SEVERO OCHOA DESDE LA ECONOMÍA

JUAN VELARDE FUERTES
Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

El centenario del nacimiento de Severo Ochoa, uno de los escasísimos premios Nobel nacidos en España, obliga a pensar muchas otras cosas. Conviene puntualizar eso de nacido en España, porque me dijo en muchas ocasiones, en nuestros paseos por los alrededores de la Escuela de La Granda, donde convivimos muchos veranos, que, con todo el afecto que tenía a su país de nacimiento, el escoger la nacionalidad norteamericana no sólo lo había hecho por sus ventajas económicas y de investigación, sino porque aceptaba muy explícitamente todo lo que comportaba el ser ciudadano de los Estados Unidos.

Ahora, esta reflexión debe iniciarse con una referencia a algo que de él se desprende en parte no chica. Como consecuencia, según se contiene en el trabajo «Health is Wealth. Strategie visions for european health care at the beginning of the 21st century», impulsado por Félix Unger y efectuado por el European Institute of Medicine para la European Academy of Sciencies and Arts (Salzburg, 2005), los avances del pasado habían ya originado un alto grado de creciente envejecimiento. Pues bien; los progresos que se están haciendo a causa de las investigaciones en los campos en los que trabajó, y fue adelantado, el profesor Ochoa van a provocar que este grado de envejecimiento de la población aún se incremente más. Inmediatamente, desde el punto de vista de la economía, esto significa un reto muy notable al Estado de Bienestar europeo, y desde luego al español. Hay que indicar una y otra vez que lo que ha señalado en severa admonición el profesor Sala i Martín sobre esto no es ninguna vaciedad. También que el modelo Barea que se elaboró para la Fundación BBVA ahí está, y ahí permanece, y rehuir que el problema que se acumula es muy serio, si no se aborda adecuadamente, sería ridículo. Algunas voces en el Ministerio de Trabajo y en los estudiosos -en especial, un trabajo reciente de José Antonio Herce para FEDEA y sus declaraciones en «Capital», septiembre 2005- muestran que el avance en la esperanza de vida, bonísimo por sí mismo, en cuanto se relaciona con las pensiones, origina un problema que no se debe soslayar.

Existe otro. Recientemente han aparecido, como se dice en ese documento -y repitamos, en parte no escasa gracias al impulso de Ochoa, de su escuela y de estas líneas nuevas de investigación-, «progresos fantásticos en la ciencia médica... La tecnología genética y otras innovaciones actuales han cambiado por completo la imagen que la población tiene de la asistencia sanitaria». Efectivamente, «la predicción desempeña un papel importante por tener influencia en un comportamiento adaptado al riesgo y a la prevención de enfermedades... Una persona puede identificar sus riesgos heredados por investigación genómica, y las tecnologías modernas proporcionan indicadores prometedores para nuevos puntos de partida en la lucha contra enfermedades tales como la diabetes o los trastornos neurológicos... Para identificar predictores de otras enfermedades específicas- diferentes de las generadas por factores de riesgo bien conocidos, como una mala nutrición, el tabaquismo, el alcoholismo, la polución medioambiental y la falta de ejercicio-, es necesario realizar investigaciones intensivas a nivel molecular, complementadas por estudios clínicos en relación con los patrones de cumplimiento terapéutico y tolerancia de los pacientes». Piénsese, además, que «el requisito básico para el tratamiento es un diagnóstico exacto que comienza con la historia clínica y la exploración física del paciente para dar las primeras indicaciones. Luego se inician las exploraciones complementarias que se requieran: hemogramas, muestras de laboratorio, endoscopias, ECG, EEG, radiografías, TAC, TMN, PET y otras técnicas de exploración disponibles... La nueva RM-EEQ da nuevos conocimientos para la comprensión de las funciones cerebrales...».

Pero todo esto es muy caro y en el modelo español de gasto público -y me atrevo a decir que en el europeo- significa una carga que, por el envejecimiento de la población, por la creciente presión inmigratoria y por los planteamientos del desarrollo equilibrado, resulta intolerable. También por eso, estos avances fabulosos, en los que tanta parte, repito, tuvo Ochoa, impulsan una urgente reforma del Estado de Bienestar.

Pero Ochoa, a quienes trabajamos en economía, nos proporciona otro motivo de meditación. Siempre optó por la investigación, y su vida no se entiende sin una continua búsqueda de lugares para investigar y, sobre todo, para investigar sin más y hacia nuevos horizontes. En ese espléndido libro «100. En el 100 aniversario del nacimiento de Severo Ochoa» (Consell Valencià de Cultura. Fundación Valenciana de Estudios Avanzados. Fundaciò Ciutat de les Arts i les Ciències. Sanofi Pasteur MSD), debido al cuidado de su discípulo Santiago Grisolía, se deja bien claro con la transcripción de un texto del propio Ochoa en la «Annual Review of Biochemistry», 1980, donde pone en claro que había decidido, ante el asombro de ir Henry Dale, que acababa de recibir el premio Nobel de Medicina en 1936, cuando había culminado sus trabajos en farmacología, el ser bioquímico.

Y para serlo buscó, en primer lugar, el que podríamos llamar camino del sector público, que culminó en la New York University, pero en la parte final de su vida investigadora su centro fundamental fue el Roche Institute of Molecular Biology, que dependía de la gran empresa multinacional de productos farmacéuticos Roche. Ochoa, en la Escuela de La Granda, entraba como un auditor silencioso en todos los debates, por muy ajenos que fuesen a cuestiones de biología. Aquel día los debates habían girado sobre el pensamiento económico español. Allí habían sostenido sus ponencias Margaret Grice-Hutchison y Oreste Popescu. Yo había hablado sobre Jovellanos. Esa tarde, paseando, le pregunté por qué había ido a Roche. Eran tiempos en los que eso de las multinacionales olía a azufre satánico. Me contestó: «Pues porque las empresas farmacéuticas grandes ofrecen, a la investigación pura, más ayudas y menos incordios que las entidades públicas. Se ha estado hablando aquí hoy del teorema de la mano invisible de Smith, de cómo lo consideraba Jovellanos algo análogo en economía a lo que era en física la ley de la gravitación universal de Newton, y que dice que si cada uno busca su propio provecho, el general es el máximo posible. Pues bien; yo lo comprobé en Roche».