Con 11.000 hectáreas y mil trabajadores, la empresa Sime Darby explota una plantación de aceite de palma sostenible en la isla de Carey, en Malasia
Con 11.000 hectáreas y mil trabajadores, la empresa Sime Darby explota una plantación de aceite de palma sostenible en la isla de Carey, en Malasia - PABLO M. DÍEZ

La industria del aceite de palma se rebela contra su mala fama

Los productores y comercializadores, en colaboración con grupos ecologistas, mejoran sus normas ecológicas y laborales

Enviado especial a Kota Kinabalu (Malasia)Actualizado:

En 2010, un anuncio de Greenpeace conmocionó al mundo al simular que unas chocolatinas «Kit-kat» eran los dedos cortados de un orangután para denunciar su extinción en las junglas de Indonesia. La campaña culpaba a las plantaciones productoras de aceite de palma de su pérdida de hábitat natural, ya que es el más consumido del planeta porque se usa en la mitad de los alimentos procesados y en numerosos productos químicos y de higiene y belleza. Con los consumidores en alerta por su fuerte impacto medioambiental, los médicos advertían también de sus riesgos para la salud por sus grasas saturadas.

Y empezaba la mala fama del aceite de palma, que desde diciembre desde 2014 debe constar claramente en el etiquetado de los artículos que se venden en la UE. Para luchar contra esta mala imagen, la industria acaba de aprobar nuevas normas más respetuosas con el medioambiente y los derechos de los trabajadores en las plantaciones. Entre ellas, destacan no cultivar en turberas y recuperar en 40 años las ahora ocupadas por plantaciones, no contratar ilegalmente a inmigrantes ni prender fuego a la jungla para limpiar los terrenos. Vigentes durante los próximos cinco años, dichos criterios los aplicarán los más de 4.000 miembros de la denominada Mesa Redonda sobre el Aceite de Palma Sostenible, entre los que se encuentran los grandes productores y comercializadores del sector, así como los bancos que los financian y los grupos ecologistas y laborales que los asesoran.

Plantado en tres millones de hectáreas en Asia, África y Latinoamérica, el aceite de palma certificado suma ya 13,38 millones de toneladas al año, un 19% de la producción total. Ocupando una superficie de 20 millones de hectáreas, dicha producción global asciende a más de 60 millones de toneladas al año, el 90% procedente de Indonesia y Malasia. Un negocio que, según la consultora Zion, generó 65.730 millones de dólares (57.608 millones de euros) en 2015 y llegará a los 92.840 millones de dólares (81.361 millones de euros) en 2021 por la creciente demanda en los países emergentes, con la India y China a la cabeza.

Pequeños agricultores indonesios celebran que sus plantaciones han sido certificadas como sostenibles
Pequeños agricultores indonesios celebran que sus plantaciones han sido certificadas como sostenibles - PABLO M. DÍEZ

Aunque el aceite no certificado es todavía mayoritario, la Mesa Redonda aspira a implicar al resto de la industria para que el sostenible sea la norma en el futuro. «Se ha cambiado lo que había que cambiar y, con estos criterios, somos la más sostenible de todas las industrias agrícolas, pero tenemos que seguir trabajando porque solo el 3% de los pequeños agricultores están certificados y corremos el riesgo de dejar fuera a otro 60 o 70%», analizaba Carl Bek-Nielsen, de United Plantations, durante la clausura de la reunión, celebrada la semana pasada en la ciudad turística de Kota Kinabalu, en la parte de la isla de Borneo que pertenece a Malasia. Tal y como explicaba a ABC, « hay una exageración en la percepción negativa del aceite de palma, sobre todo en Europa, porque hay industrias nacionales que se sienten amenazadas y se benefician de los subsidios públicos». Sobre sus perjuicios para la salud, asegura que «hay 300 estudios científicos y médicos diciendo que no hay correlación con las enfermedades coronarias» y que, «como todo, excepto el amor y el dinero, depende de la moderación y la variedad en su consumo».

Al margen del debate médico, Bilge Daldeniz, de la ONG Proforest, se congratula de que «se ha avanzado mucho en materia ecológica, puesto que ya no se puede plantar en turberas y se han reforzado los estudios de impacto medioambiental para proteger las zonas de alta concentración de carbono y alto valor de conservación». Con 38 grupos ecologistas participando en las negociaciones con la industria y las marcas comerciales, han hecho falta más de 30.000 horas de discusiones durante los dos últimos años. Además, destaca la instauración de un «sueldo digno» que estará por encima del salario mínimo de cada país productor, donde las plantaciones de palma son un importante motor económico y aseguran la vida de millones de campesinos. Tras el petróleo y el gas, las mayores exportaciones de Indonesia son de aceite de palma, que reporta más de 15.000 millones de euros. En Malasia, genera 60.000 millones de rinngit (12.570 millones de euros).

La mitad de los alimentos procesados contienen este aceite, el más consumido del mundo
La mitad de los alimentos procesados contienen este aceite, el más consumido del mundo - PABLO M. DÍEZ

«Hay países que dicen no al aceite de palma, pero, si no se utiliza, otros cultivos pueden ser peores para el medioambiente porque son menos productivos y necesitan más tierra, lo que aumentaría la deforestación», señala Daldeniz. Aunque sus plantaciones solo ocupan el 7% de la tierra dedicada a aceites vegetales, el de palma representa un tercio de los que se usan en el planeta, por delante de los de soja (27%), colza (16%) y girasol (10%). Con una producción media de 4 toneladas por hectárea y unos costes menores, el aceite de palma es mucho más rentable que el de soja, que solo genera 360 kilos por hectárea y ocupa el 27% de la superficie destinada a estos cultivos, o el de girasol, que cubre el 10% de dichos terrenos agrícolas y del que se obtienen 420 kilos por hectárea.

«La situación ha mejorado ahora, pero el aceite de palma ha hecho mucho daño al medioambiente», recuerda Eric Wakker, de la ONG Aidenvironment, quien lleva 20 años investigando las conexiones de las plantaciones con los bancos internacionales, sobre todo los europeos, para exigirles mayor responsabilidad social a las grandes marcas alimentarias. De pelearse con la industria por exponer sus vergüenzas ha pasado a colaborar con ella con el fin de mejorarla.

Para ello, resulta crucial contar con los pequeños agricultores, que venden sus racimos de dátiles a las grandes compañías y aportan el 45 y el 40% de la cosecha, respectivamente, en los dos principales países productores: Indonesia y Malasia. Los nuevos criterios y principios también persiguen extender el aceite sostenible entre los pequeños agricultores, de los que ya hay 110.000 certificados. Pero algunas normas son tan estrictas y costosas que les pueden resultar difíciles de cumplir.

Los ecologistas aseguran que el sector del aceite de palma es el tercer causante de la deforestación en el mundo

«Nos ha llevado dos años convencerlos de los beneficios de una producción sostenible y han tenido que hacer una inversión media anual de dos millones de rupias indonesias (120 euros) por hectárea», cuenta Yuli Sari Yeni, del grupo empresarial Indoagri, eufórica después de que cuatro de sus proveedores hayan conseguido el certificado de la Mesa Redonda para los próximos cinco años. En total, estas cuatro cooperativas de Sumatra suman cientos de campesinos y unas dos mil hectáreas, cuya producción podrá tener ahora mejor acceso a los mercados occidentales. Buena prueba de ello es que Nils Bjellum, responsable de compras de una cooperativa ganadera noruega con 44.000 socios, acudía a verlos a Kota Kinabalu para adquirir los ácidos grasos que contienen los piensos que dan a sus vacas. «Cada año nos gastamos cerca de 100.000 euros en comprar unas 8.000 toneladas, de las que 6.000 vienen de pequeños cooperativistas, a los que queremos apoyar porque nosotros también somos pequeños ganaderos», explica Bjellum.

Además de en piensos y comida procesada, desde el chocolate hasta la bollería pasando por las pizzas congeladas, el aceite de palma es un componente de cosméticos, champús, jabones, pasta de dientes y biocombustibles. Para utilizar el certificado como sostenible, la empresa alemana BASF ha cambiado los ingredientes de 330 productos de cuidado personal, usándolo también en 800 materias primas de sus productos químicos.

Por detrás de los cultivos para piensos de ganado y de la industria del papel, el sector del aceite de palma es el tercer causante de la deforestación en el mundo. A tenor del informe «Palms of Controversies», en Indonesia y Malasia ha provocado el 10% de la tala de sus junglas, llegando hasta un tercio en la isla de Borneo. «La conversión de bosque primario en plantaciones monocultivo de aceite de palma es sin duda un desastre ecológico», critica el informe. Según Greenpeace, entre 1990 y 2015 se han destruido 24 millones de hectáreas de jungla en Indonesia. Para frenar esta deforestación, que amenaza a orangutanes, tigres, rinocerontes y elefantes, la industria del aceite de palma se ha impuesto unas normas más ecológicas. Ahora hace falta cumplirlas.