural y la España interior. Los de Pablo Iglesias se dejan, con respecto a las elecciones de 2016, 11 escaños al pasar de 15 a 4. No le ha favorecido a la formación haber dinamitado sus puentes con los partidos de las convergencias, que les añadían algo de fuerza en unos territorios donde no tiene ninguna implantación.

Y no es ninguna tontería. Tener sedes en la máxima cantidad de localidades posibles en los territorios de la España vaciada es sinónimo de éxito o, al menos, lo facilita mucho, ya que permite hacer listas en pueblos y municipios pequeños cuyos votos, aunque no sean tan mediáticos como otros, también suman. Este problema, igual que en Podemos, lo tiene Vox, la única diferencia es que los de Iglesias no han sabido traducir su mayor trayectoria política en estructuras sólidas más allá de las grandes provincias.

La formación de Santiago Abascal, como buen partido emergente, es lógico que apenas tenga implantación en provincias. Su aparato es todavía muy pequeño y su mensaje no ha llegado a la España despoblada. Además, las redes sociales han jugado un papel fundamental en su estrategia electoral y a nadie se le escapa que el votante rural está mucho más envejecido que en los grandes núcleos urbanos.

Tampoco ha hecho mella en la España despoblada el discurso, centrado en la defensa de la tauromaquia y la caza, empleado por Vox. Esos no son los problemas en estas zonas, donde lo que sus habitantes reclaman son autovías, trenes de este siglo, médicos que quieran pasar consulta en sus hospitales o profesores para unas escuelas rurales que cierran una detrás de otra. Seguro que no pasó inadvertida para los más estudiosos de los programas en estas provincias la intención de Vox de unificar los ayuntamientos de los pueblos pequeños, lo que en la práctica se traduce en una sentencia de muerte para las localidades afectadas.

Obligados a cumplir

La España despoblada vuelve a firmar un contrato en blanco, esta vez nuevamente con el PSOE, que ya ha fallado -igual que el PP- en no pocas ocasiones a las gentes de estas provincias y que se juega nuevamente su confianza justamente en el momento en que el problema de la desigualdad entre territorios está más presente que nunca en la arena mediática. De igual modo, la España rural da un voto de confianza a Cs que, sin el lastre que arrastran PP y PSOE a base de contratos ferroviarios sin ejecutar o partidas presupuestarias de nimia cuantía, tendrá que cumplir y demostrar que su apuesta por estas zonas va más allá de una maniobra electoralista para ganar presencia en Madrid.

El PSOE, después de este espaldarazo, se juega mucho con las gentes de la España vaciada, esa que ya se ha cansado de ser la gran olvidada cuando año tras año toca hacer los Presupuestos; donde sus habitantes tienen que hacer kilómetros, por carreteras de segunda y bordo de ambulancias, para recibir la quimioterapia; la que ve el AVE en las películas; cuenta por miles a sus jóvenes cuando tienen que emigrar para estudiar o encontrar trabajo; y a la que ni siquiera se le pasa por la cabeza ponerse un lazo amarillo en la solapa de la chaqueta pese a todo lo anterior.

Como escribió Antonio Machado, «la tierra no revive, el campo sueña». Ahora sólo falta que los políticos cumplan su palabra y materialicen los sueños de los españoles olvidados.