Paul Wolfowitz_ Presidente del Banco Mundial. Los «agujeros» del Banco Mundial

La verdad es que desde que se le pudo ver durante una toma indiscreta lamiendo un peine para acicalarse el flequillo en la gamberrada-documental «Fahrenheit 9/11» de Michael Moore, Paul Wolfowitz

POR PEDRO RODRÍGUEZ CORRESPONSAL WASHINGTON.
Actualizado:

La verdad es que desde que se le pudo ver durante una toma indiscreta lamiendo un peine para acicalarse el flequillo en la gamberrada-documental «Fahrenheit 9/11» de Michael Moore, Paul Wolfowitz -entonces lugarteniente de Donald Rumsfeld en el Departamento de Defensa- había quedado consignado en una especie de «guantánamo» de malas maneras, pobre higiene y pésima imagen. Culpable de haber quebrado ese principio que define al perfecto caballero como aquel que siempre utiliza el cuchillo de la mantequilla incluso cuando se sienta a la mesa sin compañía.

Dentro de su vigente reencarnación como presidente del Banco Mundial, la imagen mugrienta de esta eminencia gris del movimiento neoconservador en Estados Unidos ha caído en picado por algo tan circunstancial como verse obligado a descalzarse para visitar un templo musulmán en Turquía. Lo que ha permitido capturar una de las imágenes más patéticas y repetidas esta semana en la aldea global, que no ha terminado de creerse como un individuo de ese nivel puede permitirse llevar unos calcetines tan grises como roídos, más propios de vagabundos que de un alto cargo internacional que se embolsa el equivalente a 300.000 euros anuales y toda clase de prebendas añadidas.

Al diseminarse las embarazosas fotos de Wolfowitz y su bochornoso déficit de calcetines, la sede del Banco Mundial en Washington se ha convertido no sólo en la punta de lanza de la lucha contra la pobreza sino también en una fábrica en serie de chascarrillos y bromas. Comentarios que reflejan como los miles de funcionarios de esta institución prima-hermana del FMI no tienen excesiva estima hacia su nuevo jefe, considerado como una de las voces más insistentes y persuasivas dentro de la Administración Bush a favor del «cambio de régimen» en Irak.

Entre todo este cruce de ocurrencias, no faltan cuestionamientos sobre las carencias de asesoría femenina ante cuestiones tan cotidianas como fundamentales. Pero el señor Wolfowitz (62) no cuenta con la inestimable ayuda de su esposa, ya que se divorció de ella en el año 2002 tras un matrimonio de tres décadas y tres hijos. Desde hace más de un par de años se le vincula sentimentalmente con una feminista árabe, Shaha Riza, ex empleada del Banco Mundial que ahora trabajaría en el Departamento de Estado para mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo musulmán. Probablemente esta pareja concentre más sus empeños en cuestiones platónicas como propagar la democracia por Oriente Próximo que en vetar calcetines gastados.

Con algo de estoicismo, Wolfowitz -hijo de una familia de inmigrantes judíos procedentes de Polonia- ha intentado quitar importancia a su «faux pas» afirmando que lo ocurrido «demuestra que no soy un banquero típico». Mientras el «Washington Post», en su sección de cotilleos, cuestionaba la sabiduría de «recibir consejos fiscales de un hombre que no se gasta tres dólares en un nuevo par de calcetines».

En Internet y la blogosfera, el asunto ha dado también bastante que hablar. Con retrancas como la de que «aparentemente otras cosas además de su estrategia iraquí tienen agujeros».

En un golpe de marketing oportunista, la Asociación Turca de Fabricantes de Calcetines se ha apresurado a anunciar el envío gratuito al presidente del Banco Mundial de un abundante surtido de su producción. Según un portavoz de este grupo de empresarios textiles, «si hubiera comprado nuestros calcetines de alta calidad no habría tenido estos problemas, ya que el rendimiento de nuestros calcetines ha quedado claramente probado por el monto que exportamos a la Unión Europea».

Washington, dentro del capítulo de las comparaciones odiosas, también ironiza con que al director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Rodrigo Rato, nunca le habrían pillado en un similar renuncio de vestuario.