La fábrica de Vokswagen en Chattanooga (Estados Unidos).
La fábrica de Vokswagen en Chattanooga (Estados Unidos). - EFE

El escándalo «dieselgate», una humareda aún muy visible

La Fiscalía de Múnich acusa al CEO de Audi, Rupert Stadler, de fraude y falsedad documental, ya que habría sacado al mercado vehículos diésel con un programa en sus motores que manipula las emisiones.

Corresponsal en BerlínActualizado:

A estas alturas, nadie duda de la influencia de aquel fatídico 18 de septiembre de 2015 en el declive del diesel y la aceleración de la automoción eléctrica: aquel sábado de fines del verano californiano, la Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. (EPA) y la Junta de Recursos del Aire de California (CARB) acusaban a Volkswagen (VW) de utilizar en sus coches diesel de dos y tres litros un software capaz de cambiar el régimen del motor para que emita menos gases nocivos en las pruebas de homologación. La fuente, una investigación de la universidad de Virginia; los efectos, el cambio en las reglas del juego en la industria del coche.

El dieselgate que llevó a VW a perder en dos semanas un 40% de su capitalización bursátil, recortar 3.000 empleos y anunciar que podría dejar de producir coches diesel, sigue dando coletazos: esta semana, el grupo con sede en Wolfsburgo ha anunciado que suspende la presentación del e-tron Quattro, su primer 100% eléctrico, programada para el 30 de agosto en Bruselas. La razón: la detención la semana pasada del CEO de Audi –una marca de VW desde 1965–, Rupert Stadler, que sigue detenido. La Fiscalía de Múnich acusa Stadler de fraude y falsedad documental, ya que habría sacado al mercado vehículos diésel con un programa en sus motores que manipula las emisiones.

Las diligencias de la Fiscalía bávara no sorprenden, lo que sí lo hace es la tardanza. En 2015 VW reconoció haber urdido una conspiración para estafar a nivel mundial. Unos 11 millones de sus coches llevaban el software «defeat device» que truca las emisiones, un dispositivo desarrollado justamente por ingenieros de Audi en 1999 y adoptado por VW en 1995. Con estas acusaciones suben hasta 20 el número de inculpados por la Fiscalía, que denuncia que desde 2009 Audi vendió en EE.UU. y Europa al menos 210.000 vehículos diésel con un software fraudulento. A principios de febrero, ya se registraron la central de Audi en Ingolstadt y las oficinas en la fábrica de Neckarsulm.

A casi tres años del destape del dieselgate, Stadlerse se convierte en el primer ejecutivo de alto nivel del grupo Volkswagen en ser arrestado por esta causa dejando tras de sí un aire cargado de cinismo: el mes pasado Audi admitió que 60.000 vehículos con motores diesel tienen «problemas con el software de emisión». Su actual detención sin fianza se debe a la posibilidad que el ejecutivo exdirector de Audi España –a principios de los noventa en Barcelona– destruya pruebas. Ni su éxito de ventas gracias al mercado asiático, ni las intensiones de posicionarse como eléctrico, ni los acuerdos judiciales, ni las campañas de comunicación o la actividad frenética del lobby industrial alemán han ayudado a la actual imagen de VW en Europa y EE.UU.: el problema de credibilidad del constructor de coches alemán arrastra además la marca Alemania hasta niveles mínimos. La compra de Monsanto por parte de Bayer o los problemas del Deutsche Bank clausuran así la era de la imagen impoluta de las grandes empresas alemanas de postguerra.