Víctor Ullate, director del Ballet Clásico Nacional: «He vivido, he sentido, me he elevado, no he tocado el suelo»

INÉS MOLINA
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«Siempre soñé con ser un gran bailarín. Siempre». Víctor Ullate (Zaragoza, 1947) contó desde el principio con la comprensión y apoyo de su familia. «Mi padre era una persona muy sensible: le gustaba muchísimo la música, tocaba la guitarra y el acordeón». Viendo a su hijo con seis años moviéndose al compás de cualquier acorde, decidió salir de dudas apuntándole a un curso para bailar la jota: «Tú quieres bailar, ¿no? Pues que me digan si vales». Al pequeño Víctor le gustó la jota, pero su pasión era el flamenco. «Soñaba con ser un Antonio».

Talento no le faltaba cuando, con apenas ocho años, la suerte vino a buscarle materializada en otro Antonio que entonces empezaba. «Yo pertenecía a un grupo de aficionados que hacía espectáculos de niños. Antonio Gades se acercó al teatro a no sé qué y me vio cantar y bailar». Como en una de las películas que tanto le gustaban, el bailarín habló con sus padres. «Les dijo: «Ustedes saben que tienen un hijo con mucho talento para el baile, ¿verdad? Tienen que llevarle a Madrid a una escuela de flamenco»». No era tan fácil, pero los señores Ullate tomaron buena nota y apuntaron a su hijo en la academia de baile clásico de María de Ávila.

Con 15 años, su ídolo, el gran Antonio, le vio bailar y le contrató. «Yo tenía muchas inquietudes: quería viajar a Londres, trabajar con otros profesores, ir a Dinamarca, a Nueva York con el Kirov...». Con él aprendió mucho hasta que su camino se cruzó con el de Maurice Béjart. De nuevo su talento cautivó a uno de los grandes, quien le hizo bailar entre bambalinas. Quince días después recibió una carta invitándole a formar parte de su compañía. «Estoy impregnado de recuerdos de aquella época porque es toda una vida. Desde los 17 años hasta los treinta y pico». Con él llega a lo más alto, e incluso le interpreta en «Gaité Parisienne», «un ballet que realizó para mí sobre su vida, en el que yo interpretaba al propio Béjart». Corría el año 78 y, presentando esta obra en Madrid, le ofrecieron la formación de la primera compañía de ballet clásico. «Fueron años muy duros porque no había medios. No podías traer bailarines de fuera, ni coreógrafos, ni nada». «Cuando los socialistas llegaron al poder decidieron quitarme de en medio». El responsable de su cese, cuatro años después, le concedió una pequeña ayuda con la que pudo crear su propio ballet. «Este año justo se cumplen veinte años de aquello». Antes había creado su escuela y trabajado en televisión ganando popularidad y miles de seguidores, y mucho antes había vibrado como sólo unos pocos elegidos pueden: «Yo he salido al escenario como una especie de pantera. He bailado, sin importarme un pepino si había 500 personas, 1.000 ó 200.000. Yo he vivido, he sentido, me he elevado, no he tocado el suelo».

Y tras una vida de sueños, grandes logros, decepciones y trabajo duro, ha llegado la hora de recoger frutos: en 1989 el Premio Nacional de Danza, en el 96 la Medalla de Oro de las Bellas Artes, en 2007 el Premio de la Fundación Autor o en 2008 el Max de Honor por su trayectoria, entre otros. Por si fuera poco, acaba de ser elegido director de la Compañía Nacional de Danza Clásica, una responsabilidad que tiene mucho de reconocimiento. «En estos momentos no puedo pedir más de lo que tengo. Es imposible porque lo tengo todo». «Para amar la danza hay que amar la vida porque todo se refleja a la hora de bailar»

«Eres un poquito pequeño», le dijo Maurice Béjart cuando le vio bailar con apenas 17 años. Ullate no dudó en responder al coreógrafo más grande del siglo XX: «Ya verá lo que este pequeño da de sí». Porque la confianza es una de las mejores armas de los grandes. Y las dotes. «Sí, pero el talento también se trabaja. Tú puedes nacer para un oficio, estar predispuesto para hacer una determinada carrera, pero si no tienes un buen maestro, nada. Nadie es autodidacta». «El maestro te tiene que enseñar no a mover una pierna o un brazo, sino el espíritu que puedes dar al movimiento. Yo siempre digo: «Hacer por hacer, no. Hay que tener alma para todo»».

Pero aún queda lo más difícil: «Sin disciplina no hay nada». «Es necesario descansar ocho horas y alimentarse bien para que la energía esté bien dosificada. Y hay que disfrutar de la vida. Si un fin de semana te bebes dos whiskies, no pasa nada. No hay que llevar una vida austera, ni estar sufriendo. Para amar la danza hay que amar la vida, porque todo se refleja a la hora de bailar».

«Ahora soy más paciente y conformado»

«Cumplir años te da una especie de asentamiento, te ayuda a ver las cosas de otra manera. Ahora soy más paciente y conformado». «La vida me ha enseñado a no ser un vegetal». Dos infartos, hace ocho años, cambiaron su orden de prioridades. «Cuando la vida te da palos te das cuenta de que en realidad no somos nada, de lo que podrías haber hecho y no has hecho, de lo que podrías haber sido y no has sido». «Ahora quiero tener más tiempo para viajar, para disfrutar de mis hijos y de mis nietos, cuando los tenga».

Penúltima parada: dirigir el Ballet Clásico Nacional

El pasado mes de diciembre, coincidiendo con el éxito de su último espectáculo «2 you, maestro», con el que celebraba 20 años al frente de la escuela de baile que lleva su propio nombre, Víctor Ullate fue nombrado director del Ballet Clásico Nacional. «Me siento muy halagado. Me ha causado un enorme placer ser la persona, digamos, mediadora para que este país tenga una gran compañía de ballet a la que puedan venir todos los grandes artistas que no han podido bailar en su país, todos los grandes creadores que tengan algo que decir». «Lo que más ilusión me hace es encauzar esta compañía y poder decir «aquí está» antes de dejar esta profesión. Esto es historia».