Pablo Casado durante el mitin celebrado ayer en un cigarral de Toledo
Pablo Casado durante el mitin celebrado ayer en un cigarral de Toledo - EFE
Elecciones Generales

Casado, énfasis cero

El líder del PP es un orador notable. No es que no lea nada, es que ni lleva guion como evidenció ayer en un cigarral de Toledo ante unas 400 personas. No enfatiza. Tampoco aburre a las marmotas

Campaña electoral: últimas noticias de las elecciones generales en directo

Sigue las elecciones generales en directo

ToledoActualizado:

El taxista que me lleva al Cigarral se muestra sorprendido: «¿Un mitin, dice usted? Pues sí que deben de tener pasta ésos del mitin». «¿Caro?», pregunto con desgana. «¿Caro, dice usted? ¿Cómo que caro? El que más. En ese sitio es donde se hacen las bodas de más postín… ¿Y de quién dice usted que es el mitin?» No lo he dicho. Dejo caer el nombre de Pablo Casado. El taxista entona las maldiciones contra las VTC que me venía temiendo desde que me arriesgue a subir a él, porque a ver cómo narices iba a poder yo llegar, si no, a aquel lugar tan bucólico en el fin del mundo. «Pues sí que les va a salir por un ojo de la cara para los cuatro gatos que caben ahí. Ya se ve que de pelas van sobrados». Guardo silencio: el debate no me concierne. Él sigue: «Por aquí, ¿sabe?, hay colegas míos que han puesto publicidad gratuita de Podemos en sus taxis. Yo no lo hago, porque el de la coleta me revuelve el estómago. Pero, la verdad es que son los únicos que nos han apoyado». Estoy tentado de aclararle que no son «los únicos», sino «las únicas». Por si acaso, me abstengo. Nunca se sabe.

Llego. Demasiado pronto. Por la disposición de los currinchis que machihembran cables, deduzco –tengo el día brillante– que el mitin será al aire libre, en torno al estanquito con figurilla danzarina: una monada. En torno a él, sillas de plástico blanco, alineadas con mimo. Cuento unas cuatrocientas. Tampoco está tan mal. A espaldas del atril, se abre Toledo como un milagro pictórico.

Podría ser idílico ese paisaje. Si no hiciera tanto frío. Por fortuna, yo soy un tipo cauto y he arramblado con mi uniforme de esquimal. Pero no hay uniforme que abola del todo el frío castellano. A las 11 de la mañana, los asientos están totalmente ocupados. A las 11.30, los jardines que los rodean tienen la compacidad de una lata de sardinas. A las 11.45, reparto de banderas. De España las más; también, en proporción 1/3, azules del PP. En irreprochable plástico todas: que se vayan chinchando los plastas de la ecología.

12.45. Llega la comitiva de Pablo Casado. Los seguidores se entusiasman como está mandado. Todos los entusiasmos son iguales. ¿Izquierda? ¿Derecha? Hace mucho que dejé yo de usar esas palabras. Una inercia empecinada perpetúa su uso. Pero desafío a que alguien distinga a entusiastas de uno u otro campo en el instante en el que irrumpe el líder. Y es que así somos los bichos humanos.

Los líderes locales

Los líderes locales hablan primero. Se les ve entusiasmados. El énfasis, en los segundos espadas, hasta tiene encanto. No lo tendría en el dirigente sobre el cual caerá la seca tarea de restablecer la racionalidad en una nación que vive inmersa en el delirio. Una exposición fría se exige hoy en política. Énfasis cero. Afecto cero.

Turno de Pablo Casado. Que arrostra el frío a cuerpo gentil con el único sostén de una bufanda y dice –tiene narices la cosa– que no hace frío. Casado es un orador notable. Sin ninguno de los vicios que cristalizaron en la pringosa retórica de las deidades de la Transición: aquellos provincianos incapaces de decir cuatro palabras sin leerlas y sin enfatizarlas hasta la náusea. Casado, no es que no lea nada, es que ni lleva guion. Y así, sin nada, expone con la seguridad de no apartarse una coma del recorrido verbal previsto. No enfatiza: y es eso una bendición para quienes aún evocamos, para vomitar, las pausas enfáticas de Felipe González. Tampoco aburre a las marmotas, arte en el cual Rajoy descollaba. Casado habla una lengua moderna y sin excesos. Debiera ser lo normal en un político. Y es rarísimo.

Sus contenidos se mimetizan bien con ese estilo. Dice cosas elementales. Tan elementales que sorprende que no hayan sido hechas. Por nadie. Un par de merecidos estacazos al Sánchez cuya excelencia en destrozar España merece ciertamente un subrayado. Ni siquiera en ese instante se permite Casado un perdonable énfasis. Es un metrónomo. Pasa por encima del Doctor monclovita, hace una reverencia a su alianza con esos golpistas catalanes que aguardan del socialista el indulto, y entra directamente en lo que cuenta. En lo que debiera contar: el bolsillo de los ciudadanos. O sea: bajada de impuestos, ayudas sociales contra el desfallecimiento demográfico, soporte primordial de las pensiones, unificación nacional del funcionariado, alivio a la presión sobre los autónomos… Su audiencia parece reconocerse en esa lógica. No es una audiencia ruidosa, pero asiente.

Sanidad

Viene después la reflexión sobre la sanidad, que se preveía el corazón del mitin. Zapatero quebró la sanidad pública. Apenas recuperada, Sánchez ha ido por el buen camino para volver a Zapatero. Las propuestas de Casado, las entiende su clientela: libertad de elección de médico y hospital, tarjeta sanitaria única en toda España, calendarios de vacunación únicos, ninguna barrera lingüística en los hospitales… Todo elementalísimo. Y dificilísimo, a causa de la demencia llamada España de las autonomías. Y un ejemplo demoledor: el fraude los 800.000 pacientes aparcados por Susana Díaz en las ocultas listas de espera de la sanidad andaluza.

Acaba el discurso. Énfasis cero. En su lugar, narración didáctica. Es un estilo ajeno a lo más convenido en los juegos providencialistas habituales. Fin de fiesta. «¡Viva el PP! ¡Viva España!» Himno nacional en silencio. Luego, paseo por el cigarral y fotos. Toledo en el horizonte. Tan pictórico.