Enseñanzas económicas de la Guerra Civil

España, a pesar de la política autarquizante, acentuada a partir de 1931, dependía del exterior. Perder eficacia con la puesta en marcha de utopías provocó un caos productivo

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Este LXXV aniversario del inicio de la Guerra Civil ha proporcionado una lógica corriente de literatura. En el terreno de la economía, creo que lo único que merece la pena, por ahora, es la aportación de José Ángel Sánchez Asiaín en el Congreso Internacional de Historia, Barcelona-Bellaterra. «La guerra de España en la guerra civil europea», celebrado el 5-8 de julio de 2011. Se tituló esta aportación, que tendrá que ser tenida en cuenta, porque está bien documentada, «Guerra Civil. La financiación de la sublevación».

Pero la base fundamental del triunfo del bando nacional sobre el republicano, en lo económico tiene, además una doble causa. En primer lugar la diferencia entre la eficiencia y eficacia de ambos sistemas económicos. El bando nacional hubo de reaccionar, al transformarse lo que era, en contra de lo programado, no un golpe de Estado —por cierto, recuérdese a Sánchez Albornoz y sus «Memorias», también se habían planteado en el ámbito republicano, y no sólo por los monárquicos, tras el caos originado por los gobiernos del Frente Popular— sino una guerra civil. Puso en acción un programa económico bélico típico de cualquier país occidental ante un planteamiento análogo: un fuerte intervencionismo, y ciertas alteraciones fiscales, pero manteniendo una economía de mercado. Tal planteamiento, a causa de valores patrióticos —recuérdese la expresión testamentaria famosa del empresario sueco Wallenberg, «¡Sobre todo Suecia!», tan estudiada en los análisis del «efecto sede» sobre la actividad económica— hace colaborar con mucha eficacia a los empresarios al surgir un auge temporal de la política intervencionista. Naturalmente, no cuando llega la paz. Toda tendencia anticapitalista, entonces en el ambiente, como consecuencia de la Gran Depresión, se liquidó. Lo sucedido, concretamente, con la eliminación «de facto» del mensaje del nacionalsindicalismo, se ha aclarado en las «Memorias» de González Bueno, Ministro de Organización y Acción Sindical de 1938 a 1939.

No sucedió así en el bando republicano. Desde el 18 de julio de 1936, saltó por los aires la economía de mercado, poniéndose en marcha una acción siempre antiempresarial, con modelos muy dispares además. Véase mi «Próleg» a la importante obra de Albert Pérez Baró, «Trenta mesos de col.lectivisme a Catalunya (1936-1939)» (Ariel, 1970), o lo que subyace en el abandono por Sardá del bando republicano y su paso al nacional tras lo sucedido con la culminación de los Acuerdos de S’Agaró. Muy tarde, el partido comunista intentó modificar esta realidad, pero fue ya imposible.

Lo peor para el bando republicano era que 1936 estaba sólo a 17 años de 1919, la Revolución bolchevique, y el mundo empresarial y capitalista extranjero, temió que esto saltase a España, con consecuencias peligrosísimas en una Europa sumida en la depresión. Por eso, desde la Texas a la Ford, desde el Midland Bank a prácticamente toda la Banca americana —ahí queda el testimonio de Gordón Ordás en el asunto de las compras de material bélico en Estados Unidos— fue clara la ayuda a Franco e inequívoco el rechazo al bando republicano. La dura persecución de la religión católica por parte de este sector español, ratificó este talante en el caso norteamericano.

España, a pesar de la política autarquizante, acentuada a partir de 1931 precisamente a causa de la Gran Depresión, no cuantitativamente, pero sí cualitativamente, como le gustaba señalar al profesor Torres, dependía del exterior. Perder eficacia con la puesta en marcha de utopías y chocar simultáneamente con el mundo capitalista internacional, provocó, por fuerza, un caos productivo.

La segunda causa económica de la forzosa victoria del banco nacional, fue el dominio del mar. Como suelo hacer siempre antes de dar mis clases de economía española, tomo el dato exacto de Ramón Tamames y su «Estructura Económica de España»: «Alrededor de un 90% del volumen de importación y el 70% de las exportaciones entran “en” o salen “de” España por vía marítima». Como señaló en 1939, con lógico orgullo, el almirante Moreno, gracias al dominio marítimo impuesto desde la batalla del mar de Alborán y del hundimiento del buque soviético «Konsomol», ni un solo buque que se dirigía a puertos del bando nacional tuvo el menor problema. En cambio, el bloqueo de los puertos republicanos fue implacable, con su corolario de presas, de hundimientos y, lógicamente, de ascenso vertical de los fletes. Cuando con estas bases, el Ejército Nacional aseguró, primero, el control de toda la frontera portuguesa y, después, en 1937, el dominio de la zona industrial Vasco-Cantábrica-Asturiana, la guerra estaba, en lo económico, decidida.